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Afganistán: el cementerio de los invasores
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Combatientes talibanes posan para los medios en Herat luego de abandonar las filas de la guerrillaFoto Reuters
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n El choque de los fundamentalismos (2002), Tariq Ali afirma que las operaciones militares en Afganistán tienen un gasto mensual de mil millones de dólares. “En este universo perfecto de la guerra infinita no puede sorprender que el presupuesto del Pentágono –escribe Ali– aumentara de 38 mil millones a casi 400 mil millones de dólares. El aumento prácticamente equivale a todo el presupuesto de la segunda potencia que más invierte en gastos militares: China.

¿Quiénes son los talibanes? Después de la barbarie terrorista del 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York, el 11 de marzo en Madrid y el 7 de julio de 2004 en Londres, el Islam se ha convertido no sólo en una de las religiones más citadas y menos conocidas, sino también en una suerte de sinónimo del miedo y el terror. Mientras los servicios de inteligencia de Estados Unidos revelaban hace nueve años la nacionalidad de los secuestradores suicidas –y Bin Laden aparecía no frente a las cámaras de la CNN sino ante las de la televisión de Al Jazeera, una civilización desterrada del mundo occidental resurgía muchos siglos después con un vigor destructivo en los medios de comunicación occidentales. Si, como quiere George Steiner, no ha existido un momento en la historia con más información y menos conocimiento que nuestra época, el mundo del Islam resume uno de sus momentos más radicales. Sin embargo, en el proyecto de pacificación de Afganistán late el fracaso como su célula más viva.

En marzo de 1883, Ernest Renan (1823-1892) resumía en una conferencia magistral en Londres, su crítica –en el fondo etnocéntrica– a las religiones no cristianas: El Islam es la unión indisoluble de lo espiritual y lo temporal, el reino absoluto del dogma inconmovible y de la intolerancia obsesiva; la cadena más pesada que arrastra la humanidad. Se trata, indudablemente, de uno de los acontecimientos más importantes de nuestra historia. El solo nombre del Islam suscita, en cualquier europeo, una serie de adhesiones y repulsiones, de cóleras y simpatías que lo hacen la religión más viva y agresiva de nuestro tiempo. Las principales víctimas del islamismo son los propios musulmanes. Mis viajes por Oriente me han llevado a observar en muchas ocasiones que el fanatismo proviene de un reducido número de hombres peligrosos que imponen a los otros la práctica religiosa por obra del terror. El mejor servicio que podemos prestar a los musulmanes es liberarlos de su religión.

Si hemos de creerle a Renan, la relación entre el Islam y Occidente no lleva a un choque de civilizaciones, como quiere Samuel P. Huntington, sino a una antiquísima enemistad –llena de odio y prejuicios increíbles– que nunca fue saldada por la historia. El Islam acudió desde su nacimiento a la conversión por las armas y por la dominación. Los musulmanes no se propusieron recuperar al otro respetando su otredad: querían convertirlo, cambiarlo. La humanización consistía en transformar al otro, al infiel, en hermano en la fe. La conversión de los infieles no sólo es una idea cristiana sino –quizá más acentuadamente– musulmana. Los portugueses y los españoles heredaron este mandato. Iglesia y mezquita eran, sobre la Tierra, la prefiguración del más allá: el sitio donde se anulan las diferencias de raza y jerarquía, el lugar donde se suprime la alteridad. Los musulmanes y los ibéricos se enfrentaron al problema del otro por medio de su conversión inevitable; los europeos modernos, por exterminación o exclusión.

Los musulmanes han buscado a Dios en la historia; su sagrada escritura, el Corán, les asignaba una misión histórica: la principal tarea era crear una comunidad justa, donde se ejerciera un absoluto respeto entre sus miembros, sobre todo los más débiles y desposeídos. El musulmán tenía que redimir la historia, y eso significaba que los asuntos de Estado no constituían una distracción de la espiritualidad, sino la sustancia de la propia religión.

Cada sociedad, al definirse a sí misma, escribió Octavio Paz, define a las otras. Esta definición asume casi siempre la forma de una condenación: el otro es un ser fuera de la ley. La dualidad de la Antigüedad: helenos-bárbaros, la repite la Edad Media pero precisamente como una condenación de la Antigüedad: paganos-cristianos. Las naciones de Occidente tuvieron siempre, salvo momentos históricamente excepcionales, una profunda desconfianza y, en el fondo, un desprecio irrefrenable por la civilización del Islam, que personificó, hay que decirlo otra vez, una mezcla de terror y barbarie. El Islam ha entrado en la historia a principios del siglo VII de nuestra época como una religión de conquista en un mundo de infieles –y no como una secta oriental insignificante en un mundo perfectamente establecido.

A principios de 1919, mientras escribía su introducción a la Ética económica de las religiones universales, Max Weber apuntó un pasaje que, para muchos lectores, es la clave de la obra: No los intereses materiales o espirituales, sino las ideas. Las religiones no son sino los cauces dentro de los cuales esas ideas y, por lo tanto, esos intereses, se manifiestan. Las religiones condensan los verdaderos intereses de las culturas, su modo de entender la vida, el tiempo, el presente y el futuro. La religión ofrece una explicación del mundo, un sistema de referencias para ubicar por medio de los ritos, los mitos o las teologías particulares al hombre gracias a la forja de explicaciones imaginarias.

El gran proyecto de Max Weber, los Ensayos sobre sociología de la religión, en torno a la relación del pensamiento económico con las creencias religiosas, no sólo incluyó a la Ética protestante y el espíritu del capitalismo, sino también al confucianismo y al taoísmo, al hinduismo, al budismo y al judaísmo antiguo, pero excluyó al Islam. Según Weber, el antiguo Islam nunca perteneció a las religiones universales porque imponía una propaganda violenta a favor de la verdadera profecía y, de esa forma, renunciaba al carácter universal de la unión; proponía el sometimiento y el dominio de las otras religiones, pero no su redención.

La exportación del Estado-nación al Medio Oriente ha resultado no sólo un fracaso, sino una absurda quimera. En muchas culturas no europeas, la gente tiene que buscar nuevas fuentes de sentido y nuevas formas de orden social, y la retórica occidental de los derechos humanos y de los estados nacionales es insuficiente a la hora de enfrentar los verdaderos problemas políticos. Este vacío es una de las razones por las cuales el Islam o las religiones domésticas, como el hinduismo y el animismo, logran reunir muchedumbres cada vez mayores; son energías comunitarias, de una fuerza inimaginable que interpretan necesidades vitales inmediatas. Lo hemos olvidado: el ser humano es el único animal que puede interpretar sus necesidades. La vida siempre se nutre de dos fuentes: la técnica vital para sobrevivir y la inspiración moral. El Islam es irremplazable para millones de personas. Occidente carece además de un sentido del martirio: mientras que el Islam vive en la creencia de que aún es heroico; en cambio el cristianismo moderno sería una religión posheroica.

El siglo XXI será el escenario, según Peter Sloterdijk, de la última lucha de la moral universal. ¿Lograremos ponerle fin al pequeño invernadero del bienestar en que se ha convertido el mundo o nos habituaremos a la desigualdad descomunal que gobierna el planeta? ¿Miraremos impasibles cómo los países ricos y poderosos, gracias a los avances de la medicina y la genética, llegan a ser los propietarios del potencial antropológico mientras el resto de los individuos queda excluido del proyecto de la felicidad? La gran amenaza es una plutocracia antigualitaria que lleve a cabo una selección genética de los mejores, y que establezca quiénes son los verdaderos seres humanos.