Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de enero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ricky/Sólo los niños van al cielo
E

logio de la diferencia. Un niño con una fisionomía fantástica, objeto primero de azoro y temor, luego de curiosidad inquieta para la madre que advierte que su frágil espalda está cubierta de moretones y raspones inexplicables, y sus frágiles omóplatos transformados en un par de alas. En lugar de gatear, el bebé gallináceo comienza a volar y sus alas se cubren de plumas grisáceas; en el aprendizaje de sus primeras maniobras choca contra las paredes, se lastima; es preciso protegerlo en su cuna, cerrar su cuarto, alejarlo del escarnio público, aceptarlo como un ser marginal y extraño, extravagancia de la naturaleza, figura vagamente espectral en un hogar proletario en las afueras de París.

El realizador francés Francois Ozon (Comedia de familia, Gotas de agua sobre piedras ardientes) sorprende con su primera incursión en el terreno del cine fantástico con Ricky/Sólo los niños van al cielo, mezcla de drama y comedia, cuyo tema central es la discriminación social a lo que es diferente, y la manera en que dicha diferencia es susceptible de transformarse en belleza.

La cinta maneja alternada y azarosamente dos registros narrativos opuestos. En un tono naturalista, Ozon describe la vida cotidiana de Katia (Alexandra Lamy), una joven obrera en un complejo químico. Es madre soltera y vive en compañía de su hija de siete años, Lisa (formidable Mélusine Mayance). Cuando Katia conoce a un compañero de trabajo, el inmigrante español Paco (Sergi López), y se deja seducir por él en un baño de la fábrica, sin mayores trámites lo invita a vivir en su casa y a improvisar una vida familiar a lado de su hija. Poco después Katia queda embarazada y con el nacimiento de Ricky la vida doméstica y la película misma toman un giro extraordinario hacia el realismo fantástico, lejos ya de una narración al estilo de los hermanos Dardenne (Rosetta, El hijo), muy cerca ahora de fábulas urbanas donde la singularidad de un personaje infantil provoca en su entorno encontradas reacciones de pasmo y rechazo.

Aunque el tema de la diferencia como elemento de discriminación social no es del todo novedoso (basta pensar en la notable primera cinta del británico Joseph Losey, El niño del cabello verde, 1948), Ozon maneja aquí con gran desparpajo y en tono burlesco (escena de un supermercado surcado por el vuelo infantil) la confusión y asombro que provoca en el espacio comunitario la transfiguración de un bebé en niño pájaro. Hay un comentario ácido sobre el papel de los medios dispuestos a todo por la exclusiva sensacionalista, también sobre el morbo colectivo y la disponibilidad del padre de lucrar con la vistosa excepcionalidad del hijo.

La película toma como punto de partida un relato breve de la novelista inglesa Rose Tremain (Moth/Mariposa nocturna) y transforma la fábula fantástica en un alegato en favor de la belleza de lo diferente, de aquello que escapa del afán totalizador de la moral pública. Explica el director parte de su cometido: La sociedad moderna insiste siempre en caer en la uniformidad, trata por todos los medios de borrar la diferencia o en todo caso de ocultarla .

Ozon evita el melodrama y también las facilidades del sensacionalismo; su película mantiene un equilibrio frágil entre sus contrastados tonos narrativos. Se trata sin duda del realizador francés más inquieto y ecléctico que haya podido franquear hoy la barrera entre la propuesta de autor y el cine comercial. La cinta interesa más por la gran metáfora que deja abierta y por sus agudos comentarios sociales, que por su realización, poco rigurosa, a medio camino entre la improvisación y el capricho –algo que sorprende en el exigente realizador de Bajo la arena–.

En el panorama de este inicio de año, con una cartelera comercial saturada casi al 100 por ciento con la oferta hollywoodense, vale la pena sin embargo, considerar este curioso trabajo de Ozon que detrás de su apariencia inofensiva logra perturbar con su extravagancia y malicia las apacibles aguas de la comedia familiar.

Ricky/Sólo los niños van al cielo se exhibe hoy domingo y el próximo martes en la sala Julio Bracho del Centro Cultural Universitario. Horarios: 12, 16, 18 y 20 horas.

A un lado, en el mismo CCU, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) exhibe también dos notables películas francesas de Laurent Cantet, Recursos humanos (1999), a las 16 horas, y Tiempo de mentir (2001), a las 18 horas.