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¿La Fiesta en Paz?

Fallas, fallos y vasallos

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La hermosa plaza de toros de la ciudad de Valencia, para casi 13 mil espectadores, atestiguó la torería de Arturo Macías y la seriedad del juez de plazaFoto Tomada de Internet
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a ciudad de Valencia es una fiesta donde no es pecado la alegría. Sin la solemnidad de los catalanes, pero con el gusto de éstos por lo bien hecho, los valencianos suelen darle a la vida sentido y sentidos en sus calles, edificios, parques, rincones, museos y gastronomía, en sus tradiciones –a los globalizonzos los mandan a la cercana Barcelona– y en su rica veta pictórica, editorial, de artes gráficas y taurina, con su bella plaza de toros para casi 13 mil espectadores.

En la reciente Feria de Fallas, la fiesta anual más importante de la ciudad, no sólo desfilan inmensos monigotes de cartón que caricaturizan a personajes reales e imaginarios que serán quemados en impresionantes hogueras, a falta de pretextos para quemar brujas, sino que se lleva a cabo uno de los seriales taurinos más importantes, con el concurso de las principales figuras y, sin alcanzar la seriedad de Madrid o Pamplona en cuanto a ganado, de prestigiadas, que no es lo mismo que cómodas, ganaderías.

Con 10 corridas de toros, una de rejones, dos novilladas con picadores y dos sin éstos y encierros con trapío, astas imponentes, transmisión de peligro y, además, toreabilidad, la empresa que regentea el coso propiedad del ayuntamiento valenciano cumplió profesionalmente con el compromiso contraído, a pesar del mal tiempo y de la recesión económica.

Hubo tardes de cabal torería acompañadas de un gran ambiente, y aunque esta ocasión no compareció José Tomás, el resto de los matadores mostraron en el ruedo una competitividad y un celo que pocas veces les vemos en México, básicamente por la seriedad del toro, del presidente o juez de plaza, de la crítica y del público, no por feriero menos habituado a ver eso, toros, no su aproximación.

Además del pundonoroso debut como matador, el día 13, del mexicano Arturo Macías, quien logró cortar una oreja a base de quietud y entrega y que a la hora de entrar a matar fue herido en el muslo por un codicioso toro del hierro de Valdefresno, hombrada que desde luego no le ha significado aparecer en nuevos carteles por aquellas celosas tierras, en la penúltima corrida, el día 20, se lidió un encierro de Jandilla para Rivera Ordóñez, El Fandi y Miguel Ángel Perera.

Lo interesante de esa tarde, más que la combinación, es que nuestro conocido de la Plaza México, el granadino David Fandila, realizó una completísima faena con capote, banderillas y muleta, coronada con un soberbio volapié hasta la empuñadura, a un toro bravo y con peligro sordo, armado con un par de astifinos pitones. La plaza –menos de 13 mil aficionados, recordemos– se puso blanca ante la hazaña torera del Fandi, que de sobra merecía dos orejas, pero el presidente o juez de plaza, imperturbable e inobjetable en su decisión como en toda plaza que se respete, otorgó sólo una.

¿Qué pasó enconces? ¿Quemaron la plaza? ¿Subió el empresario al palco a mentarle la madre al juez? ¿Fue destituido al día siguiente por el ayuntamiento de Valencia? Ninguna de las tres cosas, pues en un estado de derecho el representante de la autoridad no está para darle gusto ni al público ni a la empresa, sino para darle seriedad a un espectáculo y hacer cumplir el reglamento. En cambio acá…