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Ver día anteriorDomingo 20 de marzo de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El ojo ajeno
E

n busca de algún caso que sirviera a mis fines literarios, en su mayoría aviesos, pero armada de mi cédula profesional de licenciada en sicología por la Universidad Nacional, y después de firmar el previsible compromiso de observar discreción en mis averiguaciones, obtuve permiso de las autoridades para visitar a las pacientes del ala de siquiatría del Sanatorio de Beneficencia Española de México. De este modo di con BD, de quien reproduzco las líneas que escribió para mí.

BD es una paciente mayor que yo, que podría ser mi mamá, y por quien de inmediato sentí tal empatía que incluso llamó la atención de mi supervisora que, alarmada, confirmó tan asombroso parecido entre nosotras, por más que no hubiera sabido definir en qué nos parecíamos, que en su desconcierto estuvo a punto de retirarme el acceso a ese caso. Décadas atrás, BD había sido internada bajo la sospecha de haber asfixiado a su hija recién nacida, una niña en perfectas condiciones físicas, pero producto del incesto comprobado de BD con su único hermano.

He aquí uno de sus primeros recuerdos: “En la memoria se me presentó la señorita G, la encargada del grupo de primaria al que pertenecí entre 1928 y 1934. Crecí creyendo que yo había sido su alumna consentida. Llegué a destacarla entre mis recuerdos al dedicarle el cuento ganador en el concurso al que lo sometí, tiempo después de no haber vuelto a ver a esta maestra mía ni haber sabido nada de su paradero. Seguí acompañada de mi buen recuerdo, hasta que un día encontré a una compañera de banca de aquellos años que me lo desmoronó. Me contó que, a diferencia de mí, como ex alumna agradecida ella acababa de visitar a nuestra vieja mentora y que, al repasar juntas al grupo que fuimos, la señorita G no recordó mi nombre ni ningún detalle de mi persona. Mientras yo la había endiosado a ella, ella me había olvidado a mí. Después del zarandeo que semejante revelación me produjo, quise probarme a mí misma que, el hecho de que la señorita G no me recordara, no cuestionaba que en el pasado yo hubiera sido su consentida. Así, me esforcé en enumerar instancias que, en mi recuerdo, probaran que la señorita G me hubiera destacado a mí en su afecto, al compararlo con el que mostraba hacia el resto de las discípulas que en mi época ella tuvo a su cargo. Pero, por más esfuerzo que hice, no sólo no recordé una sola de estas instancias, sino que, las que logré enumerar, lo que probaban era que la señorita G me despreciaba. Y esta realidad tenía más peso que el paliativo de creer que quien te quiere te hará llorar.

“Lo bueno que me dio a mí se lo dio igualmente a las demás. Si a mí me enseñó a jugar beisbol o a escribir con caligrafía Palmer, igual se lo enseñó a mis compañeras. En cambio, si entre todas me distinguía a mí en algo, era en lo malo. Sólo a mí me señalaba en frente del grupo que el cuello de la blusa de mi uniforme estuviera sucio, o sólo a mí me reprendía delante de las otras por ser soñadora, no tener iniciativa y ser demasiado vulnerable.

En aquel tiempo yo no podía imaginar que ella gozara al maltratarme, o que señalarme a mí esas características, que para ella eran imperfecciones, fuera su forma de sentirse superior a mí, y que precisamente ésta fuera su intención. Si me elegía a mí para alcanzar su meta era porque yo carecía de iniciativa como para rebelarme y era demasiado vulnerable. Ella necesitaba a la más apta para no hacer otra cosa que enfurruñarse ante su maltrato y ausentarse de la realidad.

Sin embargo, que ella no me quisiera o que yo no hubiera sido nunca su consentida, no fueron las revelaciones que me zarandearon más. La revelación que realmente me zarandeó fue hacer conciencia de que yo me hubiera prendido de alguien que me maltrataba. Esto ha sido lo exasperante, y la vergüenza y la rabia que no he logrado vencer. A medida que la señorita G me maltrataba, más me esmeraba en batear para anotar una carrera o en soltar la mano para imitar mejor la caligrafía de mi querida profesora. ¿Por qué la premiaba con mis esfuerzos, cuando con esto no hacía más que aumentar el entusiasmo de su maltrato?

En todo caso, cuando en su momento nació mi hija, la persistencia de mi recuerdo de la señorita G y la distorsión que ella había producido en mis emociones me hicieron intolerable la perspectiva de que tarde o temprano mi hija fuera a padecer lo que había padecido yo.