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Proyecto visual y sonoro en el atrio de San Francisco; se inaugura hoy

Algarabía en el jardín desafía el límite entre el arte y la vida diaria citadina
 
Periódico La Jornada
Domingo 30 de agosto de 2009, p. 4

La ciudad puede ser habitada –disfrutada– de una manera diferente. Pese al tráfico, el ruido, el esmog, la inseguridad, el hacinamiento. Sólo es cuestión de buscar el modo y el espacio. En esa dirección camina el proyecto artístico más reciente de Casa Vecina Espacio Cultural: Lugar cero.

¿Por qué Lugar cero? Porque la acción artística puede ocurrir en cualquier espacio, surgir de la nada. El proyecto empezó con el Jardín temporal instalado en mayo pasado por Jerónimo Hagerman en el atrio de San Francisco, al pie de la Torre Latinoamericana.

Con la utilización de plantas y materiales reciclados, Hagerman resignificó el espacio con su instalación. Hasta la fecha, más de 200 mil personas han visitado el jardín.

Lugar cero –describe Helena Braunstajn, curadora del proyecto (www.lugarcero.com)– está articulado por la iniciativa de Casa Vecina Espacio Cultural y sus colaboradores externos, “con el propósito de experimentar la diversidad de matices en la conexión del arte actual con la ciudad y sus habitantes. Se trata de una propuesta curatorial que surge después de llevar a cabo una investigación más amplia en torno al arte vinculado con diferentes dinámicas sociales y culturales del Centro Histórico de la ciudad de México. A partir de estas experiencias, consideramos que los espacios urbanos son lugares idóneos para el acontecer artístico, ya que justo ahí, el intercambio creativo y reflexivo se torna más intenso, no solamente por las posibilidades amplias de encuentro con los que habitan o visitan nuestra ciudad, sino también por el desafío a las fronteras entre el arte y la vida diaria citadina.

Busca “ocupar –compartir, habitar– temporalmente diferentes lugares del Centro Histórico, y su punto de partida es el atrio de San Francisco. Los tránsitos pausados dentro del espacio físico de la ciudad y, sobre todo, los movimientos y las variaciones en las formas de relacionarnos con el arte, son el fundamento del proyecto que estamos realizando”.

En la segunda etapa del proyecto, el jardín de Jerónimo Hagerman sufrirá a su vez una intervención sonora del artista Ariel Guzik.

Explican que se trata de generar un diálogo entre ambas propuestas. Sin alterar la disposión física y visual del jardín de Hagerman, Guzik inserta una serie de sonidos que emulan cantos de grillos y cigarras, y cambiarán de intensidad en función de las variaciones de la luz natural que reciba el jardín. Así, por ejemplo, no sonará igual al medio día que en la noche, ni en un día con sol que en otro nublado.

El resultado de la fusión de ambas propuestas se llama Algarabía en el jardín, que será inaugurada hoy domingo a la una de la tarde.

Una prioridad del proyecto –subrayan Braunstajn y Hajj– es interactuar con el público: No es una obra conceptualmente complicada ni inaccesible, el sentido es claro y se logra un encuentro inmediato con el público, que no necesariamente consume arte de manera habitual.

¿A dónde hemos llegado que hay que recurrir a una instalación para evocar las imágenes y sonidos de la naturaleza? Responde la curadora: Ese es el punto grave del asunto; así como el arte puede divertirnos y hacernos disfrutar, también puede llamarnos a pensar en situaciones como esa: tenemos que emplear el artificio para evocar a la naturaleza.

Helena Braunstajn y Christiane Hajj sostienen que además de ser una experiencia estética –y por añadidura emocional– la asistencia a Algarabía en el jardín será una experiencia física que depara más de una sorpresa.