Opinión
Ver día anteriorMartes 8 de diciembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Coloquio en Chiapas
C

on la denominación Estética del mal: conceptos y representaciones se llevó a cabo la versión 33 del Coloquio Internacional de Historia del Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas en San Cristóbal de las Casas, que terminó el pasado jueves, después de la presentación de un número de ponencias a mi juicio excesivo, seguidas cada una de sus respectivos comentarios del público asistente, que fue abundante.

Tuvo lugar en el ex Convento de Santo Domingo y, dada la temática propuesta por la investigadora Martha Fernández, en vasto aspecto estuvo basado en la demonología, de modo que diablos, perseguidores, perseguidos, Lucifer, las postrimerías, la demonización de las deidades indígenas tuvieron amplia cabida.

Pero igual el cine tuvo lugar bastante preponderante y la ponencia de Juan Solís Ortega, investigador del Museo Nacional de Arte, versó sobre una cinta porno, si bien silente, que se desenvuelve en un espacio onírico: El sueño de fray Vergazo.

El autor explicó que la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México resguarda en sus bóvedas más o menos 35 cintas pornográficas a modo de cortometrajes, todas silentes.

El personaje es un clérigo activo en secuencias vinculadas al sexo, aunque esto tiene lugar sólo en un contexto onírico. El sueño sí es aquí cumplimiento de deseo y, por tanto, la maldad es permisible.

Otro ponente de orientación cinematográfica, Miguel Ángel Fernández Delgado, se ocupó de la maldad en la ciencia ficción: el número excedido de sus ejemplos, capaces de abarcar un curso completo, impidió el análisis adecuado de tal temática, dado lo cual su pieza resultó más enumerativa que reflexiva. No obstante, los Aliens alcanzaron buena ilustración.

Otra ponencia que abarcó cuestiones cinematográficas fue la de Roque Alarcón Guerrero, en la que pudieron advertirse referencias a Psicosis, de Hitchcok; El silencio de los inocentes, de Johnatan Demme  (1991), y, más que nada, Él, de Luis Buñuel.

Otra presentación versó sobre Guillermo del Toro y Víctor Erice, a cargo del doctorando Miguel Ángel Rosas, arquitecto egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Desde el ángulo de la concentración en un tema único, a mi juicio la pieza más redondeada correspondió al equipo integrado por cinco participantes en el seminario de la investigadora Marie Arieti Herz, quien, como es sabido, ha realizado trabajo de campo en no pocas comunidades.

La presentación grupal de El hombre negro de Tunititlán: Tezcatlipoca, Judas y Cristo  trata de una representación que tiene como escenario Tezcal, poblado del Mezquital en el estado de Hidalgo. Dada la tradición vigente, esa alternativa a la Semana Santa de Iztapalapa recrea la tradición católica a la luz de costumbres anteriores a la conquista; es jocosa, divertida y nada maniquea, pues trae a colación la interacción de opuestos. Además en ese sitio hay imágenes rupestres, murales en las iglesias y, sobre todo, la expresión de un ritual que se constituyó en el meollo de la ponencia, acompañada de un reportaje filmado en el que se advierte incluso la resurrección de Cristo, izado mediante un elevador de madera muy rústico que hace ascender a su representante, flanqueado por dos diminutos ángeles nativos, hasta el campanario de la Iglesia.

Judas-Tezcatlipoca es un sujeto travieso y maldoso que tizna de negro casi a todo quien se le acerca, inclusive al excelente flautista que regala a los humanos la música celeste.

Por cierto, la banda musical es soberbia. Junto con su maestra, los cinco participantes: Rocío Gress, Ana Guadalupe Díaz, Félix Lerma, Raúl López y Herbert Pérez, armaron la parte documental de su trabajo desde el Mezquital, en la comunidad otomí de Tunititlán.

Otra ponencia que según mi criterio alcanzó gran nivel estuvo a cargo de un colega del Instituto de Investigaciones Estéticas, Arnulfo Herrera Curiel, especialista, entre otras cuestiones, en el Siglo de Oro español y en los procesos inquisitoriales.

Imbricó la antigua leyenda de Don Juan (que es muy anterior a la pieza de Tirso de Molina) al irlandés Guillén de Lampart.

El personaje fue retomado a partir de la novela de Vicente Riva Palacio Don Guillén de Lampart, rey de México: memorias de un impostor. Lo que, además, me pareció relevante es la mancuerna que el autor hizo con Kierkeegard en Memorias de un seductor.

En todo caso Don Juan (hasta el de Zorrilla) está ligado a la estética, pues vive de la experiencia inmediata.

El médico español don Gregorio Marañón (ya fallecido) estudió a Don Juan desde el ángulo endocrinológico, cosa que le informo al colega desde esta breve relatoría.