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De la vida parisiense
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París bajo la nieve. Diversión frente al Museo del LouvreFoto Reuters
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urante siglos se acostumbraba publicar las memorias en forma póstuma, acaso porque el autor, al decir la verdad de sus recuerdos, prefería evitar represalias o no comprometer a las personas de las que hablaba. Hoy en día la costumbre parece ser editarlas en vida y, de ser posible, antes de cumplir siquiera 50 años, como si la urgencia de verse consagrados, la prisa por entrar al Panteón, pudiera ser ayudada por la escritura de recuerdos tan recientes que carecen de la perspectiva necesaria que da el tiempo, esa alquimia y esa decantación que dejan caer al fondo del olvido las invenciones y mentiras de la vanidad.

Tres grandes excepciones, sin embargo, publicaron sus memorias en vida: Alexandre Dumas, Víctor Hugo y Chateaubriand. Debe señalarse que ninguno de estos tres gigantes habló de vida privada en estas noticias y relaciones de su época. Dumas narró el nacimiento y éxito del romanticismo, su encuentro con Nodier; describió personajes de teatro, sus personalidades, sus magníficas réplicas, relató su aventura con Garibaldi. Hugo, en Choses vues, habló sobre todo de política, de problemas como la pena de muerte, de cuestiones del poder. Mémoires d’outretombe, de Chateaubriand, fue dedicado a la historia de Francia durante Napoleón y la Restauración, la más importante parte de esas memorias, de las cuales se dice hay algunas más bien ficticias, como fue su supuesto viaje al continente americano.

Aparte, Julio César, con su Guerra de las Galias, y Napoleón, con su Memorial, emperadores, monarcas y otros jefes de Estado seguían más bien la tradición de dejar escribir a escritores e historiadores sus memorias. Unas de las más célebres, si no las más profundas, detalladas y verídicas, que han inspirado a tantos otros, pero sobre todo a Marcel Proust, son las del duque de Saint-Simon sobre el reino de Luis XIV. Memorias evidentemente póstumas: el peligro de su edición era mortal.

Ahora, los jefes de Estado se apresuran a escribirlas (o dictarlas) y a publicarlas. Las hay de gran talla: en Francia, las del general Charles de Gaulle, escritas de su mano y leídas en voz alta a André Malraux, quien afirmó que no hubiese podido ni deseado corregir una coma. De Gaulle cita en ellas una frase: La vejez es un naufragio, sin decir, tal vez le pareció innecesario, que la frase es de Chateaubriand. Cada lector puede imaginar que con esa cita se refería al viejo general Pétain. El general juzgaba así, frente a la Historia, la gravedad de la decadencia cuando se pretende dirigir un Estado.

Frente a todos los libros de memorias y otros más o menos históricos o informativos, acaso deberíamos preguntarnos qué es hoy día la información.

Existen, desde luego, para los historiadores y otras personas con interés en el pasado de la humanidad, los Archives Nationales, la Bibliothèque Nationale de France y muchas otras especializadas en diversos temas, gracias a las cuales han podido ser escritas obras como la de Michel Foucault. Hay también las librerías, de los más diversos géneros, de libros antiguos y de novedades. La prensa escrita, la radio, la televisión y, ahora, Internet.

La prensa escrita ha sido afectada en sus ventas a causa de Internet, al menos en el mundo occidental, del cual tenemos datos más o menos precisos. La información se ha enriquecido y la censura ha decaído. Cualquiera puede filmar, gracias a su teléfono celular, imágenes que hace apenas unos años eran desaparecidas en los sótanos olvidadizos de la Historia oficial. Ahora, la persona que filmó la escena (ahorcamiento de Hussein, violencia salvaje en la frontera con Estados Unidos sufrida por los mexicanos y otros latinos que intentan atravesarla, matanzas en Medio Oriente o represiones de inmigrados en la misma ciudad de París) puede transmitirla por medio de Internet a quien quiera leerla en el último rincón del planeta.

Esto, por desgracia, no significa que toda la población tenga acceso a Internet. Así, se ha formado una nueva élite: los internautas, poseedores de una computadora y conocedores de su utilización. Internautas que son, sin duda, los mismos que compraban (y muchos, por fortuna, siguen comprando) la prensa escrita. La gran mayoría de la población, cuando tiene la suerte, o la mala suerte, mira y escucha la televisión, quizá el medio de comunicación menos fiable, más propagandístico y plagado de publicidad, medio que impone la moda, los gustos, la forma de hablar, los productos deseables, el estilo físico, peinados y demás, y, por lo que veo ahora, las enfermedades y las consiguientes medicinas de una poderosa industria farmacéutica, capaz de vender cualquier producto por peligroso que sea, con tal de que produzca dinero.

Sin embargo, si no puede negarse la información que escapa a la censura gracias a Internet, tampoco puede negarse la influencia de la prensa escrita, la cual sigue siendo la principal generadora de polémicas en el mundo actual.

Tampoco puede olvidarse el rumor, esa información que pasa de boca en boca y la cual, al escapar a la propaganda televisiva del poder o de un producto de consumo, puede provocar la caída libre en los sondeos de un jefe de Estado, de un partido político, las ventas de un libro. Aquí participan, desde luego, las noticias, investigaciones y otros datos que pasan por Internet al público. Las campañas publicitarias organizadas por los especialistas de la comunicación –la com, en el lenguaje de los jóvenes y de los que juegan a seguir jóvenes, como es el caso de muchos políticos, incluso en la cima del Estado francés, y de la mayoría de los conductores de programas de televisión– no pueden hoy nada en contra de este nuevo estilo de información.

Ejemplo de ello son los libros publicados por los dos ex presidentes franceses en vida: Valéry Giscard d’Estaing (1974-1981), quien no logró relegirse, y Jacques Chirac (1995-2007), quien se religió después de un mandato de siete años para un segundo de cinco, pues él mismo tomó la decisión de reducir los años de representación presidencial.

La editorial que publicó el primer volumen de las Mémoires de Chirac había anunciado la salida de éstas para el pasado septiembre. Hubo un primer contratiempo: en la foto del ex presidente, donde parecía un actor de cine e iba a servir de portada, aparecía con un cigarrillo entre los labios. Controversia obligada: la guerra entre fumadores y no fumadores, en lugar de disminuir con las prohibiciones del cigarro en el interior de cafés, restaurantes y todo los establecimientos públicos, sólo ha aumentado, al extremo de volverse una verdadera guerra. Los enemigos del tabaco, una manera más de encauzar y mantener vivo el odio necesario a las declaraciones bélicas, se oponen ahora, en invierno, a las tristes calefacciones bajo las que tiritan los fumadores en las terrazas de los cafés, en nombre de la ecología y el desarrollo durable. Y desearían que se les prohibieran también esas terrazas pues el humo puede penetrar en la cafetería o bar, sin pensar ni inquietarse por el olor a gasolina y la humareda de los tubos de escape de los automóviles, autobuses y otros vehículos que contaminan el aire más que cientos de cigarrillos. En nombre de una higiene que pretende imponerse dictatorialmente, con el fin de uniformar a todos bajo el sano y ambiguo pretexto de los principios de la política conforme y correcta dictada por las modas del miedo a la enfermedad, sistemas que dominan la vida actual de los moradores de un mundo privilegiado mientras la gente muere de hambre en el resto del planeta.

Un segundo retardo de la salida de estas Mémoires, subtituladas Cada paso debe ser una meta, fue la publicación intempestiva de una novelita de Giscard, editada con escándalo bajo el título de La princesse et le président, cuyas páginas, al estilo Corín Tellado, narran los supuestos amores de una princesa, en quien se reconocen los rasgos de LadyDi, con el propio Giscard. El escándalo no duró más de 48 horas, durante las cuales el ex presidente fue más bien criticado: no se escribe que se ha hecho el amor con una mujer fallecida y quien no puede desmentirlo, a menos de ser un hombre tan grosero como vulgar. Giscard se apresuró a decir que se trataba de una novela, un libro de ficción, mientras la prensa inglesa reía y el especialista francés de las familias monárquicas, aunque muchas de ellas ya no reinen más que en las fiestas people, hacía el recuento exacto de los amantes de la difunta princesa de Gales confesados por ella misma.

El libro de Giscard cesó de venderse cuando apenas llegaba a las librerías, pues los medios de comunicación habían reproducido los párrafos más sabrosos y los internautas hacían carcajear al público asiduo con sus comentarios sarcásticos.

Las memorias de Chirac, en cambio, se han vendido como pan caliente: 15 mil libros por día, con un primer tiraje de 260 mil y una primera redición, 15 días después que alcanzó un tiraje global de 390 mil ejemplares, según los editores. ¿Por qué este éxito con tantas memorias de políticos como aparecen en Francia? Quizá porque, además de relatar la historia de Francia desde su niñez, se siente que dice su parte de la verdad de lo que cuenta: infancia, juventud, fuga de la casa paterna, sus deseos de aventura, de dedicarse a la navegación y a la marina militar, viaje a Estados Unidos, empleo en un restaurante donde lavó platos, orden de su padre de regresar a Franca, estudios en las más altas escuelas, primeros encuentros políticos, admiración por Pompidou, algunas pláticas, breves, pero francas, con De Gaulle, sus ideas sobre Giscard, Balladur, otros políticos y el mismo actual presidente, Sarkozy, quien fue su admirador y aprendiz.

Así, se pueden escuchar en los cafés las discusiones de los franceses sobre estas memorias, casi olvidados los premios literarios anuales.

Como también se oyen las protestas por la crisis, contra el sistema de comunicación del Eliseo que más bien se parece a una carrera de declaraciones, día tras día, sin duda para hacer olvidar con la siguiente la de la víspera. Sin contar con el escándalo de la influenza sobre la cual incluso diputados de la mayoría en el poder piden cuentas a propósito del dinero gastado en vacunas y cubrebocas que los franceses rechazan o porque no creen ni en la gripe ni en la vacuna o porque temen las consecuencias de ésta. Por fortuna, hay quienes prefieren reír y repiten la broma de los cómicos que cuentan que hubo un muerto a causa de la influenza: el hombre, diabético, con cirrosis, enfisema pulmonar, y en fase terminal de un cáncer-sida, falleció a causa de la famosa gripe.

Mientras tanto, a pesar del frío, la exposición sobre Teotihuacán, tierra de dioses en el Museo Quai Branly, dedicado a las artes no occidentales y creado a iniciativa de Chirac, sigue siendo visitada por un gentío. La exposición de Pierre Soulages en el Museo Beaubourg sigue atrayendo las colas de miles de personas. Una comitiva mexicana fue a solicitarlo para que la exposición viniera a México antes de ir a Alemania. Soulages, quien guarda los mejores recuerdos de este país, acepta, pero los museos y coleccionistas que prestaron la obra del pintor para la exposición, que cubre dos mil metros cuadrados, ponen condiciones que resguarden las telas.

Por último no puedo dejar de señalar que, a pesar de los medios de información más modernos, a pesar de Internet, un viaje sigue siendo un viaje, un paso de una realidad a otra: cómo palidece el país que se deja y toma tonos vivos, violentos la tierra a la que se llega. Vivir un suceso no será nunca lo mismo que leerlo de lejos. Tal vez sólo cuando, pasados los siglos, se tiene la suerte de leer a un verdadero escritor capaz de volar por encima del tiempo y el espacio. Sabiendo que nevó en la capital francesa, me atrevo a parodiar el final de un relato de Joyce, al escribir que en París cae la nieve sobre los vivos y los muertos.