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Haití: el mal y la desdicha
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a mañana del primero de noviembre de 1755, la ciudad de Lisboa despertó en un domingo lleno de sol, una temperatura de 23 grados y se registraban vientos ligeros de norte a sur. En su Historia universal dos terremotos que tem havido no mundo, de que ha noticia desde su creaçao o seculo presente (1758), Joaquim José Moreira de Mendonça escribió una crónica minuciosa del terremoto. Aquel día, a las 9:20 de la mañana, los habitantes de Lisboa paseaban por sus calles y curioseaban en los mercados. Las iglesias se encontraban repletas de fieles que asistían a la celebración del día de todos los santos. De pronto la tierra comenzó a temblar con una fuerte osilación, algo parecido a la de una barca sobre el mar. Primero de norte a sur, después de este a oeste, para volver a la dirección anterior.

El movimiento sísmico fue trepidatorio y, al mismo tiempo, oscilatorio. Según nuestros geólogos contemporáneos, el terremoto se prolongó más seis minutos, tuvo una intensidad de 9 grados en la escala de Richter y el epicentro en el océano Atlántico a unos 200 kilómetros al oeste-sudoeste del Cabo de San Vicente. Una multitud de grietas profundas se abrieron en el suelo, de las cuales emanaban gases de azufre. Lisboa tenía 290 mil habitantes; sus víctimas se calculan en 90 mil muertos. A los dos minutos del terremoto todas las casas y edificios se habían derrumbado. Una muchedumbre llegó al río Tajo y, en ese momento, el mar se retiró unos 20 kilómetros, para después erguirse en una inmensa ola, un tsunami, que sepultó a Lisboa. El terror de la población fue indescriptible, escribe Moreira de Mendonça, desde los primeros momentos miles de personas quedaron sepultadas entre los escombros de sus casas y en los templos donde oraban.

En Prismas (1947), Theodor W. Adorno afirmaba que el terremoto de Lisboa fue más que suficiente para curar a Voltaire de la teodicea de Leibniz. “A mitad del siglo XX –continúa Adorno– el terremoto de 1755 se ha presentado a veces como un suceso análogo al holocausto judío, en el sentido de una catástrofe tan enorme que tuvo un impacto transformador en la cultura y la filosofía occidentales. Lisboa se convirtió en la imagen del Juicio Final, y quizá en el tribunal que, a su vez, enjuiciaba el racionalismo optimista imperante del Siglo de las Luces.

Aquel terremoto señala un momento decisivo para el pensamiento occidental. El desastre de Lisboa aceleró el fin del optimismo característico del Siglo de las Luces, convirtiéndose en un signo premonitor de una nueva forma de pensar, sentir y obrar. En 1756 Immanuel Kant publica el Königberger Nachrichten, tres artículos que aparecen en enero, marzo y abril del mismo año: Sobre las causas de los terremotos en ocasión de la catástrofe que tuvo lugar al final del año; Historia y natural descripción de los fenómenos más notables del terremoto que han sacudido a finales de 1755 a gran parte del planeta; y Otras consideraciones sobre terremotos registrados hace algún tiempo:

“El segundo error del optimismo es que los males y desdichas –escribe Kant– que se perciben en el mundo se justifican sólo desde el supuesto de la existencia de Dios, y que así debe creer que hay un ser infinitamente bueno y perfecto antes de que se pueda asegurar que este mundo, que se ha denominado su mundo, sea bueno y regular, en vez de que baste toda la concordancia del orden del mundo, que pueda ser conocida en y por sí mismo como la mejor prueba de la existencia de Dios y de la dependencia de Él de la totalidad de las cosas”.

En julio de 1966, el profesor Wilhelm Weischedel intentaba en la Universidad Libre de Berlín explicarnos el texto de Gottfried Wilhelm von Leibniz: Los ensayos de teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1697). Todos sus esfuerzos fueron inútiles, muy pocos de sus alumnos entendieron algo. Al parecer el término teodicea apareció por primera vez en las páginas de Leibniz. El ensayo, destinado a justificar la existencia simultánea del mal y la bondad de Dios, recibió el nombre de teodicea cuya etimología significa: “justificación de Dios”.

Bajo la catastrófica impresión del terremoto de Lisboa, Voltaire escribió en una hoja volante: Todo está bien, dicen ustedes, todo es absolutamente necesario. ¿Qué? ¿El mundo sin el abismo en llamas del infierno? Lisboa desapareció en un torbellino en llamas. Esa catástrofe nos muestra que las cosas no están bien (....) Los animales, los seres humanos y la naturaleza se encuentran en una guerra incesante. Uno debe admitirlo: el mal existe en la Tierra. No sabemos por qué. Una pregunta: ¿El que creó el bien, también creó al mismo tiempo el mal? No vivimos en el mejor sino en el peor de los mundos posibles. Después del terremoto de Lisboa, Voltaire reclamaba una conciencia despojada de ilusiones que aprendiese a vivir sin confianza en el mundo. Estamos solos y no hay ningún ser superior que tenga algún plan de salvación de nosotros. No hay providencia que piense en nosotros. Desde la perspectiva de Voltaire, era recomendable retirar el crédito al mundo. Y sin embargo, la afirmación, la autoafirmación elemental de la vida es y sigue siendo poderosa no sin cierta desmesura.

Tonton-Macoutes

¿Alguien recuerda hoy quién era el doctor Roger Lafontan? (1949–) Lafontan significó otro terremoto en Haití, una suerte de rencarnación del mal volteriano, que dejó a su paso –un cálculo aproximado– 120 mil víctimas. El doctor Roger Lafontan, el jefe de los Tonton-Macoutes, un genocida que mató y asesinó a diestra y siniestra, cobró esa cantidad de víctimas durante el gobierno de Jean-Claude Duvalier alias Bébé Doc. (1971-1986). En 1957, al llegar Papa Doc al poder, nombró como comandante en jefe de la milicia al temido bokor (brujo) de Gonaïves, a Zacharie Delva, comenzando al mismo tiempo a reivindicar el vudú como religión oficial. Su guardia personal, una especie de policía esotérica, los Tonton Macoutes, cuyo nombre oficial era el de Voluntarios para la Seguridad Nacional.

Llama la atención que después de los estudios que Paul Mann y su equipo que presentaron en 2006 una evaluación de riesgo en la falla de Enriquillo, y otra vez en la 18ª Conferencia Geológica del Caribe en marzo de 2008. Luego de medir la gran tensión, el equipo recomendó de alta prioridad los estudios históricos de movimientos sísmicos, como el de la falla, que fue totalmente bloqueada y había registrado algunos terremotos en los pasados 40 años. Un artículo publicado en el diario Le Matin de Haití en septiembre de 2008 mostraba los comentarios citados por el geólogo Charles Patrick de que había un alto riesgo de mayor actividad sísmica en Puerto Príncipe.

El terremoto de Haití de 2010 ha sido registrado el 12 de enero de 2010, a las 16:53:09 hora local (21:53:09 UTC) con epicentro a 15 kilómetros de Puerto Príncipe, la capital de Haití. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, el sismo habría tenido una magnitud de 7.0 grados y se habría generado a una profundidad de 10 kilómetros. También se ha registrado una serie de réplicas, siendo las más fuertes las de 5.9, 5.5 y 5.1 grados. La NOAA descartó el peligro de tsunami en la zona. Este terremoto ha sido el más fuerte registrado en la zona desde el acontecido en 1770.

Los efectos causados sobre el país más pobre de América han sido devastadores. Se calcula que ha producido más de 75 mil muertos y 250 mil heridos, quedando sin hogar más de un millón de personas. Es calificada como una de las catástrofes humanitarias más graves de la historia.

La isla La Española, que comparten Haití y la República Dominicana, es sismológicamente activa y ha experimentado terremotos significativos y devastadores en el pasado.

Un sismo la estremeció en 1751 cuando estaba bajo control francés y otro sismo en 1770 de 7.5 grados en la escala de Richter devastó Puerto Príncipe por completo. De acuerdo con el historiador francés Moreau de San-Méry (1750-1819), mientras que ningún edificio sufrió daños en Puerto Príncipe durante el terremoto del 18 octubre de 1751, la ciudad entera colapsó durante el terremoto del 3 de junio de 1770.

La ciudad de Cap-Haïtien, así como otras del norte de Haití y la República Dominicana, fueron destruidas por el terremoto del 7 de mayo de 1842.

En 1887 y 1904 se produjeron dos terremotos, uno por año, en el norte del país, causando «daños mayores».

En 1946, un terremoto de magnitud 8.0 se registró en la República Dominicana, afectando también a Haití. Este sismo produjo un tsunami que mató a mil 790 personas.

Un estudio de prevención de terremotos realizado en 1992 por C. DeMets y M. Wiggins-Grandison estableció como conclusión la posibilidad que la falla de Enriquillo pudiera estar al final de su ciclo sísmico y pronosticó un escenario, en el peor de los casos, de un terremoto de magnitud 7.2, similar en magnitud al terremoto de Jamaica de 1692.