Opinión
Ver día anteriorMartes 19 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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¡Viva Chile!
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arecía una imagen tomada de alguna estampa de las máquinas del siglo XIX. Una torre sosteniendo una rueda giratoria. Una polea por la cual se deslizaba un cable de acero que sostenía una cápsula con un diámetro de 56 centímetros, diseñados para descender 622 metros al interior de la tierra en el desierto chileno. De ese cable pendía la esperanza de 33 familias, de un pueblo y de la humanidad entera. Simplicidad y elegancia. En ese esfuerzo que se vio coronado por el éxito, se concentró lo mejor de la naturaleza humana.

Pero la sencillez del dispositivo para el rescate es sólo aparente. Detrás de cada herramienta y de cada acción hubo una idea, y la determinación de salvar la vida de los mineros atrapados. Esa imagen final, que parecía surgir de un grabado del siglo XIX, fue en realidad el resultado de haber puesto en juego lo más avanzado de la tecnología de hoy.

Primero el derrumbe. Buscar y no rendirse… Esperar y no rendirse. Luchar contra la desesperanza, comiendo apenas dos cucharadas de atún cada 48 horas. Los héroes de arriba y los de abajo. La vida en el límite. Por fin, después de 17 días de angustia, el primer contacto.

Hay que imaginar los esfuerzos por introducir, una y otra vez, las sondas a una profundidad de casi 700 metros para encontrar señales de vida en el interior de la mina. Hubo suerte, sí, pero también la determinación sin la cual nada puede suceder. El equipo chileno que coordinó el rescate, desde el momento en el que se produjo el primer contacto, estableció una estrategia y una organización ejemplares con la instalación de centros de control y de mando que revelaron el diseño de un cuidadoso plan del más alto nivel técnico para el rescate.

Desde ese momento se recurrió a la cooperación internacional, pero todo bajo el control chileno. Expertos de la NASA brindaron asesoría en los campos de la medicina, la nutrición y la sicología, apoyándose en sus conocimientos sobre las situaciones de riesgo en las misiones espaciales. Se pudieron suministrar así, a través de las sondas, a las que se denominó palomas, nutrientes y electrolitos y se pudo conocer el estado físico y mental de los mineros atrapados. Adicionalmente, por medio de avanzados equipos de comunicación e imagen, utilizando tecnología de Japón, Corea y Finlandia, se pudo entrar en contacto directo con los mineros a casi 700 metros de profundidad, los cuales pudieron hablar y ser vistos por sus familias. Esto nos puede dar una idea del nivel de la tecnología empleada en esa fase.

Pero a pesar de todo esto no se podía cantar victoria. Era necesario sacarlos de ahí. Se trazaron tres planes para la perforación, la cual implicaba cálculos muy precisos que permitieran llegar hasta una parte de la cámara en la que se encontraban los mineros, sin producir daños. Se emplearon los sistemas de perforación más avanzados en el mundo, que incluyeron la maquinaria Raise Borer, de origen australiano y operada por Chile (Plan A); también se empleó una máquina Schramm T-130, diseñada en Filadelfia, Estados Unidos (Plan B). En el plan C participó la empresa canadiense Precision Drilling con el equipo de perforación Rig 421. Finalmente fue la T-130 la que rompió el techo del taller desde donde los mineros ingresaron a la cápsula que los llevaría a la superficie. La colaboración internacional fue contratada y dirigida íntegramente por el equipo de rescate chileno.

La cápsula Fénix, construida por Astilleros y Maestranzas de la Armada de Chile con ayuda de la NASA, tiene como antecedente la Bomba Dahlbusch diseñada en 1955 por el ingeniero alemán Eberhard Au, que ha servido para el rescate exitoso de mineros, aunque nunca en la escala de lo ocurrido en Chile. Se trata de una nueva versión que incluye la más avanzada tecnología. Tiene un diámetro de 54 centímetros y ocho ruedas en las partes superior e inferior y cuenta con un sistema de amortiguación que ayuda a la movilidad dentro del conducto principal. Cuenta con cuatro tanques de oxígeno y sofisticados sistemas de comunicación, mecanismos de control manual y una trampa en la base inferior para permitir el escape en caso de algún accidente. El túnel sólo pudo ser revestido con tubos metálicos en una longitud de 56 metros, por lo que la mayor parte del recorrido fue sobre la roca viva, lo que muestra la efectividad del vehículo de rescate chileno.

La polea se movía pausadamente y la esperanza del mundo pendía literalmente de un hilo. Los ojos se llenaron de lágrimas cuando por fin apareció el primer minero en la superficie. Aquí, en algún lugar, se abrió una botella de vino –por supuesto chileno– para celebrar el éxito de la operación. La tecnología es nada sin la determinación y el coraje de un pueblo y un gobierno que lucharon sin descanso por rescatar a sus hermanos. Ejemplo para el mundo. Una copa se alzó: ¡Viva Chile!