Opinión
Ver día anteriorLunes 3 de diciembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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¿Dónde estaban todos estos?
P

ienso que eso fue lo que estuvo preguntándose Vicente todo el día: estas tepocatas se me escondieron los seis años, y luego por eso fue que no pude entregar ningún poder, pues ¿cómo puede transmitirse lo que no se tiene? En verdad no había manera de que el presidente anterior, su compañero de partido, además de la banda presidencial que, por cierto, poco faltó para que en el tumulto se perdiera, le hubiera transmitido algo más que la risa que causó a los mexicanos con mucho sentido del humor –porque a otros más bien nos dio coraje– el pase de banda interceptado y luego embrocársela a toda prisa para esconderse rápidamente tras banderas, antes de que se la quitaran y se quedara desbandado. Buena nota, Tacho, habría dicho Jacobo. Pero nada más. Porque lo que debió haber sido una transmisión del mando presidencial verdadera y real tuvo que esperar seis años para verse en el caso, organizada la ceremonia por el PRI, y para que la banda pasara, como el protocolo correspondiente indica, de manos del presidente del Congreso, Jesús Murillo Karam, a las del presidente entrante Enrique Peña Nieto, sin sobresalto alguno.

Todo este trance fue instaurado constitucionalmente desde 1917 y puesto en práctica por 18 presidentes, empezando por Álvaro Obregón y con alguna duda en el caso de Portes Gil, quien fue presidente interino. Luego también cuando el general Abelardo Rodríguez recibe el poder del único presidente ingeniero, Ortiz Rubio, quien renunció al cargo por causas graves (un atentado fallido), fue invariablemente una ceremonia austera que vino a ser festejada con notas de color, hasta que el tránsito de Vicente Fox a Felipe Calderón, del PAN al PAN, en las condiciones a las que nos referimos brevemente, para pasar a comentar a la de este fin de noviembre, y de semana, en el que el PRI recupera el poder real, para quedar bajo la guía de Enrique Peña Nieto, joven ex gobernador en el estado de México, después de los dos sexenios de ocurrencias y gracejadas de Fox y de desatinos de Felipe Calderón, quien ha venido a presentar lo planeado, lo hecho y lo esperado como logrado en los últimos días de su gobierno, agregando lo ansiado por el pueblo mexicano a su cuenta, como ya resuelto, que, como todos absolutamente todos sabemos, es la inseguridad dramática, que trágicamente nos ha flagelado a todos los que habitamos este territorio, del que tendrá que separarse Felipe Calderón una temporada lo suficientemente grande para seguir acariciando la idea de que él, durante su sexenio, lo deja en la vía del progreso y de la realización de la justicia, pues él afirma machaconamente que se va de Los Pinos tranquilo por haber cumplido con su deber.

Y no sólo lo afirma de esta manera, sino que ofrece –amenaza, diría yo– con dar consultorías, a todo aquel país que lo solicite, o sin saberlo lo necesite para superar algún impedimento, o problemas como los que él deja a Peña Nieto, tranquilo por haberlos resuelto, sin que los mexicanos nos hubiéramos percatado ya de ello y sigamos expulsando migrantes compatriotas al vecino país del norte para conseguir un trabajo que no pudimos darles en México –durante el gobierno del empleo–, por ejemplo, el cierre de operaciones definitivo de Mexicana de Aviación, una de las primeras aerolíneas del mundo, y sigamos la cuenta de secuestros y asesinatos, en las calles o en los sitios públicos, o dentro de las casas también. Herencia que nos deja el gobierno de dos sexenios a nuestro país.

La impresionante presencia del Ejército, de la Marina y de la fuerza pública en general en estos días de celebración de la toma de posesión del cargo de mayor responsabilidad en un país, a pesar de todo democrático, no fue para agradecer la eficacia con la que se manejó estos dos sexenios, sino para demostrar que la lealtad de las fuerzas armadas de México, su fuerza, organización y capacidad de movilización para mantener firme y claramente la paz y para mostrar al presidente Peña Nieto que allí están, preparados y dispuestos a hacer realidad la soberanía popular, bajo el mando de un supremo comandante que dedicará todo su tiempo y toda su energía, sin descanso y con verdadero empeño, a que la paz en México sea realmente expresión del respeto a la Constitución de la República y a sus leyes, y no a fantasías imaginarias, que contrariamente a lo que el presidente saliente se forjó para su propio y personal disfrute, y que saldrán a flote muy pronto, tanto como el nuevo equipo presidencial se dispondrá a contrarrestarlas en el terreno de la realidad.

El presidente Peña Nieto se dispondrá a luchar con toda esa fuerza que en estos días se hizo presente, y con la experiencia y la habilidad demostrada ampliamente, por el equipo de funcionarios aptos, para activar la economía y lograr el progreso social, que los mexicanos demandamos para nuestros hijos y nietos.

Ciertamente a los problemas militares hay que darles soluciones del mismo orden, así como a los complejos problemas civiles es necesario, inevitable, darles soluciones de naturaleza civil. Para todo ello, en estos momentos, hay el conocimiento, la experiencia, el equipo material requerido, la voluntad y la decisión de hacerlo. De valerse de ello, con la rapidez requerida, no para dedicar tiempo y espacio para disponer de las facilidades para desviaciones de índole diversa, sino para enfrentar con mayor energía y con mayor eficacia los problemas que se presenten. El equipo presidencial humano y el material necesario para hacerlo valer están ya listos, es más, si no me equivoco, ahora mismo, están ya iniciando la lucha para ganar tiempo.

No más de aquello que Darío Rubio en su libro de refranes, proverbios y dichos y dicharachos mexicanos, interpreta como para que al final suceda que falta lo que a los pantalones de don Justo: el fundillo, las dos piernas y la bastilla de abajo.