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En exhibición Dogging y el Manifiesto pornoterrorista

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Escipión, el célebre general romano
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as cacarañícaras –definió Pablo– son insectos anopluros ectoparásitos, casi redondos, achatados y de color amarillento, que parasitan las zonas genitales de las ladillas. Fascinado por el dato, acudí –ay, iluso– a buscar la nomenclatura binomial de semejante especie y a las bases de datos en línea que se afanan en unificar y uniformar los datos de todas las especies de bichos y verduras que en el mundo han sido. Como no hallé nada de nada, recurrí a algunos tratados de criptozoología, esa disciplina abocada al estudio y a la búsqueda de animales considerados extintos o que la ciencia desconoce (en las dos acepciones del término) y que la mitología y el rumor popular reivindican. Pero así como no encontré cacarañícaras entre los caballos, las amibas y las orquídeas, tampoco pude hallarlas entre los centauros, las mandrágoras y los aluxes.

Hube de rendirme a la evidencia de que Pablo me había tomado el pelo y que su referencia a esos mentados animales eran una especie de hipérbole (aunque no estoy seguro que la expresión encaje en la definición de esa figura retórica) para referirse a esos individuos tan, pero tan molestos, que son capaces de causar comezón a las mismas ladillas. Chinchulines, se les diría en algunas zonas de nuestro país, aunque ese mexicanismo no lo reconocen ni doña María Moliner ni doña RAE, ni don Colmex en su Diccionario del español usual en México, y ni siquiera el propio don Ciro Gómez de Silva en su Diccionario de mexicanismos. Cacarañícara, dirá alguien, al sur del Suchiate, en traducción simultánea.

En cambio, el verbo ladillar es latinoamericanismo admitido por Moliner y por RAE, si bien ambas fuentes lo circunscriben a algunas regiones de Sudamérica y el Caribe, siendo que también es vocablo de uso corriente en Mesoamérica y sus alrededores. La metáfora en la que ese verbo basa su existencia es impecable, si se considera que las molestias causadas por Pthirus pubis –nomenclatura binomial de la ladilla– consisten en un prurito muy molesto que puede hacer que el infectado se rasque, que es justamente la acción refleja que uno suele poner en práctica ante el discurso aburridor, la acidez permanente o el acoso disfrazado de amabilidad de esas ladillas humanas que infestan nuestro entorno y que, a diferencia de sus homónimos artrópodos, no pueden ser erradicadas con soluciones de hexacloruro de benceno, el tratamiento canónico para la ftiriasis, que es como se llama a la infestación de piojos del pubis.

El tratamiento debe repetirse una semana después, porque los huevos o liendres pueden sobrevivir durante ese lapso. Los animales adultos viven hasta 24 horas separados del cuerpo humano, por lo que es necesario desinfectar prendas, sábanas y toallas. La depilación púbica disminuye los riesgos de infección, pero no basta para acabar con una infestación ya producida. Y a los incautos irremediables, Wikipedia les recuerda: los preservativos no evitan el contagio de piojos púbicos.

Afirma Madre Academia que ladilla proviene del latín blatella, diminutivo de blatta, que es, a su vez, nombre genérico para varios insectos, aunque otras fuentes sostienen que deriva de latus (ancho) por la forma achatada del insecto. En inglés se les conoce popularmente como crabs (cangrejos), en tanto que en francés el nombre vulgar es morpion. En la literatura gala existen referencias al bicho cuando menos desde el siglo XVI (en el Pantagruel de Rabelais). Hay una propuesta etimológica cagadísima para el término: peón que muerde (pion qui mord = morpion) y otra desorbitada e historicista que lo supone una contracción despectiva de el moro Escipión, en alusión a Publio Cornelio Escipión el Africano, quien tal vez no padecía de ftiriasis, pero sí que se volvió una ladilla mayúscula a ojos de algunos senadores de la República, y no se diga a los de Aníbal, el pobre general cartaginés al que derrotó en la batalla de Zama. De ser cierto el origen de la palabra, habría que concluir que la guerra púnica en la que se enfrentaron las fuerzas de ambos fue, más bien, guerra púbica.

Théophile Gautier exploró a fondo las posibilidades literarias de esas asociaciones en De profundis morpionibus (también conocido como La muerte, la aparición y los funerales del Capitán Morpión) uno de los poemas épicos más asquerosos de todos los tiempos. En maridaje con una marcha fúnebre compuesta por Ernest Reyer, ese texto se convirtió en una canción pícara (chanson paillarde) que narra los pormenores de una batalla feroz entre cien mil piojos que, a bordo de un pene, tratan de tomar por asalto una fortificación vaginal defendida por otras tantas ladillas.

http://youtu.be/3iis5wgRJdA

Otra cumbre literaria que tiene por protagonista a un insecto parásito de los humanos es la ubicua – y pornográfica– Autobiography of a flea, traducida al español como Memorias de una pulga, pero como aquí hablamos de ladillas, y no de pulgas, no viene al caso la reseña.

Quiere la leyenda popular que algunos tipos de escarabajos (sobre todo, los voladores) son potenciales transmisores de Pthirus pubis pero, según todas las fuentes que he consultado, las ladillas nos son fieles, es decir, son casi exclusivas de los seres humanos. El casi hace referencia a los gorilas, que padecen infestaciones de Pthirus gorillae, físicamente indistinguibles de las nuestras pero diferentes en sus costumbres y, por supuesto, en su hábitat. Un dato humillante es que, de acuerdo con un estudio genético, los bichos pudieron ser contagiados por los ancestros de esos monos a nuestros propios antepasados hace cosa de tres millones de años.

Alice L. Anderson y Elizabeth Chaney sostienen que entre el 2 y el 10 por ciento de los humanos están infestados, un porcentaje tan escandaloso como inhibidor de la libido y hasta de la vida social, si se considera que las relaciones sexuales son la forma preponderante, pero no la única, de infestarse. Como atenuante de este dato ha de citarse a Sharon Moalem (How sex works, HarperCollins, 2009), quien relaciona la disminución de infecciones de ladillas observada entre 1993 y 2003 con la moda, sobre todo femenina, de depilarse parcial o totalmente el pubis: Al parecer, la depilación de las partes íntimas es como una deforestación.

Habida cuenta de que somos el único hábitat de estos pobres bichos, tal vez habría que clasificarlos como especie en riesgo de extinción, pedir que sean incluidos en los protocolos de preservación de la biodiversidad y clamar contra el hábito del rasurado púbico con la misma energía con la que se protesta por la reducción del Amazonas. Más feo muerden los lobos, y a esos sí los protegen.

Además, si se extinguen las ladillas, se condenará también a la desaparición final a las cacarañícaras (un asunto de ruptura de las cadenas alimenticias), y entonces cómo hará Pablo para tomarme el pelo, y de qué voy a escribir cuando no esté de vena para cosas trascendentes.