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Las hinchadas son sinceras con sus sentimientos, pero tienen los nervios crispados

El clásico, ceremonia de amor y odio

“Ellos son mis mejores rivales y los respeto. Ambos nos necesitamos…”, dicen fanáticos

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Marco Fabián, en el cesped, intenta despejar ante el acoso de Daniel MontenegroFoto Víctor Camacho
 
Periódico La Jornada
Lunes 25 de octubre de 2010, p. 3

Un clásico es una ceremonia de amor y odio. Un rito en el que se confirma la lealtad y la rivalidad a unos colores, a una camiseta. No hay lógica: se ama y se odia porque sí. Para algunos, incluso, es un sentimiento que se hereda, como los genes. El técnico de Chivas, José Luis Real, lo dijo hace unos días. La repulsión hacia el América fue un legado de su padre.

Lo sabe un niño de siete años, Johan Padilla, quien vino desde Campeche, con 52 aficionados americanistas. A esa edad, ya sabe lo que significa querer y detestar unos colores. Presume su afiliación azulcrema; por tanto no soporta a las Chivas.

–Dile por qué las odias –dijo su padre.

–Por que sí –respondió el niño.

No toda la rivalidad se manifiesta con el cuchillo entre los dientes. Los Espinoza son cuatro primos del DF. Bastante unidos, aseguraron, dos rojiblancos y los otros americanistas. Sin embargo, esa camaradería se suspende sólo cuando sus equipos se enfrentan; entonces, otros vínculos son más importantes, contaban los cuatro abrazados.

“Sólo cuando llega el clásico renace el rencor. Es un odio tradicional, cuando llega el Día D, entonces hasta nos caemos gordos”, dijeron mientras se soltaban y se lanzaban puyas.

Algunos insistieron que este clásico en particular carecía de la pasión de otros campeonatos, pero la gente llegó al Azteca, el cual estuvo a 90 por ciento de su capacidad. Los autobuses se aliviaron de pasajeros de toda procedencia. Llegaron familias y barras bravas, los distinguía la manera como se involucraban con el futbol y la camiseta. “La diferencia es que el aficionado disfruta el futbol; el barra brava vive el futbol“, explicaba un hincha.

No todos piensan que este haya sido un clásico desangelado. Luis Magrassi, quien junto a ocho adultos y nueve niños abordaron una camioneta desde Guadalajara, para apoyar a las Chivas, señala: Si ya no tuviera pasión esta rivalidad, nosotros no estaríamos aquí. Lo que dijo el padre, lo confirmó el hijo, quien confesó que desde que nació le inculcaron el gusto por el Guadalajara. Desde entonces, odio al América. Para él, dijo, este día era muy importante.

Si el futbol ocurre dos veces, una en la cancha y otra en la imaginación de los aficionados. Este clásico ocurrió en varios momentos: en los días previos, en la cancha durante el juego, en las gradas desbordadas de emociones y una última, en el corazón de los hinchas.

Porque independientemente de lo que ocurrió en la cancha, de que los jugadores empataran o apenas traspiraran la camiseta, en las gradas los hinchas vivieron otro partido. Uno mucho más intenso. Porque la grada fue una extensión de la cancha. Es otro campo de batalla. Los tambores retumbaron en los pechos, a la altura de los corazones. Los cantos hablaban de amor y de odio.

Los barra bravas del cuadro tapatío inundaron el Azteca. Llegaron 17 camiones, alrededor de 50 hinchas en cada uno. Vinieron porque este es el rival que heredaron de sus padres. Es tradición, decían, aunque ellos en realidad a quien más odian es al Atlas. Este es el clásico de Televisa, dice el tapatío Saya, cuyo pecho, a la altura del corazón ostenta el tatuaje de un escudo de Chivas.

Y el estadio gritó. Aun cuando no caían goles. La cabecera norte, donde reside la barra Monumental del América, y en la cabecera opuesta, en la parte de arriba los hinchas rojiblancos. Ellos hicieron el clásico. Se dedicaron consignas, ondearon banderas y gritaron. En ambas cabeceras el ambiente era de alegría, pero también de tensión. Las hinchadas son sinceras con sus sentimientos, pero tienen los nervios crispados.

La rivalidad entre América y Chivas, coincidieron en señalar en ambos lados del estadio, es más una tradición. Cada uno anida sus verdaderos rencores por otros clubes. América resopla ante Pumas; Guadalajara contra Atlas.

Al final del partido la gente reclamó e inició una lluvia de objetos. Así ni ganas dan de pelearse con Chivas, con partidos tan guangos, dijo una señora americanista que salía acompañada de su marido vestido de rojiblanco. Sin embargo, Javier Martínez, de 43 años, con el rostro pintado, sombrero y capa del América tiene un gesto amable. Este clásico es emocionante porque tiene historia, porque los dos necesitábamos los tres puntos, dijo. Más allá de eso, aseguró que no sentía ningún odio real por Chivas.

“Ellos son mis mejores rivales y los respeto. Sin ellos no tendríamos el clásico. Ambos nos necesitamos… Sin ellos, yo no existo”, dijo, y se dio media vuelta ondeando una enorme bandera amarilla.