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Sin empleo, 58 por ciento de la población menor de 24 años

Si los alauitas se unen a la revuelta será el final del régimen sirio
The Independent
Periódico La Jornada
Martes 24 de julio de 2012, p. 24

Su esposo se ha marchado a Alepo, la dueña del Tigris, anuncia la Primera bruja de Macbeth, pero Shakespeare se equivocó un poco en la ubicación geográfica. Alepo está a 110 kilómetros del Mediterráneo. Antigua sí es: se le menciona en las tablillas cuneiformes de Ebla, que datan del tercer milenio antes de Cristo; perteneció a los hititas y al emperador Justiniano, y las ruinas de sus murallas, construidas en el siglo XIV, aún se ven sobre la capital revolucionaria del norte de Siria.

Esa es la cuestión. Si bien el drama del asalto de la semana pasada al régimen de Bashar Assad en Damasco conmocionó al mundo árabe, el súbito brote de violencia en Alepo, esta semana, fue en cierta forma más importante. Alepo es la ciudad más rica de Siria –infinitamente más que Damasco–, y si la revolución ha tocado ahora este centro de riqueza, entonces puede ser que el acuerdo tácito entre el gobierno controlado por los alauitas y las clases medias sunitas se esté resquebrajando en verdad.

Como cuna de la agricultura –el Éufrates está sólo 110 kilómetros al este–, Alepo es también sede del Centro Internacional de Investigación Agrícola en las Zonas Secas (Icarda, por sus siglas en inglés), una de las instituciones más destacadas del mundo en su campo. Eleva la producción en Asia y África, en un área en la que viven mil millones de personas, 50 por ciento de las cuales viven de la agricultura. Entre los donantes están Gran Bretaña, Canadá, Estados Unidos, Alemania, Holanda, el Banco Mundial… los que el lector guste y mande. Y sus 500 empleados aún trabajan en Alepo.

Por desgracia, su principal estación de investigación, en Tel Hadya, a 35 kilómetros de Alepo, fue atacada por hombres armados que robaron vehículos –para usarlos como técnicos, con ametralladoras montadas–, así como maquinaria y computadoras. Por fortuna el banco de genes de Icarda está seguro y ha sido duplicado fuera de Siria. El gobierno trasladó un retén militar a un lugar más cercano a las instalaciones del instituto en Tel Hadya –el ministerio sirio de Agricultura siempre ha sido una de las instituciones más progresistas de Damasco–, pero está por verse en los próximos días si sirvió de algo.

La revolución se ha extendido por toda Siria. Por desgracia, ahora parece haber una tónica baazista de destruir poblados sunitas en las afueras del corazón alauita, la frontera del Alaui-stán en la vasta planicie agrícola de la provincia de Hama, bajo las montañas donde yace Qardaha, la ciudad natal de Assad.

El miércoles pasado, por ejemplo, dos helicópteros sirios atacaron el pequeño poblado sunita de Haouch y obligaron a sus 7 mil habitantes a correr por su vida. Durante dos semanas, Haouch y otras pequeñas aldeas sunitas han sido atacadas con proyectiles; cierto, contienen rebeldes, pero existe la creciente sospecha –sin pruebas, conste– de que se trata de una política deliberada del partido Baaz para preparar la partición de Siria por si Damasco cae. Ominosamente, esta frontera de fuego coincide casi con exactitud con el Estado de los alauitas creado en forma temporal por el mandato francés después de la Primera Guerra Mundial, que dividió a Siria en naciones diminutas, en parte siguiendo líneas sectarias.

Existen iguales sospechas, debo añadir, de que la primera gran masacre de gargantas rebanadas y ejecuciones en la aldea sunita de Hula, el 25 de mayo, podría haber sido en represalia por el intento de envenenamiento del cuñado de Bashar Assad, Asef Shakwat, a quien los rebeldes por fin abatieron en el bombazo de Damasco, el miércoles pasado. Otros dicen que ese intento fue más reciente, pero todo lo que ocurrió y ocurre en Siria está conectado.

Pensemos en el tenue contorno del viejo mini Estado francés de Haurán, donde las comunidades drusas de Siria viven ahora en creciente discordia con el régimen de Assad. Este mes hubo un peligroso brote de secuestros en la región, resuelto sólo después de que Walid Jumblatt, el líder druso libanés, hizo una serie de llamadas telefónicas a prominentes drusos de Siria.

El propio Jumblatt ha tenido una relación vacilante entre hostil y amistosa con la familia Assad, pero no hay duda de su postura actual. La semana pasada, el líder llamó tanto a los drusos como a los alauitas de Siria a unirse a la revuelta contra el régimen de Assad. Incluso ha atacado a sus aliados en Moscú, al sostener que el apoyo ruso a Assad ya no es aceptable, ni en lo moral ni en lo político.

Y no lo dice sin razón. Tres drusos sirios han muerto en la revolución este mes. Majd Zein, miembro druso del Ejército de Siria Libre, pereció durante un ataque a Rastán. Shafiq Shuqayr y Yasser Awwad fueron ejecutados por el ejército al ser descubiertos ayudando a soldados a desertar en la zona de Lajat. Ahora Jumblatt llama a los alauitas a unirse a la revolución en vez de permanecer como una minoría dependiente de Assad para sobrevivir. Les digo que deben decir que son sirios antes que alauitas.

Una estadística final para explicar la revolución fuera de Damasco. Las cifras más recientes muestran que 58 por ciento de la población siria menor de 24 años está sin trabajo (cifra más alta aún que la de Egipto), mientras 48 por ciento de los jóvenes de 18 a 29 años –estadística sólo superada por Yemen– no tienen empleo. Ahora ya, claro: la mayoría se han unido a la revuelta.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya