Opinión
Ver día anteriorMiércoles 26 de septiembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Venezuela y la disonancia cognitiva
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uestos a vaticinar, abundan las ocasiones en que la realidad política desbarata esperanzas y anhelos soterrados. Recuerdo comicios presidenciales que fueron limpios (Argentina, 1983; Ecuador, 1985), el fraudulento de México (1988) y el impresentable de Panamá poco antes de la invasión militar de Estados Unidos (1989).

La caída del llamado socialismo realmente existente en sociedades que nada hicieron para sostenerlo fue para muchos el fin del mundo. Y hasta la fecha, las interpretaciones han sido más o menos previsibles o pueriles: las izquierdas reconociendo finalmente los trastornos de la burocracia y el autoritarismo, y las derechas convalidando que en aquellos socialismos nunca hubo libertad y democracia.

El año de 1989 fue particularmente difícil para los pueblos de América Latina: en Venezuela, un gobierno de la Internacional Socialista (IS) imponía a sangre y fuego los ajustes del FMI, y en Argentina, el golpismo de los mercados sustituía el de las espadas, impidiendo que otro gobierno de la IS terminara su mandato presidencial.

En Chile, refriteando los Pactos de la Moncloa (Madrid, 1977), la concertación de partidos democráticos pactaron con Pinochet la transición. En El Salvador, la ofensiva militar del FMLN terminó en agua de borrajas. En Nicaragua, el sandinismo convocó a las urnas y, a pesar de haber derrotado a las fuerzas mercenarias de la CIA, perdió las elecciones. Y los que cantaban quien la defiende la quiere más, mientras en Miami la mafia afilaba cuchillos y alistaba maletas, se preguntaban cómo iba a resistir la revolución cubana.

En Panamá, el equipo de observadores que me tocó integrar en los comicios de mayo de 1989 echó una mirada sueca frente a la derrota del general Manuel A. Noriega en las urnas. ¿Acaso la oposición era distinta a la de Filipinas, donde Washington había contribuido a derrocar al títere pro yanqui Ferdinand Marcos (1986)? ¿Acaso Noriega no se jactaba ahora de ser antimperialista?

Mientras nos hacíamos bolas para justificar el fraude patriótico de Noriega, el destino me llevó a comprar en el lobby del hotel un libro a tono con el clima que se respiraba en Panamá: When prophecy fails (Cuando la profecía falla), del sicólogo neoyorquino Leon Festinger, sincrónicamente fallecido en aquel año en el que, sin muchas ganas, decíamos No pasarán.

El libro de Festinger (publicado en 1956) resultó ajeno a la lectura liviana que buscaba. En realidad, Cuando la profecía falla analizaba las tribulaciones de una secta estadunidense que, tras recibir un mensaje de alienígenas, anunciaba el fin del mundo para el 21 de diciembre de 1954, y que los platillos voladores rescatarían a los verdaderos fieles.

Festinger y sus colegas de la Universidad de Minnesota se volcaron a estudiar las reacciones de los miembros de la secta, pasada la fecha en que la predicción no se había hecho realidad. Con asombro, descubrieron que los creyentes seguían creyendo. Así nació una de las ramas de la teoría del aprendizaje: la disonancia cognitiva.

Festinger dice que la disonancia cognitiva aparece cuando nuestras creencias entran en conflicto con una realidad que demuestra lo contrario. “Si aceptamos la contradicción –añade–, aumentará la incongruencia entre las creencias pasadas y presentes.” Cosa incómoda para las personas de convicciones sólidas que, según Festinger, son las más difíciles de cambiar.

Durante la cumbre de presidentes de Guadalajara (1991), Fidel Castro había dicho: pudimos serlo todo, somos nada. Pero al año siguiente, el Movimiento Revolucionario Bolivariano 200 (en alusión al segundo natalicio centenario del Libertador) recogió el guante arrojado por Fidel.

Voy al grano: ¿cuánto nos llevó reconocer el patriotismo revolucionario del grupo militar que se alzó contra el gobierno corrupto y entreguista de Carlos Andrés Pérez? Actitud que persistió durante varios años, subestimando la arrolladora victoria de Hugo Chávez en la primera elección presidencial a finales de 1998, (56.5 por ciento de los votos), rompiendo 40 años de alternancia partidocrática (Pacto del Punto Fijo, 1958).

Los intelectuales de izquierda y derecha quedaron atrapados en la disonancia cognitiva. Los unos, preguntándose si el líder bolivariano era autoritario, reformista, bonapartista. Y los otros, extrapolando las ideas del liberal español Joaquín Costa en Oligarquía y caciquismo (1902). Octavio Paz, por ejemplo, dijo que el caudillismo sería un subproducto de nuestra herencia árabe y española, y su consecuencia fatal: el militarismo y el populismo.

Sin embargo, pocos de los unos (y ninguno de los otros) advirtieron desde el vamos que, a más de abrir de par en par las puertas por donde empezaban a soplar los nuevos vientos históricos de América Latina, la revolución bolivariana portaba un vigoroso proceso de insurgencia de masas en el que la democracia recuperaba nervio y sustantividad real.

De modo que no vaticinamos nada. Liberados de la disonancia cognitiva, celebramos desde ya el triunfo de Hugo Chávez, y al pueblo que el 7 de octubre próximo seguirá manteniendo en alto la tea encendida por nuestros libertadores.