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Fenómeno mediático, enciende furor en Inglaterra por este joven iconoclasta

James Rhodes, la nueva superestrella virtual de la música de concierto

Rompe con estereotipos y en él resuelve el público su hastío por los que tocan como robots

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James Rhodes
The Independent
Periódico La Jornada
Sábado 15 de enero de 2011, p. 3

El recital de piano podría calificar para incluirse en alguna secuela futura de Harry Potter… como un ave fénix musical. Justo cuando empezábamos a pensar que el género está pasado de moda, surge una nueva generación de músicos que nos vuelven a cautivar con ese instrumento. El estrellato pianístico es por necesidad un culto al individuo, como lo ha sido durante casi 200 años. Desde que el joven Franz Liszt, cuyo bicentenario se festeja este 2011, se dispuso a convertirse en el Paganini del piano y tuvo tal éxito que las mujeres irrumpían en el hotel donde se hospedaba para robarse el agua con que se había lavado, el pianista estrella ha tenido un lugar único en la conciencia pública. Muy pocos instrumentistas dan tanto pábulo a la construcción de mitologías como los pianistas, llámense Vladimir Horowitz o Liberace, Lang Lang o David Helfgott, quien fue inmortalizado en la película Shine.

El año pasado presenciamos el ascenso de James Rhodes, de 35 años, rebelde del piano, ex drogadicto confeso e iconoclasta. Con el carisma que le da su solo cariño por la música, ha sido firmado por la disquera Warner Brothers, pero la dedicada a la música pop, no su contraparte de música clásica. También está la perenne fascinación del público por Glenn Gould (1932-1982), quien desdeñó la plataforma de conciertos e hizo sus principales aportaciones musicales en el estudio de grabación, notablemente con Bach. Un documental reciente, Genius Within: The Inner Life of Glenn Gould (2009), explora aspectos de la vida del pianista canadiense que rara vez se han sondeado en público, en particular su vida amorosa.

El fenómeno de Rhodes tiene impacto especial porque, comparado con los gigantes contemporáneos de la sala de conciertos, él no es uno de los mejores. Se ha hablado mucho de sus antecedentes: drogas, tratamiento siquiátrico y recuperación gracias a la música. Su aspecto demencial y deshilachado tiene su atractivo; él prefiere presentarse en playera y no de frac. Sus ejecuciones harían que lo echaran a patadas de cualquier competencia internacional. Pero –y he allí el meollo– ¿será eso, quizá, lo que lo hace tan popular? Después de todo, la verdad de la música no reside en las notas: radica en la comunicación entre las notas. Y Rhodes, por muchas notas falsas que dé, sí comunica, y lo hace con tremendo amor y entusiasmo por su música. Es el antídoto perfecto para el gran problema de los modernos pianistas de concierto, a muchos de los cuales se les percibe como robots al tocar.

Si el estrellato en el piano es un culto al individuo, los pianistas deben tener por lo menos algo de individualidad. Sin embargo, a menudo parece que algunos se embarcan en una persecución impersonal del mérito técnico y de una carrera gloriosa, pero tienen poco que ofrecer en términos de una respuesta fresca y genuina, ya no digamos pasión. Estos ejecutantes ganan competencias a menudo, pues su interpretación no polariza las opiniones y pueden obtener el número requerido de puntos a lo ancho del espectro de formas de apreciar. A veces gana quien no debe, y por razones inadecuadas. Por tanto, desconfiamos cada vez más de las competencias, de sus ganadores y de las carreras de éstos. En cambio, escuchar a Rhodes es refrescante: alguien que da notas falsas, pero adora la música y le encanta llevarla al auditorio que prefiere.

Entre tanto, Glenn Gould es el siempre redivivo Elvis del piano. Si algún pianista ha entrado en la mitología popular de la música, es este genio clásico canadiense cuya fama ha crecido aún más desde su muerte, ocurrida en 1982. Gould se elevó a la fama en la década de 1950; sus conciertos creaban una ola de emoción adondequiera que iba. En 1957 realizó una gira por Rusia. En su recital en Moscú la sala estaba llena a la mitad al principio, pero luego del intermedio estaba atestada: los presentes habían pasado el intermedio diciendo a sus amigos y parientes que dejaran lo que estuvieran haciendo para ir a escuchar el resto. Con eso hubiera bastado para asegurar el renombre de Gould, pero hubo mucho más: eligió retirarse de la plataforma de conciertos cuando tenía apenas 32 años de edad, y concentró su arte en el estudio de grabación, donde podía lograr resultados más cercanos a su ideal.

Las grabaciones de Gould –y su hiperinteligencia, su aparente tendencia a recluirse y su desbordante hipocondria– no han dejado de fascinar a generaciones de amantes de la música. Muchas películas se le han dedicado, pero la más reciente se enfocó en uno de los aspectos más elusivos: su vida amorosa. El fenómeno Gould sigue vivo y dando de qué hablar.

Las actitudes cambiantes en materia musical también ayudan al recital de piano a mantenerse a flote. En los 20 años pasados los recitales han sido revitalizados por el reconocimiento de que el virtuosismo no es tan malo, después de todo. En las décadas de posguerra, el mundo parecía teñido de asociaciones de mal gusto. No nos dejaban disfrutar a nuestras anchas de la música de piano. Teníamos que plegarnos a los augustos ideales de Bach, Mozart y Beethoven; las fantasías de Liszt sobre temas operáticos y las deslumbrantes piezas de exhibición creadas por Horowitz atraían desdén generalizado. Pero con el ascenso de pianistas como Arcadi Volodos y Marc-André Hamelin, capaces de ejecutar sin tacha y con perfecto buen gusto las obras de mayor exigencia técnica jamás escritas, las actitudes puristas se escurrieron en silencio por la puerta trasera. No se les echa de menos.

Hoy día hay lugar para todos. Por un lado, asistimos en manada a festivales ultraserios como los de Daniel Barenboim interpretando a Beethoven, Paul Lewis a Schubert y Maurizio Pollini tocando prácticamente de todo. Por el otro, Lang Lang –el antiguo niño prodigio chino y nuevo gigante del piano– nunca está lejos. Se ame o se odie su técnica deslumbrante y su personalidad de estrella del rock, es probable que haya hecho más que nadie por reinventar y popularizar el piano para un nuevo siglo y, en la propia China, para una nueva superpotencia.

Y ahora una nueva generación de pianistas se acerca al primer plano. He aquí una selección de los talentos más brillantes del piano hoy día, que sacuden prejuicios y capturan públicos con su pasión por la música… aun si algunos hay ganado una competencia o dos: Behzod Abduramov (uzbeko, 20 años), Nareh Arghamanyan (armenio, 29), Evgeny Bozhanov (búlgaro, 26), Lara Omeroglou (británica de padres turcos, 23), Khatia Buniatishvili (georgiana, 23), Benjamin Grosvenor (británico, 18), Yuja Wang (china, 23 años).

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya