Cultura
Ver día anteriorMiércoles 2 de noviembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio

Hace escala en Florencia la muestra para conmemorar 150 años de la unificación de Italia

El palazzo Pitti ofrece un recorrido por varios siglos de un arte envidiable

De marzo a septiembre de este año fue visitada por 180 mil personas en Turín, informan

Figuran obras de Rafael, Bronzino, Tiziano, Tintoretto, Van Dyck y Rubens, entre otros

Foto
Dante Alighieri, una de las 300 obras incluidas en la exposición que se presenta en FlorenciaFoto Cortesía de Civita Group
Especial
Periódico La Jornada
Miércoles 2 de noviembre de 2011, p. 5

Florencia. La segunda etapa de la muestra La bella Italia, que comenzó en el palazzo Pitti el pasado 11 de octubre y concluirá el 12 de febrero 2012, es una de las iniciativas de mayor impacto de entre las múltiples celebraciones programadas este año con motivo del 150 aniversario de la unificación italiana.

El curador general, Antonio Paolucci –director de los Museos Vaticanos–, y sus colaboradores, han seleccionado 300 obras de arte agrupadas en 10 secciones correspondientes a una ciudad distinta de la península. Se emprende un viaje ideal en el tiempo y el espacio que abarca siglos de una historia artística envidiable; se inicia con ejemplos de la antigüedad clásica y termina con un cuadro de 1861, año de unificación del territorio, lo que demuestra cómo el país antes de lograr una integración política compartía una cohesión cultural y lingüística, incluso manteniendo una firme individualidad regional que aún persiste.

De marzo a septiembre pasados, la muestra fue presentada con éxito en el castillo de Venaria, en Turín, donde recibió 180 mil visitantes.

Si la sede de Turín no fue casual, puesto que se trata de la primera capital de Italia unida, la de Florencia es también significativa, por haber sido la segunda capital de (1865-1870), antes de su definitivo establecimiento en Roma, en 1871. El palazzo Pitti acogió además, entre sus muros, al padre de la patria y primer rey de Italia Víctor Manuel II, y su corte.

La exposición se despliega en cuatro de los cinco museos que integran el suntuoso palacio de la familia Médici, que sirvió de modelo a las residencias reales europeas, como el palacio de Luxemburgo, en París, y al mismo Versalles. La fuerte connotación arquitectónica y artística del espacio constituyó un reto para los organizadores, pues en algunas secciones, como la que está dedicada a Roma, permitieron la contaminación de las piezas con su entorno y, en otras, en cambio, crearon espacios del todo independientes.

La fragmentación de la muestra puede enriquecer la visita al palazzo Pitti, pero resulta dispersa y costosa (18 euros) si se quiere recorrer de manera integral.

El país más bello del mundo

La italomanía ha contagiado a varios pensadores y viajeros los que desde el siglo XIV y hasta nuestros días han amado, disfrutado o estudiado, proyectando en el imaginario colectivo una Italia como Arcadia, reforzada por las experiencias de los viajeros del grand tour, tan de moda entre la aristocracia europea y difundido por grandes intelectuales que han escrito o se han inspirado en ella, desde Cervantes hasta Byron, Shelley, Ruskin, Wilde, Huxley, Goethe, Nietzsche y Tolstoi, por citar sólo algunos. Para Stendhal, uno de sus más fervientes admiradores, Italia era el país más bello del mundo.

La muestra en curso exacerba tal imaginario al resaltar en cada pieza el esplendor itálico. Aparece, por ello, como una exaltación un tanto autocomplaciente de la propia herencia cultural, acorde con el clima de un acto oficial como éste mediante varios frentes, al comenzar con la evocación de personajes de renombre universal, seguido por presentar con retratos a la nobleza y a los dignatarios eclesiásticos como un homenaje por sus contribuciones a las artes, inmortalizados por artistas como Rafael, Bronzino, Tiziano, Tintoretto, Veronense y Cánova, pero también de extranjeros a su servicio, como Rubens y Van Dyck, cuyas obras se pueden admirar en la exposición.

Otro tema recurrente en todas las secciones es la representación de la ciudad en cuestión: encontramos antiguos mapas o pinturas idealizadas, como en la serie de grabados titulados Las vistas de Roma, de Piranesi, o los famosos paisajes venecianos del Canaletto.

Entre las distintas obras de gran calidad artística figura la Venus agachada –una de la imágenes-símbolo de la muestra–, aunque también destaca el Fauno ebrio en pórfido rojo, ambos del II dC, conservados en el museo Pío Clementino, en el Vaticano; el Tríptico de San Juvenal, de Masaccio; el David, de Verrocchio (maestro de Leonardo), el Retrato de Pietro Aretino, de Tiziano; La esclava turca, del Parmigianino, y cercanas al clima de la unificación, una de las tres versiones de El beso, de Francesco Hayez, de propiedad privada, así como el último cuadro en orden cronológico de la muestra, El 26 de abril 1859 en Florencia (1861), del macchiaiolo Odoardo Borrani, donde una mujer cose una bandera tricolor.

La vastedad del programa la vuelve un tanto confusa, pero es sin duda una importante ocasión para asimilar con un vistazo siglos enteros de arte. Cada sector (Roma, Florencia, Turín, Génova, Palermo, Nápoles, Bolonia, Parma, Módena, Milán, Venecia) cuenta con su propio curador, siendo alguno mejor logrado, como Florencia, Génova, Nápoles y Bolonia, esta última con un sobresaliente grupo de obras de Guido Reni, como la afamada Cleopatra, la Lucrecia Romana o el San Juan Bautista.

Un acierto de la muestra es la calidad, belleza y variedad de objetos de arte suntuario, como vasijas, medallas, candeleros, tapices, armaduras, estatuas talladas en madera, relicarios, medallas, monedas, muebles y códices miniados, entre otros.

En la sección de Génova atrae por su belleza y rara temática un par de vasijas y un platón en plata de 1630, con episodios colombinos realizados por maestros flamencos, titulados respectivamente Homenaje de los indígenas a Colón, Colón aplaca la revuelta de Francisco de Porras y La salida de Colón.

El tema era muy difuso en los años 30 del siglo XVII entre la nobleza, ya sea en objetos de lujo como en pintura a fresco. La virtud de Cristóbal Colón (ciudadano genovés) simbolizaba para la nobleza una afirmación de autonomía republicana.

En el siglo XVII el puerto de Génova era, junto con el de Amberes, en Bélgica, la capital financiera de Europa gracias al estrecho contacto comercial de su oligarquía (las familias Doria, Brignole, Centurione, Balbi, Spinola) con la corona española: se dedicaban a armar los galeones españoles que viajaban a América, pero también financiaban las guerras de éstos con el resto de Europa, además de adquirir su deuda pública, trayendo consigo grandes ganancias y abriendo un periodo de esplendor y riqueza para la ciudad. Esto atrajo a artistas y artesanos italianos y extranjeros, sobre todo de origen flamenco como Van Dyck y Rubens, quienes dejaron huella en los palacios señoriales y en las colecciones de la nobleza.