Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de abril de 2012 Num: 895

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
Jair Cortés

El tren sobre el cementerio
Lina Kásdagly

Los desprendimientos de María Auxiliadora Álvarez
José María Espinasa

La escritura multicolor
Adriana Cortés Koloffon entrevista con Suzanne Dracius

Colibrí: del sol al corazón
Agustín Escobar Ledesma

Vicente Rojo: la vuelta
al mundo en 80 años

Francisco Serrano

El testamento de
Atahualpa Yupanqui

Rodolfo Alonso

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
Javier Sicilia

Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

Galería
Mayra Aguirre Robayo

Mentiras Transparentes
Felipe Garrido

Al Vuelo
Rogelio Guedea

La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
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Los desprendimientos de
María Auxiliadora Álvarez


Foto: Juan Leal

José María Espinasa

Hace unos treinta años algunos críticos empezaron a decir que la poesía venezolana, considerada hasta entonces el patito feo de las líricas latinoamericanas, era mucho más interesante de lo que se pensaba y que la habíamos leído poco y mal. Una nueva generación de escritores venezolanos empezaba a destacar en el panorama de los mapas y antologías, y la revelación de José Antonio Ramos Sucre, “que había muerto de insomnio”, hasta entonces semiolvidado, se volvía una verdadera señal de identidad para lectores del continente. Fui de los que picó el anzuelo. La voracidad por leer escritores venezolanos me llevó a elaborar, al menos dos veces para distintas revistas, antologías de poesía del país andino. Y a escribir sobre algunos de sus escritores, como Guillermo Sucre, cuyo ensayo La máscara, la transparencia marcó la manera de leer la poesía latinoamericana. La perspectiva de esas antologías para revistas era hacer una en libro para publicar en México. Fue, como tantos de los proyectos que uno se propone, algo que no se concretó.

En todo caso, las décadas transcurridas desde entonces han mostrado que aquella llamada de atención estaba justificada: la poesía venezolana no sólo tenía un pasado muy interesante, sino que además era claramente protagonista de un futuro atrayente, tomaba riesgos inesperados y hacia resonar acentos curiosos. María Auxiliadora Álvarez es una de las voces centrales de esa lírica desde que empezara a publicar su poesía. Cuerpo fue su primer libro, allá por el ʼ85.

Para redactar estas notas preferí no buscar aquellos números de revistas en que salieron las antologías, pues se me habría caído la cara de vergüenza si no estuviera incluida María Auxiliadora, y así puedo decir sin remordimientos que la empecé a leer desde entonces y en ese vértigo. En todo caso siempre la tuve como una de las figuras notables de ese, más que renacimiento, reconocimiento de la poesía venezolana, poesía que estaba estremecida por pulsiones de diferente tipo, pero sobre todo empeñada en una síntesis de ideas y formas que pugnaban por emerger a la página y que lo hacían con cierta violencia manifiesta, aunque contenida, en la palabra.

Ahora que María Auxiliadora ocupa ya el lugar que le corresponde como uno de los nombres mayores de la lírica hispanoamericana, y que en México la podemos leer ya incluso en ediciones nacionales, al releerla lo que más me impresiona es esa condición de búsqueda resuelta en fulguración, en un decir que se desprende del camino que lo lleva a ser dicho, para ser pura fulguración, violenta violencia, expuesta, como la de la fractura expuesta, como la del dolor físico trasminado –no ya metáfora sino condición dolorosa– a las palabras, al poema.

Una poesía cuya única forma de entenderla es sobreentenderla. Trato de explicar el sentido de este juego de palabras. Hablo de un desprendimiento del trayecto que la lleva a ser eso precisamente: desprendimiento. Si algo se desprende, al menos en poesía, presupone una promesa de “prendimiento” posterior, pero en ese momento privilegiado en que el poema no es prendimiento sino desprendimiento, ocurre la poesía de María Auxiliadora.

No equivale aquí, sin embargo, ese desprendimiento, a un arrancamiento, es decir, a la aparición de una causa externa para ese desarraigo, sino que ocurre naturalmente, pero no es difícil darse cuenta que el dolor que provoca tiene algo de no natural, o incluso de antinatural, y que sólo puede vivirse sin ser quemado por su intensidad, gracias a la poesía que lo hace humano. Desprenderse es tomar sentido en medio de ese bosque de símbolos, ir más allá de la significación y pasar a la encarnación. Una primera lectura de su poesía muestra que la familia como referente –hijos, padres, hermanas– cifran ese universo referencial, y gracias a él aspira a la transparencia, a la claridad, a la precisión de la palabra que se desprende incluso de su condición de dicha, de dicho, para volverse piel del lector, encarnación de una palabra leída.

El proceso de claridad al que se avoca la escritora, evidente para quien la lea secuencialmente, se debe a que pasa de una condición de la escritura como poesía a la de una escritura como poema. Esta pequeña pero sutil diferencia me parece muy importante. Por eso hay buenos autores de poesía y buenos poemas y pueden no coincidir. El neobarroco que surgía en esos ya tan lejanos primeros ochenta era una búsqueda necesaria de la poesía, pero María Auxiliadora no se dejó tentar por ella y supo buscar no la poesía, sino el poema. Por eso, lo que va de Cuerpo (publicado en México por Mantis Editores/ Universidad Autónoma de Nuevo León, 2011) a Paréntesis del estupor, en Las nadas y las noches, 2011 (Prólogo de Julio Ortega, Candaya, España, 2011, incluye un DVD), es la apropiación de la palabra de María Auxiliadora, por el lector, cumplida en ese desprendimiento tan presente en todas su páginas.

La ventaja de la toma de posesión es que no despoja al autor de su primera condición de propiedad verbal sino que la integra. Justamente nada más lejano de esa rizomatización o diseminación que provocaba el neobarroco, y que acaba desposeyendo no sólo al autor, también al lector, para erigir en el centro una entelequia: la escritura. La poesía de María Auxiliadora prende en ese desprendimiento, como los lotos en el estanque, como el nómada sobre la tierra, como el poeta sobre la página.