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La música Hildegarde von Bingen, la monja fosfena
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Viola da gamba, entre los instrumentos utilizados en el disco
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La soprano italiana Barbara Zanichelli
 
Periódico La Jornada
Sábado 18 de febrero de 2012, p. a16

La monja, científica, escritora, visionaria, compositora Hildegarde von Bingen nació en Bermeshein, Alemania, en 1098 y murió en Rupertsberg, en 1179 y 833 años después de su muerte, su obra permanece y se difunde cada día con más intensidad.

La más reciente demostración es el álbum titulado O Orzchis Ecclesia, del sello Brilliant Classics –caracterizado por sus bajos precios al público– que contiene la antífona que da nombre al disco, otras tres más, y responsorios, dramas litúrgicos, ofertorios, hasta sumar 12 tracks que mantienen al escucha en actitud de elevación y encantamiento.

Los intérpretes: la soprano italiana Barbara Zanichelli, cuya elevada calidad artística queda patente en esta grabación, acompañada por el Ensemble San Felice, dirigido por el violagambista Federico Bardazzi.

Entre los instrumentos utilizados destacan también un arpa gótica, activada por Adele Bardazi, y un órgano portátil, maniobrado por Elena Sartori.

Los 58 minutos con 15 segundos que dura el disco quedan reducidos a millones de minutos, aumentados a microsegundos: la noción del tiempo se desvanece. El espacio se ensancha, se alarga, asciende. El escucha siente su flotación sobre el aire, atravesado por la luz, si seguimos la frase con la que Hildegarda, que la podemos llamar cariñosamente así, Hildegarda, solía describir sus visiones.

En varias ocasiones, cada vez que aparece un nuevo disco de ella, el Disquero se ha ocupado de las cualidades de esa mujer tan admirable, fascinante.

Vale la pena retomar en sinopsis: como era costumbre en la Edad Media, fue entregada desde niña, a los cinco años de edad, en un convento. Era décima de 13 hijos de una familia perteneciente a la nobleza.

La precariedad extrema de su salud la asumió como una ayuda para realizar con mayor concentración su tarea: revelar, convertir en materia un mensaje de la divinidad. Y lo hizo entonces a través de tratados de herbolaria: con sus vastos conocimientos e investigaciones curó a muchos enfermos y dejó escritos magnánimos con esa ciencia.

Hizo materia también la música.

Por supuesto que los puntos en común con Sor Juana Inés de la Cruz son hondos.

Habrá que advertir, en tanto, que en la época que vivió Hildegarda no existía la figura de compositor como tal, pues la música era no solamente de autoría anónima, sino comunitaria.

Básicamente era música para fines litúrgicos y su propósito esencial era –y es en muchos casos a la fecha, incluyendo a compositores ateos— entablar contacto con la divinidad.

También, es menester señalar un punto fundamental para la obra musical de Hildegarda: sufría, padecía, visiones. Y era así porque se trataba de experiencias límite que le significaban esfuerzos físicos y anímicos fenomenales y también porque tenía el deber, que aseguraba le era confiado por el emisor de esas visiones, de comunicar al mundo lo que veía y escuchaba.

De manera que dar a conocer no solamente que experimentaba sino en qué consistían sus visiones, le significaría muchos costos a pagar, no solamente el descrédito sino el peligro en la sociedad de su tiempo que representaba asumirse como visionaria.

No la quemaron en leña verde. Por el contrario, encontró apoyo papal y de algunos otros poderosos y escribió varios tratados que contienen textos, imágenes y música producto de esas visiones, material del cual forma parte el disco que hoy nos ocupa.

El especialista en la relación cerebro-música, el eminente neurólogo Oliver Sacks, autor de notables tratados científicos que son la sensación hoy en día, diagnostica las visiones de la monja Hildegarda como jaquecosas y dice que lo que los visionarios, Hildegarda entre ellos, dicen que son estrellas, u ojos llameantes, no son otra cosa que puntos o grupos de puntos de luz que chispean en el campo visual y se mueven en forma ondular y tira por tierra la historia de los ángeles que caen al mar en las visiones de Hildegarda: lo que sucedió en realidad, dice, fue un bombardeo de fosfenos que cruzaron su campo visual y produjo un estocoma negativo.

Oliver Sacks apoya su aserto cuando hace referencia a un estudio del científico inglés Charles Singer, y también trae a mientes el caso de Dostoievsky, quien experimentó auras epilépticas extáticas y les asignó sentido trascendente.

Pero no se trata de un acto de fe, de ningún principio religioso, creer o no en que alguien experimente visiones. Una mente abierta es capaz de despertar zonas dormidas del cerebro. La conciencia, además, es un universo en constante expansión.

Además, y ultimadamente, pues será el sereno, porque cuando uno escucha la música de Hildegarda no es que sienta que la virgen le habla, sencillamente experimenta una sensación de quietud, calma, paz interior, y eso derriba cualquier reticencia, cualquier remedo retobón, porque escuchar música es un acto puro que no necesita ideología, religión ni mucho menos machincuepas intelectuales.

De manera que disfrutemos la música de la hermosa Hildegarda, bautizada así, con cariñosa ironía, por el poeta Alberto Blanco, en referencia a la diatriba espíritu/ciencia y el diagnóstico del doctor Oliver Sacks: La Monja Fosfena.

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