Opinión
Ver día anteriorSábado 15 de mayo de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Foro de la Cineteca

Cefalópodo

I

tinerarios de un duelo. En las dos películas filmadas hasta el momento, Familia tortuga (2006) y Cefalópodo (2009), el joven realizador Rubén Ímaz explora, sin concesiones, un territorio muy personal marcado por la experiencia de la pérdida.

En aquel estupendo debut fílmico una familia vivía los efectos emocionales de la muerte de la madre; en su trabajo más reciente, el director presenta al joven vasco Sebastián (Unax Ugalde) como una suerte de alter ego suyo que visita la ciudad de México y las costas del pacífico norte en busca de un invertebrado marino gigante, objeto de estudio y obsesión de Maité, su novia mexicana recién fallecida. Como en el caso José, personaje de la cinta brasileña Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo (presentada en este Foro), la pesquisa de Sebastián se acompaña de un discurso interior (con voz en off) en torno a una mujer ausente y al dolor que la separación o la pérdida provoca en el protagonista.

En la nueva cinta de Ímaz no encontramos ya el notable registro de una densa atmósfera doméstica y la complejidad afectiva, amor y odio, en un cuadro de familia, apuntes muy certeros que hicieron de Familia tortuga una cinta tan singular y emotiva. La narración en Cefalópodo es ahora cerebral, lejana y de una languidez por momentos exasperante. Todo está centrado en un personaje tan absorto en su proceso introspectivo de duelo que el espectador sólo puede ser ya un convidado de piedra o un testigo fascinado –algo distinto a lo que sucedía en la cinta anterior, novedosa en su puesta en escena y generosa en su capacidad de involucrar al público en un drama doméstico que incluía interesantes anotaciones sociales como la crisis económica y la corrupción sindical que cercaban al padre de familia–.

Habrá quienes prefieran aquel registro realista (y me cuento entre ellos), pero lo que hoy propone Cefalópodo es diferente y también muy válido: un monólogo sentimental que, con múltiples yerros y aciertos innegables, ofrece la incursión del artista en un cine de poesía melancólica, cercano a algún texto de Paul Valéry: Inmenso mar dotado de delirios, hidra absoluta, ebria de carne azul, que te muerdes la cola destellante en un tumulto símil al silencio (El cementerio marino).