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Sesenta y dos años de La familia Burrón
Adiós a Gabriel Vargas
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Carlos Monsiváis y Gabriel Vargas, en imagen de 2003, cuando el caricaturista fallecido el pasado martes, recibió la medalla José Vasconcelos del Seminario de Cultura MexicanaFoto José Antonio López
L

a primera vez que fui a entrevistar a Gabriel Vargas, creí que me saludaría como a Cuataneta o como a doña Borola o siquiera como a Macuca o de perdida como a doña Gamuchita Pericocha:

–¿Qué tal? ¿Cómo la trata esta vidorria? ¿Qué dice la chicuela feliz? ¡Jía, jía, jía! ¿Qué de veras me viene a hacer una chipocluda entrevista? Yo diría que en vez de darle al güiri güiri, fuéramos a mover bigote... pero a un restaurante donde va gente que de a de veras las poderosas, no a cualquier furris changarro y sino llegamos hasta San Cirindango de las Iguanas...

Pero no, nada de quihuboles ni de echadas de perico. En su despacho todo era silencio; un local alargado que parecía salón de clases, donde se alineaban una tras otra las mesas de los dibujantes que trabajaban sin levantar la vista. En la primera fila estaba el pupitre del más callado: Gabriel Vargas.

Vargas les hablaba a sus dibujantes con tanto compañerismo que era fácil olvidar que él era el maestro. Sonreían ante sus ocurrencias, empinados sobre las narices redondas, enormes y coloradas de doña Cristeta, las piernas de hilito de atole de Borola o las carreras de Foforito, el gusanito de guayaba, hijo de otro gusanito: don Reginito.

Gabriel Vargas era un hombre chaparrín, muy prendido, de corbata y pañuelo blanco en el saco, de anteojos de intelectual y ademanes de una gran cortesía y precisión. Pareces ministro japonés con tanta caravana, le decía en Excélsior don Manuel Becerra Acosta. Y me sorprendía qué de este hombre pulcro y vestido con primor, comedido, prudente, bien rasurado, decente, salieran tantas historietas a todo mecate.

A Gabriel Vargas se debe la expresión los azules, que ya se quedó a los policías para toda la vida. A él también eso de alzar los tenis, ojitos de apipisca, iguanas ranas y los ojos de gringa. Los escritores que hoy quieren saber cómo habla el pueblo, hojean las páginas de La familia Burrón y rellenan sus alforjas de modismos prestados y mal asimilados que, de un modo u otro, encajan en sus relatos.

–Don Gabriel, ¿y a usted nunca le dio por pintar?

–De muy joven, pero fui un fracaso. No se puede hacer monigotes y pintar en serio.

Mis monigotitos llamaba Gabriel Vargas, en tono entrañable, a sus creaciones. Ningún otro historietista contó con tantos personajes en su haber; tan solo en La familia Burrón son 57, pero antes hizo historietas como Don Jilemón Metralla, Los del 12, El Capelucho y Poncho López, entre otras. La primera nació en 1937: Los superlocos.

–Empecé haciendo ilustraciones en serio en Excélsior, al lado de Marianito Martínez. Dibujaba para el Magazine y para el Jueves de Excélsior. Estaba yo chamaquito cuando entré a trabajar con don Ignacio Herrerías; le ayudaba a hacer una revista llamada Mujeres y deportes. Tenía más de 80 páginas y a veces el dibujante no acababa y yo le ayudaba a hacer unas paginitas, a formar, a hacer cabecitas dibujadas. Después, el señor Herrerías empezó con Novedades; las oficinas estaban en Artículo 123, en una vecindad media feona. Don Ignacio me llevó con él; yo llegaba desde las cinco de la mañana a ayudarle. Como en la oficina hacía mucho frío, mi madre me hacía un chalequito de papel manila que me ponía debajo del suéter y encima llevaba un saquito. Cada vez que me movía, el señor Herrerías se me quedaba viendo, hasta que un día me dijo:

–Oye, pareces campechana: por todos lados suenas’.

–Es que traigo un joronguito de papel.

–A verlo.

Me levanté el suéter y se lo mostré. Era la única manera de conservar el calor del cuerpo en esos fríos tremendos. Se rió, y me propuso:

–Varguitas, ¿por qué no me haces unos dibujitos tan bonitos como los que te he visto?

Le hice varios dibujos, cada uno con su texto: el hombre de Java, el más tatuado del mundo; el Buda más grande del mundo, que está en Japón; el conde Zepellin, el inventor del globo zepelín. Ése era un trabajo muy pesado porque cada dibujo yo lo copiaba de fotografías. Pero le gustó mucho al señor Herrerías. Todo era dibujo en serio, lo que le llaman clásico. Tiempo después, don Ignacio aventuró:

–Las historietas están de moda, hazte algo.

–Pues no sé hacerlo.

Me miró feo y entonces le dije:

–¿Cómo le haré?

–Piensa en una idea que tenga éxito.

Pasaron días y no se me ocurría nada de nada. Para mí producir una idea nueva era como subir al Éverest. ¿Una historieta? Nooo, se me hacía eterno. Hasta que un día me dijo:

–¿Qué pasó? ¿Vas a trabajar conmigo, sí o no?

Total que le enseñé un pequeño boceto de una historieta que titulé La vida de Cristo. La abrió y dijo:

–¡Noooo! Esto no, qué bárbaro. No, esto no, ¿qué no te das cuenta de que estamos regidos por el presidente Cárdenas? Las cosas religiosas no las admite. No, no, no, busca otra cosa.

Pasaron los días y le dije:

–No tengo otra idea.

“–Bueno, ni modo –me contestó–, hazte La vida de Cristo.”

Don Ignacio Herrerías me compró cuatro Biblias grandotas y me dijo que escribiera parlamentos accesibles a todas las mentalidades. ¡Imagínese nomás lo que significaba traducir todas las parábolas incomprensibles! Bueno, pues esa historieta tuvo un éxito fabuloso, tanto que don Ignacio me decía:

–Ahora haces tu recibo por 300 pesos... Esta semana te tocan 500 pesos... ¡Cóbrate tus mil 200 pesos!

Yo creía que estaba soñando. Además, en aquel tiempo le daban a uno unos pesotes así, enormes, que se los tenía uno que llevar rodando como quien juega al aro. En mi familia siempre hubo apuros de dinero, así que bien que nos caían esas decisiones imprevistas.

La vida de Cristo se publicaba a doble plana, hasta que la prohibió el gobierno. ¡Yo era un chamaco de 17 años y me quisieron meter a la cárcel! Me llevaron a la jefatura que antes estaba por la Lotería Nacional:

–¿Que tú eres Gabriel Vargas, el autor de la historieta?

–Sí, yo soy.

–¡Válgame, pero si eres un chamaco!”

Y es que un chamaco pobre deja muy pronto de ser chamaco. Me metieron a un cuartito donde había una cama toda desvencijada, rota, los sillones estaban agujerados. Así estuve todo el día, me mandaban tipos patibularios, fueron como tres o cuatro en todo el día. Ya a las siete de la noche yo estaba desesperado, cada uno que entraba me preguntaba: ¿Tienes madre, tienes papá, tienes hermanas, tienes hermanos, quiénes son, cómo se llaman? Ya sentía que la cabeza me tronaba, estaba muy asustado. De repente oí afuera la voz del señor Herrerías:

–¡Que usted es un fulano de tal...!

Se veía que era amigo de todos ellos porque les hablaba con una confianza desmedida. Asomé la cabeza.

–Vente, Varguitas, vente conmigo, no les hagas caso a estos fulanos de tal, ya te asustaron, ¿no? Vente, vente.

Y ya me fui con él. A los pocos días, volvimos a hacer otra edición de La vida de Jesucristo porque don Ignacio era muy bravo, muy aventado. Se la decomisaron y ya ni modo, no quedó otra más que renunciar al Novedades.

Después, en Excélsior hice otras cosas: Sherlock Holmes, El capitán Erich Christophen, un héroe alemán de la guerra mundial. Luego La vida de Pancho Villa, luego hice una de bandidos que se llamó Frank Piernasmuertas, era un bandido que manejaba un grupo de ladrones. Así fue como me inicié... Pero todos eran dibujos en serio.

A los 17 años de edad, me nombraron jefe del departamento de dibujo de Excélsior, cosa que era insólita, pues allí sólo les daban el trabajo de jefe a las personas que tenían muchos años en el periódico. Se respetaba mucho el escalafón. Pero un día me dijo don Manuel Becerra Acosta: No es justo que tú te pases la vida meti-do en el periódico, y que no se te haga justicia. Si te necesitamos en la mañana, ahí estás; si te necesitamos a media tarde, ahí estás; por la noche, ahí estás. Yo voy a hablar por ti. Y a la semana me dijo: Baja a la junta general, te tengo una sorpresa: estaba aceptado mi nombramiento. Ese día se llenó un salón de todos los empleados de Excélsior. Yo me asusté, porque arriba de mí había muchos empleados viejos que merecían mucho más que yo el departamento. Para mí fue trágico eso porque me comenzaron a hacer pesada la vida. Me manchaban los dibujos, de los anuncios desprendían los textos, y yo me ponía a temblar de que se perdieran los originales. Un día quemaron un dibujo del señor Ernesto García Cabral, que era uno de los mejores caricaturistas que han existido; también me quemaron uno de Marianito Martínez. Total, que en menos de un año yo estaba reventando y entré a un concurso de la Editorial Panamericana, del empresario José García Valseca, para escoger a un caricaturista que dibujara una historieta. Yo no era caricaturista. Dibujaba en serio, pero un amigo, Héctor Falcón, me animó:

“‘–¡Éntrale, hombre, éntrale! Total, ¿qué pierdes?”

Al concurso entraron Audifred, Ernesto García Cabral, Valdés, Íñigo, Freyre, Facha, los mejores dibujantes. Yo era el más maleta de todos. Fui el último en llegar, a todos les dieron textos, pero yo no me plegué a esa condición. ¡Que me dejaran hacer lo que yo quisiera! Con mi propio texto, dibujé la historia de un gusanito con sombrero texano, ¡y gané por el texto!

Además, el coronel García Valseca me ofrecía mil pesos, cuando en el periódico yo ganaba 37 pesos a la semana.

Algunos de los personajes están basados en personas reales. Por ejemplo, el vate Avelino Pilongano era un jovencito a quien conocí, flaquito, flaquito, que siempre se iba a sentar a cuidar los coches; yo por eso lo traté, porque me cuidaba un Fordcito viejísimo que tuve. Se ponía a fumar las colillas que tiraba la gente, y todo el mundo lo conocía como candelita, porque como no tenía ni para cerillos, al que pasaba le pedía: Caballero, ¿me da candela? Salía su mamá y le decía: Hijo, vete por la leche. No, mamá, yo no, estoy aquí inspirado pensando un verso. Siempre estaba pensando y nunca hacía nada. Era un haragán de primera fuerza.

Hace muchos años iba yo seguido a los barrios a oír a la gente. Iba al Club de los artistas, el que antes era el Leda, muy pintoresco, y allí me sentaba en una mesa e iba oyendo. ¡Iban tipos rete chistosos! También frecuentaba el Follies y me venía caminando por todo San Juan de Letrán; había muchos vendedores ambulantes de esos muy lanzas que ya saben a quién se están durmiendo. Recuerdo una vez que vi a un merolico que le estaba diciendo a una criadita a quien se le había ido el novio:

–¿De qué lado duermes?

–Pues, para donde sale el sol.

–Pues ahora cambias: durante una semana te vas a acostar con las patas para arriba, te echas unos polvos y te pones un talismán que te voy a dar y con eso merito tu novio va a aparecer”.

Así estaba antes San Juan de Letrán, lleno de babosos de a tiro tan guajes. También iba yo a la Villa, porque allí había una cantante picada de viruela que entablaba diálogos con los que la estaban oyendo. Tenía una voz rasposa, hombruna; siempre la acompañaba un guitarrista gordote, ¡pero cómo sabía granjearse a la gente!