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Bajo la Lupa

Siria: la primera revuelta árabe por el agua y el cambio climático

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Un opositor al gobierno sirio muestra rótulos en lengua árabe, en los que se lee: Sí a la libertad, no a la violencia, durante una manifestación de miles de inconformes el viernes pasado en DamascoFoto Ap
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l extático aroma del jazmín revolucionario ha despertado los rescoldos acumulados en el mundo árabe en los recientes 60 años y cada región, subregión, país, provincia y hasta aldea aprovecha la oportunidad para acudir a su inesperada cita con la historia y así manifestar su lista de legítimos agravios idiosincráticos frente a los cuales las satrapías se encuentran impotentes en reaccionar ilustre e ilustradamente.

El extático aroma de la revolución del jazmín del paradigma tunecino alcanzó dramáticamente el sur de Siria, en la frontera con Jordania e Israel, lo cual comienza a sacudir su andamiaje transfronterizo y la geopolítica regional, específicamente en la ciudad agrícola de Daraa, que padece una severa penuria del agua debido al cambio climático de los recientes cinco años, donde las precipitaciones pluviales han disminuido 60 por ciento.

El aroma revolucionario del jazmín irrumpe en la hipercomplejidad del Creciente Fértil, que ya habíamos formulado en nuestra taxonomía de las cinco subregiones árabes (ver Bajo la Lupa, 6/3/11), donde el grado de las sutilezas y los matices aumenta considerablemente.

Daraa, ciudad de la provincia de Hourán y frontera con Jordania, se encuentra a 100 kilómetros al sur de Damasco sobre la carretera que la conecta con Ammán (capital de Jordania). La revolución transfronteriza de Daraa se encuentra prácticamente equidistante de Damasco (capital de Siria) y Ammán (capital de Jordania, donde ha recrudecido la contestación).

Daraa representa un bastión sunnita de 755 mil habitantes en la superestratégica planicie de Haurán, lo cual ha colocado a la defensiva al nepotismo de los Assad, de 41 años en el poder (30 con el padre Hafez y 11 con su hijo el reformista Bashar).

Las protestas de los sunnitas de Daraa se han intensificado y han empezado a propagarse a ciudades de Siria en forma alarmante, pero todavía no determinante para defenestrar al nepotismo de los Assad que depende, a mi humilde juicio, de la aquiescencia de la burguesía sunnita de las grandes ciudades y, a escala regional, de la anuencia de tres potencias sunnitas regionales: Turquía (su relevante frontera), Egipto y Arabia Saudita (con la que mantiene excelentes relaciones, pese a la alianza estratégica de Damasco con Irán). Se trata de la alta precisión del engranaje de un reloj muy fino.

Se pudiera aducir que las protestas todavía no alcanzan la masa crítica para una revolución, ya que, en un análisis estricto, se encuentran confinadas a la ciudad de Daraa –en la cercanía de las superestratégicas alturas del Golán (pletóricas en agua y ocupadas y saquedas por Israel)– donde las fuerzas de seguridad (los siniestros mukhabarat) perpetraron el error infantil de encarcelar a unos adolescentes inofensivos por haber osado escribir grafitis contra el gobierno, lo que luego desembocó en una confrontación con la población local que ha arrojado un saldo de entre 17 y 100 muertos (dependiendo de quién manipule las cifras).

El epicentro de la revuelta de Daraa se concentra en la mezquita al Al Omari y ya se salió del control del régimen atrapado sin salida, que ha recurrido cosméticamente a promesas invaluables desde el levantamiento de la ley de emergencia hasta el permiso de participación de otros partidos fuera del Baas, edulcorado con la súbita liberación de 250 detenidos.

Siria se encuentra gobernada desde el golpe de Estado de 1970 por la secta minoritaria de los alawitas (a la que pertenecen los Assad): una excrecencia del chiísmo (13 por ciento) que gobierna a la mayoría de sunnitas (74 por ciento) y a las minorías de cristianos (10 por ciento) y drusos (3 por ciento), según datos de la CIA.

Entre la mayoría sunnita habría que incluir a los kurdos no-árabes, que representan 10 por ciento de la población.

Es evidente el riesgo de balcanización en varias entidades que fracturaría su mosaico mantenido a sangre y fuego durante 41 años (v. gr. el genocidio de los hermanos musulmanes, con presunta bendición occidental e israelí, en la ciudad de Hama, que, dependiendo de quién manipule las cifras, van desde 20 mil hasta 100 mil asesinados).

Ya habrá tiempo para detenernos sobre el riesgo de balcanización de Siria en cinco entidades: sunnita, alawita (que en 1922 proclamó su autonomía y, luego, varias veces su independencia), drusa, kurda y cristiana.

Sin adentrarnos por el momento en la correlación de fuerzas étnicas y religiosas en el delicado mosaico plural de Siria (22.5 millones de habitantes), es fundamental ubicar el número poblacional de sus más importantes ciudades: Alepo (3 millones); Damasco (capital, 2.5 millones), Homs (1.3 millones), Hama (854 mil) y Latakia (650 mil habitantes y su principal puerto; igualitariamente repartidos entre sunnitas y alawitas, con una minoría de cristianos).

Más allá de la caída del régimen, que no se vislumbra en lo inmediato –porque puede repetirse el modelo Bahrein implementado por las seis petromonarquías del Consejo de Cooperación del Golfo, encabezado por Arabia Saudita–, la crisis de Daraa estaba escrita en el muro cuando el nepotismo de los Assad descuidó la ominosa desertificación de la otrora fértil planicie de Hourán, cuyo suelo volcánico lo había convertido en el granero de Oriente Medio cuando abundaban las lluvias en tiempos otomanos, según Khaled Yacoub Oweis, de Reuters (19/3/11).

Yacoub aduce que en el este de Siria, la crisis hídrica de los últimos cinco años, que dicen expertos se debe mayormente a la mala gestión estatal de recursos, ha sumido a 800 mil personas en la extrema pobreza, según un informe de Naciones Unidas en 2010. Cientos de miles de personas más fueron desplazadas. Agrega que otros productores también han resultado afectados por las escasas lluvias y recortes a los subsidios. El Ministerio de Agricultura dijo que las cosechas en la provincia agrícola de Daraa cayeron 25 por ciento el año pasado.

Daniel Williams (NYT, 2/3/11) cita un reporte de la ONU: Las lluvias son 45 por ciento y 66 por ciento en promedio menores a lo normal (sic) en tres provincias orientales de Siria en los pasados dos años. La falta de agua ha causado que más de 800 mil personas en la parte oriental de Siria pierdan casi todo su modus vivendi.

Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (EU), la cosecha de trigo ha disminuido a la mitad.

Al más del millón de refugiados de la guerra de EU y Gran Bretaña en Irak, se ha sumado otro medio millón de desplazados internos –los campesinos sunnitas que huyen de las sequías de la planicie sureña de Hourán (Daraa) y los kurdos de la ciudad norteña de Qamishli (frontera con Turquía y cerca de Irak)– quienes viven en condiciones infrahumanas en tiendas de campaña en Damasco, junto a insolentes campos de golf muy bien irrigados de la plutocracia. ¡Luego quieren que no existan revoluciones!

Un reporte del Banco Mundial (15/8/08) sentencia que Medio Oriente y Noráfrica son las regiones más afectadas por la penuria global del agua.

Estudios de la ONU proyectan que 30 países sufrirán carencia de agua en los próximos 15 años, de los cuales 18 se encuentran en el Medio-Oriente y Noráfrica (Reuters, 20/3/11).

Ante la penuria estructural del agua no existe satrapía, monarquía, plutocracia o democracia que evite una revuelta y/o revolución.