Sociedad y Justicia
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Mar de Historias

Dos topos

T

odos se preguntan hasta dónde llegará Tadeo. Por lo pronto está en el límite: si invade un milímetro más de banqueta será multado. En caso de que reincida le cerrarán su taller. Cuando oyó la amenaza del representante delegacional, Tadeo le contestó que se ahorrara sus advertencias. No las tomaba en cuenta porque le parecía difícil que la orden llegara a cumplirse.

Qué ¿a poco tienes muchas palancas? Con los brazos abiertos Tadeo abarcó todo el espacio que ocupa en la calle: “Pero hombre, si esto no tiene puertas ¿qué van a clausurarme?” El funcionario lo miró como diciendo allá tú y se fue.

¡Qué buen tapón le metiste al tipo ése!, dijo uno de los curiosos que se habían acercado para ver qué estaba sucediendo. Como no estalló la trifulca, se dispersaron. Tadeo continuó limpiando sus pinceles en el delantal que de tan manchado ya no se sabe si es de lona o cuero. Yo seguí tejiendo las carpetas que vendo en las boneterías. Quedan pocas. Cuando desaparezcan esas tiendas ofreceré mis tejidos en los tianguis o de puerta en puerta. La cosa es seguir viviendo.

Desde su primera aparición, a principios de año, el representante delegacional ha vuelto varias veces para comprobar que Tadeo no haya rebasado la línea de tolerancia. De lo contrario lo obligará a desmontar su tallercito y empacarlo en las cajas de donde lo saca todas las mañanas. Es un trabajo laborioso que le toma muchísimo tiempo. Una vez le pregunté a Tadeo si no sería más fácil instalarse definitivamente en el primer cuarto de su vivienda. Dijo que imposible porque no tiene buena luz natural.

Cierto. Soy vecina de Tadeo. Las viviendas que ocupamos dan a la calle pero ya no tienen ventanas. El dueño del edificio ordenó tapiarlas para evitar que se metieran los ladrones. Por una parte nos hizo un favor –ya sólo tenemos que mantenernos a las vivas con las puertas– pero por la otra nos condenó a vivir como topos, a menos que tengamos los focos encendidos todo el día.

Con lo cara que está la luz, la encendemos sólo un rato mientras oscurece. En cuanto se prenden las luminarias de la plaza nos salimos a la puerta y allí seguimos haciendo nuestras cosas: yo mis costuras, Tadeo sus cuadros.

II

Tadeo ya tiene muchas pinturas acumuladas. Todas las personas que pasan por aquí se detienen a admirarlas pero ninguna las compra. Los pocos que lo hacen son turistas. Cuando se alejan con el cuadro bajo el brazo se llevan marinas, paisajes, casas, calles, lugares en donde Tadeo vivió en otras épocas y ahora los reconstruye de memoria. No se lo digo, pero se me figura que su cabeza es como uno de los bazares que hay por el rumbo y en donde todo cuesta: desde un tornillo hasta un mueble.

Lo que más le gusta a Tadeo es dibujar personas, sobre todo miembros de su familia a los que perdió para siempre, como sus padres o su esposa, o lleva mucho tiempo sin ver: sus hijos. Son tres. Desde hace años se encuentran en Estados Unidos, pero él no sabe en dónde. Confía en que alguna vez regresen a buscarlo para llevárselo con ellos y con los nietos que seguramente ya tendrá.

Por esa ilusión es que no se ha ido de la vivienda en donde sus hijos lo dejaron.

En este edificio nada más quedamos Tadeo y yo. El resto de las viviendas está vacío desde el 85. Con los temblores de aquel año no se le cayó ni una piedra. Nuestros vecinos se fueron asustados por los muchos cadáveres que hallaron en los alrededores de la plaza. Pues ¡qué tontos! Según yo, los que han de darnos miedo son los vivos.

III

Como siempre, antes de que llegue la Semana Mayor, Tadeo se dedica a pintar escenas del Vía Crucis. Le gusta inspirarse en esos pasajes evangélicos porque le recuerdan la época en que, como iztapalapense, estuvo a punto de formar parte de la representación. Al principio, su mayor anhelo consistía en obtener el papel de Cristo. Durante varios años estuvo preparándose y buscando la oportunidad. Antes de que le llegara apareció en su vida Lucila. Siete años menor que él, rellenita y alegre, según me la ha descrito.

El matrimonio le impidió a Tadeo encarnar el personaje principal, pero no otros. En sus cuadros acerca de la Semana Santa, Herodes, Pilatos, Dimas, un aguador y varios centuriones tienen los rasgos de Tadeo. La cara de Judas es tan sólo una mancha. Nunca me he atrevido a preguntarle el motivo; un día lo haré.

Me gusta ver esos cuadros porque así puedo imaginar cómo era Tadeo de joven, mucho antes de que nos conociéramos. Llegué a este edificio en el 82; él, en el 79, ya viudo y con los hijos en el extranjero. Si aún viven serán hombres hechos y derechos. Tadeo insiste en que ya deben de haberle dado nietos. No los conoce ni en retrato, pero los imagina. Les pone sus caras a los pastores que aparecen en sus cuadros.

Ya sé que apenas pase la Semana Santa Tadeo empezará a pintar cuadros relacionados con la lluvia. En cuanto llega la temporada de aguas, a querer o no, tenemos que trabajar en el quicio. Y allí nos quedamos porque, aunque caigan tormentas, nos resistimos a entrar en nuestras viviendas. Decimos que es por falta de luz natural, pero en el fondo hay otro motivo: en los cuartos hay demasiadas cosas que nos recuerdan la soledad.

Tadeo puede llenarla con sus pinturas, ¿pero yo?... Antes de saber que él sólo esperaba el regreso de sus hijos para irse con ellos a Estados Unidos, verme sola no me dolía tanto. Ahora sí. Me avergüenza reconocerlo, pero hay momentos en que rezo para que esos muchachos no puedan venir. No es que quiera para ellos ningún mal, nada más le pido a Dios que no se lleven la última compañía que me queda. Dos topos soportan la oscuridad. Uno solo no puede.