Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 22 de enero de 2012 Num: 881

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora Bifronte
RicardoVenegas

Monólogos Compartidos
Francisco Torres Córdova

Para descolonizar
la literatura colonial

Rodolfo Alonso

Dos demiurgos y
un país trágico

Ernesto Gómez-Mendoza

Grupo escolar
Félix Grande

Ingleses en 1882
Eça de Queirós

El inconveniente
de ser Cioran

Augusto Isla

Armando Morales, pintor
Vilma Fuentes

Leer

Columnas:
Señales en el camino
Marco Antonio Campos

Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

Galería
Alejandro Michelena

Mentiras Transparentes
Felipe Garrido

Al Vuelo
Rogelio Guedea

La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
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Alejandro Michelena

La sonrisa desamparada de Machado de Assis

Nadie pudo haber traducido con mayor afinidad las Memorias póstumas de Blas Cubas (1880), del autor que con ese libro fundaría la novela moderna brasileña, Joaquim Maria Machado de Assis, que Antonio Alatorre, maestro, escritor y filólogo en cuya infinita erudición aleteaba siempre una apacible muestra de humor ameno y desenfadado que contaminó, por así decirlo, sus numerosos y aleccionadores estudios literarios. Con idéntica, sabia modestia, el narrador carioca advirtió, por ejemplo, que la poesía no era lo suyo, que su apenas teatro era mediocre, que había nacido para escribir algunos cuentos y ciertas novelas (Quincas Borba, Don Casmurro), entre las que Blas Cubas ocupa un lugar esencial.

Como en el Tristram Shandy, de Sterne, al que rinde constante homenaje a lo largo del libro, el narrador interroga al lector, juega a que intenta seducirlo aunque parezca lo contrario; lo interpela, lo acosa, lo dignifica. Armonizada en 160 breves capítulos, la historia que cuenta su propio protagonista desde la tumba y dedica “al primer gusano que royó mis huesos” es un fértil flujo de reflexiones sobre lo que significa quitarse unas botas o la importancia de mirarse la punta de la nariz. Sin ninguna prisa, como el personaje de Sterne que sólo nace ya muy avanzado el libro, Blas Cubas repara en la infinita futilidad de los instantes que constituyeron su vida con la “pachorra” propia de un muerto, para quien la prisa es una angustia sin sentido.

La novela deviene un delicioso vaivén de perplejidades, un pasmo de dudas que encanta porque es capaz, como el mismo Alatorre lo era en sus doctísimos ensayos, de volver interesante lo aparentemente nimio y divertido lo enjuto: consigue, en una palabra, hacer del tedio un episodio parodiable, de la inutilidad de una vida baladí una balada atractiva. Minucioso examinador de esa “errata pensante” que es el ser humano, Machado de Assis, indudable alter ego de Blas Cubas, escribe sus memorias de ultratumba desde las antípodas de Chateaubriand, en cuyo libro prevalece el buen juicio de un hombre que recupera su vida como quien recoge, nada menos, un trozo de la historia humana determinante y crucial: lo que ocurrió en Francia durante y luego de la Revolución y Bonaparte. Guiado por una noción menos rotunda de la especie humana, pero también desde el más allá, Blas Cubas reúne el archipiélago de lo que fue como quien espiga inútiles moronas de un pastel insípido en una mesa desmantelada. Pero ese gesto delicado, delicioso, es el que le devuelve a su vida algún sentido, acaso el único degustable: el sentido del humor.

Cuando Monterroso denunciaba el ingrediente de tristeza que alimenta siempre la naturaleza ambivalente del humorismo, quizá se refería sin decirlo a Machado de Assis, paradigma del escritor subterráneo –como lo llama con razón Antonio Candido– que sabe contar, con “la sarna del pesimismo” que a sí mismo se endilga, la historia de un sino fracasado que elude el melodrama gracias a que, al fondo de cada frase, la llama del juego nos llama a no tomar muy en serio al personaje, ni a nosotros mismos como lectores, ni a nada en un mundo cuyo único, ejemplar encanto, es que se deja deshojar mediante la escritura, que se desdobla y enaltece al conjuro de una prosa que sabe, como Shaw, que para hacer una broma el único requisito es decir la verdad. Machado es verdadero porque es sutil, su novela es memorable porque los medrosos recuerdos que la habitan son los de un muerto que hojea su vida con una incierta sonrisa desamparada.