Opinión
Ver día anteriorMiércoles 24 de agosto de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El arte de no recetar
S

on múltiples los escenarios mediocres en los cuales pueden verse atrapados los médicos. Destaco dos: perder o deformar su ética y someterse a las voluntades de otros, es decir, no ejercer su libre albedrío. Aunque no siempre suceda, ambos suelen coincidir. Descuidar la autonomía implica casi siempre atentar contra la ética; lo inverso, faltar a la ética, no necesariamente implica perder la autonomía.

Un caso: puede faltarse a la ética enviando al enfermo a un laboratorio y recibir comisiones sin menoscabo de la independencia. Otro caso: algunos doctores suelen sugerir a mujeres infectadas por el virus del papiloma humano practicarse histerectomía (quitar la matriz) en lugar de conización (cirugía menor) con tal de eliminar para siempre el problema; en muchas circunstancias ambas vías pueden ser igual de eficaces; la diferencia estriba en las ganancias: se cobra más por la histerectomía –se viola la ética, se mantiene la independencia.

Último caso: el doctor pierde su autonomía, pero pretende conservar su ética cuando, al trabajar para una compañía de seguros, busca cualquier razón para no pagarle al enfermo. Las compañías farmacéuticas, necesarias y vilipendiadas, dueñas de incontables facetas, buenas y malas, ofrecen una miríada de situaciones complejas. La información que brindan y el uso que hacen de ella los galenos son el motivo de las líneas siguientes.

En más de una ocasión he citado en La Jornada alguna información de The Lancet, revista británica de medicina interna fundada en 1823. Sus páginas, además de ofrecer artículos médicos de gran interés suelen aportar textos sobre problemas sociales, filosóficos e históricos de la medicina. En julio, como respuesta a una carta donde se cuestiona la eticidad de los anuncios de las compañías farmacéuticas en la revista, los editores responden subrayando su ética e integridad. Grosso modo, explican que The Lancet no publica anuncios de farmacéuticas si los considera inadecuados; no publica al unísono artículos científicos sobre algún fármaco y propaganda sobre el mismo medicamento; escriben editoriales donde analizan las políticas de compañías farmacéuticas; muchos suplementos de la revista, a pesar de que son financiados por las farmacéuticas, priorizan los textos académicos sobre los anuncios, y, por último, The Lancet siempre se ha alejado de las operaciones de lavado de las farmacéuticas.

La carta de marras cuestionaba a los directores de la revista acerca de un artículo recientemente publicado por ellos, donde se demostraba que los anuncios de fármacos en revistas médicas influyen en la forma de recetar de los galenos. El estudio Information from pharmaceutical companies and the quality, quantity, and cost of physicians’ prescribing: a systematic review (Información de las compañías farmacéuticas y la calidad, cantidad y costo de las recetas prescritas por médicos: una revisión sistemática) se dedicó a analizar los efectos que tenía la información farmacéutica sobre los médicos a la hora de recetar. Para cumplir ese propósito analizaron 40 años de literatura científica.

Los autores demostraron que los anuncios influyen más en los doctores a la hora de prescribir que los artículos científicos publicados en el mismo número. Asimismo, encontraron que los costos por prescribir los fármacos anunciados eran mayores y que el juicio clínico al recetar no era óptimo; finalmente, documentaron que la lectura de la propaganda no aportaba conocimiento a los galenos.

Las compañías farmacéuticas son blanco frecuente de críticas. Se sabe que después de la industria militar y de las compañías (¿cómo llamarlas?) de narcotráfico, la industria farmacéutica es la que más dinero genera –muchas veces más que el producto interno bruto de algunos países. No en balde, en 2004 las farmacéuticas gastaron en Estados Unidos 58 mil millones de dólares para promocionar sus productos, mientras en 2009 las farmacéuticas estadunidenses ganaron 300 mil millones de dólares. Se dice que los medicamentos cuestan más para compensar los gastos promocionales.

A los médicos les resulta muy complicado no hacer o no recetar. Poco se enseña en las escuelas de medicina la clínica adecuada, wait and see (espera y observa). Cuando la ética y la autonomía se erosionan, o cuando la profesión médica deja de inquirir y de ser contestataria, algunas fuerzas externas aprovechan el entorno y se apoderan de la voluntad del galeno; inter alia, compañías aseguradoras, industria farmacéutica y algunos hospitales han generado caminos para entrometerse entre médicos y pacientes. A quienes buscan generar dinero a toda costa, usufructuando el dolor y el miedo del enfermo, así como la alienación de algunos doctores, no les conviene el arte de no recetar y de no solicitar exámenes.

Los anuncios de las compañías farmacéuticas deben leerse primero entre líneas. Después, deben conocerse los efectos adversos del medicamento antes que los benéficos, y siempre es prudente conocer el costo aproximado de los distintos fármacos prescritos para la misma enfermedad –los más caros no son necesariamente mejores. Cuando todo lo anterior sucede se fortalece la tan lastimada relación médico paciente. Para que sane el ejercicio médico, los doctores deben robustecer su ética y su autonomía para no convertirse en una especie de mercenarios al servicio de las farmacéuticas.