Opinión
Ver día anteriorLunes 29 de noviembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La ciudad del futuro
L

o que hace admirable a un libro puede hacerlo también insoportable. Y pocas, muy pocas veces, son más fuertes las ganas de que un reportaje no sea cierto sino ficción, o película de esas exageradas por naturaleza. Desgraciadamente, La ciudad del crimen: Ciudad Juárez y los nuevos campos de exterminio de la economía global, el horrendo e hipnótico relato de Charles Bowden, es la pura verdad. Y si bien seguramente se queda corto como todos, nadie se había quedado hasta ahora menos corto que Bowden en Murder City (Nation Books, Nueva York, 2010; de inminente publicación en México por Grijalbo), o de la verdad ahí, a la vista de todos, pero en un país, como diría Werner Herzog, de oscuridad y silencio.

Si tan sólo fuera un cuento que por algo impresionó a Elmore Leonard, que a eso se dedica, a escribir novelas de crimen. No. Bowden hace un mero recuento obsesivo y preciso de los asesinatos en la ciudad fronteriza entre 2008 y 2009. Siempre que puede, se hace presente en la escena de la matanza, como cualquier reportero. Va, ve al muerto, toma notas. Lee al otro día la prensa. Muchas veces no encuentra nada, sólo silencio, esa artera forma de la mentira. Y otras se admira y conmueve ante la valentía de sus jóvenes colegas juarenses. A unos lo matan, otros huyen del país buscando un asilo humanitario que Estados Unidos nunca les otorga. La dedicatoria del libro, a su amigo Armando Rodríguez, de El Diario, lo dice bien: Abatido a tiros el 13 de noviembre de 2008, luego de redactar 907 historias de asesinatos en ese año. Como el resto de nosotros, era un muerto andando. Su última historia se publicó horas después de su muerte.

A partir de ahí, con formidable furor, Bowden nos sumerge en ese terreno que tan bien conoce, nos arrastra de la mano y dice mira y ve. A la manera de Robert Fisk cuando cubre los acontecimientos de Medio Oriente y emplea un nosotros acusador e imbatible para aludir a Occidente, Bowden se dirige a la sociedad estadunidense en un tono de rabia dolida. No habla de talibanes, ejército de Israel o Al Qaeda, sino de los mexicanos, e identifica la venda con que sus paisanos se tapan los ojos con las sábanas que cubren los cadáveres ensangrentados, nuestros sueños nerviosos, y lo llamamos seguridad.

No es nuevo en el tema. Su obsesión, o lealtad, con el antiguo Paso del Norte recorría ya Juárez: laboratorio de nuestro futuro (prólogo de Noam Chomsky, epílogo de Eduardo Galeano); Éxodo (fotos de Julián Cardona, que también ilustra Murder City); Una sombra en la ciudad: confesiones de un narcoguerrero encubierto y otros libros, además de sus trabajos previos sobre Chihuahua y el desierto. Residente de Tucson, Arizona, parece atrapado en Juárez de una manera que hace poco un colega suyo me definía como la inexplicable fijación de Chuck (Bowden).

En nivel general, Juárez le resulta un experimento de avanzada del capitalismo, un modelo para el futuro. Ciudad de feminicidios, maquiladoras y guerra contra la gente, expuesta a la más violenta ley del libre mercado, apta para toda clase de abusos laborales y de los otros. Donde todos los bandos en pugna –gángsters y policías, sicarios y tropas federales, políticos y capos– son culpables y, en última instancia, socios. Las complicidades se extienden multiformes al país del norte, al que Bowden interpela:

“Inventamos nodos especiales para el infierno, cárteles, ciudades como Juárez. Llamamos barones de la droga a los asesinos, ya que venden compuestos industriales, tortura, asesinato. Barremos cielo y tierra, observamos con lentes infrarrojos en la noche, fanfarroneamos, soldamos barras, levantamos muros. Y nunca enfrentamos en verdad lo que tenemos ante nosotros, nunca encaramos lo que hay dentro de nuestro cobarde lenguaje de cárteles y capos y seguridad interna, nunca asumimos que esas fuerzas fueron libradas sobre la Tierra con nombres como pobreza, un fix, asesinato, desesperación, y nuestros recursos son inútiles para dominar dichas fuerzas”.

Miss Sinaloa, de los esperpénticos personajes que pueblan el libro el más doloroso, que ya es decir, lo sabe bien, dice Bowden. Y yo lo estoy aprendiendo. ¿Cuántos años, cuántos recorridos, cuántos libros le ha tomado? Miss Sinaloa, una hermosa muchacha que llegó a Juárez llamada a ser una reina, acabó violada en masa, drogada y enloquecida, fantasma de un sueño imposible que termina en la locura, en una ciudad donde el violador es libre y nunca será castigado.

“La botas negras llegaron con Miss Sinaloa. Ella apareció esa tarde de diciembre con sus brillantes botas hasta la rodilla, los tacones gruesos, la superficie de acrílico brillando hacia los cielos. El resto de ella era piel, piel con huellas de mordeduras en sus pechos, piel magullada por todo su ano. Y golpes también. Eso fue hace algunas semanas, cuando el pelo aún le llegaba al trasero. Con excepción de sus botas, había perdido toda su ropa. Y la mente también.”