Opinión
Ver día anteriorMartes 19 de octubre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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To sir, with love (Friedrich Katz, in memoriam)
L

a obra de Katz es conocida y –aunque tengo mucho que decir respecto de su sentido e importancia— pienso que hoy, apenas un día después de su muerte, prefiero escribir algo personal, aun a sabiendas de que Katz mismo hubiera querido mejor que me ciñera a una discusión razonada de su obra. Ya tendré tiempo de hacerlo. Hoy sólo puedo recordar al amigo.

El Friedrich con que me tocó convivir era ya un hombre mayor. La primera vez que lo conocí, en una conferencia en Austin, tendría poco menos de 60 años y era una figura de gran renombre. Pero nuestra amistad se dio ya siendo colegas, a partir de mi llegada a Chicago casi diez años después. Entonces Katz se acercaba ya a los setenta. De hecho, en los 15 años que duró nuestra amistad, Katz me enseñó muchas cosas, pero tal vez la más preciosa fue el arte de envejecer.

Friedrich Katz fue un hombre de una bondad casi extravagante. Tuve el privilegio de trabajar puerta con puerta con él durante 10 años. Aquellos fueron años muy intensos para ambos: manejamos programas académicos, compartimos decenas de estudiantes, convivimos con invitados y participamos en los asuntos políticos de nuestro departamento, de nuestra universidad, y aun de México y del mundo. Fueron también años en que ambos escribimos y publicamos libros; años de vernos con nuestras familias…

Tuvimos, por eso, mucho pasto para rumiar las cualidades y miserias del ser humano. Y sin embargo, en todos esos años, si escuché a Friedrich decir alguna cosa mala de alguien dos veces, fueron muchas. Katz era, y cualquiera que lo haya conocido lo sabe, un verdadero caballero, con finísimas atenciones para todos sus amigos, y aun para con personas que apenas conocía.

Insistía, por ejemplo, en invitar, y si uno lo hubiera permitido, habría pagado cada comida y cada café que jamás tomó con nadie. Aun oponiéndole una resistencia decidida, Friedrich alcanzaba la cuenta demasiadas veces, y para apoyarse se valía de cualquier pretexto: ¡Estamos en Chicago!, decía: Yo pago. (¿Qué tenía que ver que estuviéramos en Chicago?)

Si estábamos en México o en cualquier otra parte, igual hacía la intentona.

Tú pagaste la otra vez, decía, obnubilando a propósito su memoria de historiador para apelar a algún pasado remoto, por allá en el precámbrico, cuando yo le había ganado la cuenta.

Varias veces pasó por mí al aeropuerto O’Hare, en Chicago, que es más o menos como pasar por alguien a Chiluca, cuando vives en la Narvarte. Cuando sus estudiantes doctorales tenían algún problema de salud, acudían a su esposa, Jana, que es médico, a que los recetara.

La lealtad de Friedrich hacia sus amigos –Enrique Semo, por ejemplo, o Adolfo Gilly, Eugenia Meyer o John Coatsworth, por nombrar a algunos– estuvo siempre a la altura de cualquier prueba. Y su sentido de responsabilidad con sus estudiantes era conmovedora, sobre todo porque Katz era algo así como el tipo ideal del profesor distraído (de traje y maletín), pero con todo no dejaba de mandar cartas y cartas de recomendación, algunas veces para apoyar a sujetos que habían estudiado con él por unos quince minutos, y que abusando de su bondad le pedían alguna carta, o que no habían tomado clase hacía 25 años, pero seguían cobijándose en la sombra generosa del maestro.

Alguna vez, ya algo cansado, me dijo: Si algún día alguien se decidiera a publicar mis obras completas, encontraría seis o siete libros de historia, y unos 20 volúmenes de cartas de recomendación. Y es verdad, así sería.

El catálogo de las virtudes caballerescas de Friedrich Katz no estaría completo sin mencionar una muy peculiar, que es mezcla de humildad y de imaginación: Katz era un hombre intelectualmente abierto. Esta cualidad, que es escasa en sí, lo es mucho más en un hombre de 60, 70 u 80 años, y más si, como Katz, el sujeto en cuestión tiene un amplio séquito de admiradores. Lo normal en esos casos es la egolatría, y la autorreferencia obsesiva. Katz, en cambio, apoyó siempre a la historia cultural, siendo un historiador social de pura cepa. Se interesaba por las artes y encontraba valor en la economía tanto como en la antropología. Friedrich Katz fue, además, un hombre que admiró e impulsó a las mujeres académicas y que apoyó que las preocupaciones por la desigualdad entre los sexos se volcaran al terreno de la historia.

Friedrich fue, por último, un hombre de izquierda como deberían ser los hombres de izquierda, con una verdadera preocupación por las realidades históricas, y no sólo por la justicia abstracta. Era, en otras palabras, un hombre respetuoso de la realidad, aunque doliera. Valoró profundamente, por dar un ejemplo, la valentía antifascista de varios de sus colegas en la RDA –actitud que contrastaba con lo que le tocó vivir en Viena, por ejemplo–, pero aun así terminó por rechazar la sociedad policiaca y el totalitarismo.

Dije al principio que Katz me enseñó a envejecer.

Esto es así no sólo en el plano intelectual –a Friedrich no le preocupaba demasiado si sus obsesiones pasaban de moda, por ejemplo–, sino también en el plano familiar. Su amor por su esposa, Jana, y por sus hijos, Leo y Jackie, estaba por encima de cualquier cosa, y muy rara vez he visto a un abuelo tan cercano a sus nietos.

Varias veces me comentó que me envidiaba que tuviera yo hermanos. Tenía razón. No hay nada mejor que un hermano, y él fue hijo único. Pero Friedrich fue el mejor hermano para cada uno de sus amigos.

Gracias por todo, Friedrich, y que descansen en paz tus restos, junto a los de tus benditos padres. Amén.

*Profesor de la Universidad Columbia