Opinión
Ver día anteriorSábado 23 de junio de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Un esfuerzo más
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a semana próxima, el electorado del país saldrá a emitir su voto en una contienda presidencial que recuerda al dramatismo de 1988 y 2006. Una vez más, la sociedad mexicana ha decidido retomar el programa de su democratización. Hasta el 19 de mayo, el embalaje de un sexenio que había desplazado el concepto de la política a su expresión más exigua, parecía encontrar su corolario natural en la versión más imponderable de ese concepto: si a principios de 2012 el dilema consistía en mantener como centro de un régimen (cada vez más híbrido, mas ensimismado en la guerra contra el crimen organizado), no el estado de derecho sino el Estado de excepción, lo lógico era el retorno de sus artífices más antiguos y profesionales, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Pero la lógica y la política son reinos atonales. Todo el apoyo brindado desde Los Pinos a la candidatura priísta se ha desecho, en unas cuantas semanas, no como un castillo de naipes, sino de termitas. Cuando la ilusión del poder pierde el poder de la ilusión, lo que sigue es con frecuencia imponderable.

Colapsos tan súbitos y pronunciados en las encuestas como el que atraviesa el candidato del PRI no son fenómenos frecuentes en la historia parlamentaria contemporánea. Sucedió en Inglaterra en 1969, tiempo después del escándalo de John Profumo. En 2004, la candidatura de José María Aznar, tras aventajar a su competidor socialista por más de 10 puntos, se desplomó en unas cuantas horas después de intentar abonar los saldos del atentado del 11-M a su propia campaña (acusando infructuosamente a ETA, cuando se trataba de un acto terrorista perpetrado por Al Qaeda).

Las interpretaciones varían. La mayoría coincide en atribuir la baja a los déficits del performance del propio Enrique Peña Nieto. Confundir una campaña política con el lanzamiento de un producto comercial es ya de por sí un dislocamiento que merece ser interpretado como un síntoma del gelatinoso andamiaje de la política actual. Si a esto se agrega el provincianismo, la ineptitud frente a las audiencias espontáneas y, sobre todo, la abrasiva violencia que rodea al candidato, y que hace ver al PRI como el síndrome de un déjà vu histórico, los números a la baja son explicables. Falta añadir los posibles efectos de su ausencia en el debate que organizó el movimiento #YoSoy132. En una contienda electoral, evadir la contienda no es una estrategia de riesgos calculables.

Sea como sea, el último mes ha traído consigo no sólo la constatación de un desencuentro entre la estructura mental del PRI y una sociedad a la que le resultan irrisorios los gestos mecánicos de una escena que se quedó sin escenario (uno imagina una obra de teatro en la que desaparecen súbitamente la escenografía y los ropajes de los actores), sino un fenómeno de mayor escala: acaso una crisis política, cuyas proporciones serán sólo visibles después del primero de julio.

En primer lugar, el impredecible factor externo. Las relaciones centrales que sostienen la campaña de EPN parecen un campo minado en la escena internacional. Primero, el súper escándalo de la deuda de Coahuila, que implica una consistencia dudosa para los inversionistas internacionales (la crisis del corralito en Argentina fue precedida por este tipo de deudas estatales). Después, los ex gobernadores y sus gentes que han tolerado al narco (o que han hecho negocios con él), ahora buscados en Estados Unidos. Agréguese el affaire de los fondos dudosos que financiaron la campaña (en tribunales también en Estados Unidos) y la primera plana en The Guardian, después de las declaraciones del mexican Deep Throat, y la imagen internacional de EPN no es mejor que la que ofrece el país.

En segundo lugar, un monopolio en el monopolio. Si las televisoras principales ya formaban un duopolio, al lanzar la candidatura de un solo partido se constituyeron además en un monopolio político. La mayor parte de la clase política quedó fuera de esta redistribución mediática. Sucedió lo más lógico: la partición de esa clase.

En tercer lugar, la ruptura con los empresarios. No sólo son las organizaciones empresariales de Nuevo León las que objetan la candidatura priísta, sino también las de Guadalajara y las del Distrito Federal, entre otras. Historiadores regionales tendrán que estudiar este fenómeno, pero su efecto sobre los votantes de clase media podría ser cuantioso.

En cuarto lugar, el movimiento #YoSoy132, que se inició como una respuesta estudiantil, ya se ha transformado en una movilización ciudadana. Queda por advertir qué tan profundos son sus alcances. Lo cierto es que, una vez más, las elecciones presidenciales propician un movimiento social que le da un giro inédito e impredecible a la elección misma. Su sola presencia alienta la voz de la reforma. Pues en esta ocasión se trata de una fuerza rigurosamente autónoma de los partidos políticos. El Marqués de Sade escribió alguna vez un folleto con el título: Franceses, un esfuerzo más, conminando a la ciudadanía a la solidaridad y la fraternidad para llevar adelante las tareas de la república. El mismo esfuerzo que se requiere hoy para rencausar al país por el camino de la democracia.