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Presenta Picnic en la fosa común; novela que muestra un DF poco acogedor

La literatura terrorífica debe ser divertimento estético: Vega-Gil

La divina comedia hizo que me atrajera el rollo del horror, afirma

 
Periódico La Jornada
Jueves 27 de agosto de 2009, p. 8

Aquellos con el estómago débil, absténganse. Amantes del gore y el terror, bienvenidos. He aquí una novela que literalmente muestra las tripas chilangas. Se trata del libro de reciente publicación del polifacético Armando Vega-Gil, músico, compositor, guionista, periodista, escalador de montañas y ahora novelista de bajos fondos. Ah, y chilango...

Picnic en la fosa común retrata un Distrito Federal poco acogedor, que definitivamente no le serviría de propaganda a Vive México.

El protagonista, un reportero de la nota roja, comienza a indagar sobre un extraño y terrible olor en el Metro. Tras jalar de esta hebra, no habrá vuelta atrás. Como en toda tragedia, el destino es el destino. Ya avanzada la novela, el personaje central necesita enfrentarse con experiencias traumáticas que ocurrieron en su infancia y que olvidó: Por cómo van pasando las cosas, se tiene que enfrentar y descubrir quién es, saber de dónde viene para saber dónde va a terminar, aunque no le guste y quiera luchar contra su destino, contó en entrevista el autor.

Vega-Gil lo compara con el documental de animación Vals con Bashir, que vio hace poco: Es un hombre que se olvidó de su pasado y en una reconstrucción como periodística descubre qué hizo y qué le pasó en un momento de trauma espantoso.

Buena parte de la historia transcurre en las profundidades de nuestra ciudad: “Una amenaza bajo tierra, es como hablar un poco del inconsciente, las partes de tu sique a las que rehuyes: te mueves encima de ellas, como caminando en una vida cotidiana normal, y la amenaza está debajo de ti, pulsando, y en cualquier momento va a salir”.

La amenaza tiene elementos tomados de la vida real, de la historia reciente y remota: Tenochtitlán, la construcción del acueducto, y la actual corrupción en Pemex y los videoescándalos. La ciudad de México está amenazada de que se la lleve la chingada de un momento a otro. Todo lo que iba pasando, las catástrofes sociales, políticas y morales, con eso alimentaba la novela. Era un animal vivo, ávido de circunstancias y eventos que fueron ocurriendo a su alrededor para alimentarse y engordar. Por eso llegamos hasta Ahumada y el gobierno de izquierda y las grandes obras públicas. Es un libro muy receptivo de la realidad, aunque es una ficción enloquecida de terror, siguió el integrante del grupo Botellita de Jeréz y autor de El diario íntimo de un guacarroquer.

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Armando Vega-Gil, ex integrante de Botellita de Jerez y ahora novelista chilango de bajos fondosFoto Jorge Angulo

El autor disfruta inmensamente del terror. El chiste de la literatura terrorífica es que cuando te metas en esas profundidades lo hagas como un divertimento estético, ¡no se trata de enloquecer a la gente! Creo que el terror te permite hacer un rastreo acerca de cosas que no te dan muchas ganas de explorar en el mundo consciente. Cuando lees algo terrorífico, te hace asomarte a tus partes muy profundas... lo haces a través de un personaje, te metes en una ficción, entonces ahí hay un placer que tiene que ver casi con un rencuentro de ti con tus partes menoss luminosas, o más temidas, por no llamarlas oscuras, las que te dan miedito. Encontrarte con ellas te provoca una emoción rara pero finalmente placentera.

Vega-Gil rememora que cuando estudiaba en la Vocacional 3, gracias a una maestra de literatura guapísima, se puso a leer La divina comedia. Nomás leí la primera parte, el infierno, y me acuerdo que me atraía muchísimo todo el rollo del horror: los enormes peroles de resina con cuerpos de ánimas pecadoras hirviendo adentro...

Al lado del infierno de La divina comedia, también estaba su fascinación por La bruja maldita, interpretada por Tamara Garina en la televisión. Escenas como una silla donde acaban de agarrar a hachazos a alguien, con huesos, sangre chorreando, le provocaban enorme gozo: “Sentía un placer muy loco por el gore, me provocaba un placer estético”, dijo el autor de Cuenta regresiva y otras fábulas supernumerarias (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2006).

No es que vaya a agarrar a hachazos a alguien ni que tenga novias en cachitos en su refrigerador, aclaró, pero ser lector y escritor de esas tramas sí lo mueve: Cuando estoy metido en la escritura me empiezo a engolosinar, como si estuvieras comiendo un platillo delicioso, suculento y no puedes dejar de comer, te atascas y te llenas los cachetes de comida y sigues trague y trague, esa es la sensación que tengo cuando escribo de horror. Me meto en una inercia de gozo loquísimo.