Opinión
Ver día anteriorDomingo 24 de enero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Invictus
A

l día siguiente de haber conquistado la presidencia del país del apartheid, Nelson Mandela (interpretado sobriamente por Morgan Freeman) contempla los titulares desafiantes de un diario local: Ha ganado, ¿pero puede gobernar? A un colaborador suyo le confía: Es una pregunta sensata. A partir de ese momento Invictus, de Clint Eastwood, plantea la estrategia política y moral del hombre que hizo de la reconciliación nacional la pieza central de su programa de gobierno. Ante el recelo tenaz sus correligionarios de raza y de partido, que veían en toda política de perdón y olvido una traición a los largos años de agravios racistas, el mandatario negro opuso siempre un argumento de talla: en las difíciles condiciones en que se encontraba el país: un ajuste de cuentas con la minoría blanca, dueña absoluta del poder económico, sería un desacierto mayúsculo para una democracia incipiente.

El respaldo internacional era enorme y había que aprovecharlo. El descrédito del gobierno de De Klerk era tan grande como el prestigio moral del hombre que durante 27 años había padecido las mazmorras del país, injuriado como terrorista, y que ahora, luego de un intenso activismo político, alcanzaba la estatura de un líder mundialmente reconocido.

Sudáfrica había enfrentado múltiples boicots por su política segregacionista, y uno de ellos afectaba directamente a la vida deportiva. El rugby, deporte nacional, tenía en el equipo Springbok todo un emblema de la supremacía blanca y como tal era detestado por la mayoría negra. La jugada maestra de Mandela presidente, misma que describe la película de Eastwood, fue apoyar a ese equipo ahora desmoralizado y perdedor, infundirle ánimos, congraciarlo con la comunidad negra, convencer a esta última de los beneficios de la estrategia, y apoyarlo en todo momento hasta la conquista final de la Copa del Mundo de rugby en 1995 frente al poderoso equipo de Nueva Zelanda, hazaña que el líder negro aprovecharía políticamente.

Basada en el libro testimonial del periodista británico John Carlin, El factor humano (Playing the enemy), y con un guión de Anthony Peckham, la nueva cinta de Eastwood combina el relato deportivo convencional (el fogueo y triunfo sorpresivo del equipo por el que ya nadie apuesta) y una parábola sobre los reveses de la mentalidad racista. Concentra la historia en la educación moral del capitán del Springbok, Francois Pienaar (Matt Damon), un atlético afrikaner fascinado por la personalidad de Mandela (Freeman), y luego procede a mostrar un paulatino vuelco de la comunidad blanca hacia insospechados niveles de tolerancia moral y armonía social con sus connacionales oprimidos.

Todo el talento del realizador de Los imperdonables no basta para convencer al público de la química providencial que allana los odios ancestrales, e Invictus se transforma en lección bien pensante sobre el voluntarismo personal, el ánimo de superación y la concordia entre discriminados y opresores, con una figura patriarcal que actualiza la resistencia civil de Gandhi, anticipando, a su modo, el cambio de mentalidades que culminará con la victoria moral de Barack Obama.

En el momento en que se produce la primera chispa de simpatía de Pienaar por el mandatario negro, se diluye en la cinta toda reflexión consistente sobre la situación política en Sudáfrica, se aterriza en el terreno de los buenos sentimientos, y durante una larga e intensa hora el espectador asiste sólo a los pormenores del partido histórico que sella la reconciliación del pueblo sudafricano.

A la eficacia del relato contribuye vigorosamente la actuación de Morgan Freeman, y en menor medida la agradecible contención de Matt Damon, pero difícilmente podrá Invictus tomar un lugar destacado en la filmografía de un director que de Un mundo perfecto a Million dollar baby se ha distinguido por su sobriedad narrativa y su capacidad de mantenerse, con ironía y malicia, al margen de los convencionalismos del cine comercial.

En el registro del relato épico, su nueva cinta queda muy por debajo de su reciente díptico histórico, Flags of our fathers y Letters from Iwo Jima.

La figura de Nelson Mandela tenía todo para propiciar una obra vigorosa y contundente sobre la intolerancia, pero también los ingredientes para una película sin profundidad ni matices, mera ilustración empeñosa del relato biográfico del antiguo corresponsal en Sudáfrica, John Carlin.

Estwood ha elegido la ruta más directa para el reconocimiento de la Academia. Decía Mandela a propósito de sus adversarios políticos: No hay que apelar a su razón, sino a sus corazones. El director de Invictus no hace aquí otra cosa frente al viejo sistema hollywoodense.