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El artista Jean-Charles Pigeau erigió su obra con elementos que incitan a la meditación

El oratorio de Baca confirma el valor del espacio escultórico creado para el placer

La obra, ubicada en la localidad de Yucatán, es una pieza monumental viva, en la cual se puede caminar, rezar o pensar

Simplifica mediante el minimalismo las tradiciones maya y budista

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La silueta de Buda custodia la obra arquitectónica erigida en la hacienda de San JoséFoto Jean-Charles Pigeau
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Otra obra del escultor francés, espectacular ofrenda frente al Popocatépetl de esculturas de tierra crudaFoto Jean-Charles Pigeau
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Periódico La Jornada
Sábado 22 de agosto de 2009, p. 8

Baca, Yuc., 21 de agosto. El escultor Jean-Charles Pigeau (1955, Pithiviers, Francia) ha realizado una singular obra arquitectónica en la hacienda de San José, en la localidad de Baca, Yucatán: un oratorio

Esta obra es el resultado de una reflexión estética sobre el vacío a partir de tres gestos arquitectónicos. Uno de ellos, de origen maya, proviene del arco de Labná (sitio prehispánico maya de la ruta Puuc), el cual, con un giro de 180 grados se transforma en una capilla, que está al centro del oratorio. Mediante lo anterior, Jean-Charles Pigeau proyecta el carácter contemporáneo de México en conjunto con sus profundas raíces culturales.

El segundo son los materiales utilizados, los cuales provienen de una antigua construcción que data de la época porfiriana, en donde el henequén era desfibrado; el tercer elemento es la escultura monumental de un Buda simplificado, el cual, adosado al edificio, vela sobre este espacio, y crea, según sus productores, una conversación entre Oriente y Occidente.

Este diálogo no es nuevo en la obra de Pigeau. En 1998, en el sitio arqueológico de Xochitécatl, Tlaxcala, hizo una instalación efímera, llamada Las conchas, cuya realización tardó tres años debido a los múltiples trámites que tuvo que hacer con arqueólogos y autoridades para obtener el permiso.

“Con Las conchas, Pigeau hizo la primera intervención de una artista contemporáneo sobre un sitio arqueológico de México“, dijo Eduardo Matos Moctezuma sobre este homenaje al dios del viento.

Luego, el escultor francés realizó una espectacular ofrenda frente al Popocatépetl, trabajo de esculturas de tierra cruda a partir de los datos sísmicos del volcán, creando un paisaje muy afortunado.

El colmo de la comodidad

Jean Pigeau, quien estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes de París, es un interventor de espacios que incitan a la meditación. Un artista que dice mucho con poco, con casi nada. Crea espacios, los vacía y los llena de blanco; juega con la luz y la utiliza, dice, como terapia de curación, con ello forma esculturas monumentales vivientes, en las que se puede caminar, pensar, rezar, meditar o no hacer nada, y que, para colmo de la comodidad, requieren de mínimo mantenimiento.

Su mejor ejemplo es este oratorio taoista (si es que vale la expresión), con influencias de la arquitectura maya, y calificado en el arte contemporáneo como minimalista.

Sobre este trabajo, Julián Zugazagoitia, director del Museo de Barrio, en Nueva York, y curador de la instalación del escultor francés en Xochitécatl, quien estuvo presente en la inauguración, a principios de este mes, afirma: El oratorio en Baca, Yucatán, materializa la reflexión de este artista en torno a la escultura y su dimensión arquitectónica. Una relación que se nutre de su estudio y admiración por las culturas milenarias, que destila en un arte sutil y altamente simbólico. Como en varias instalaciones temporales, la luz es el elemento primordial, siendo el espacio de la capilla, el revelador.

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Vista posterior de la silueta del Buda, que en el interior del recinto hace de capilla. En la base del altar hay un grueso espejo de acero inoxidable. En el piso, los destellos de colores que recogen las losas de vidrio colocadas en los pozos de luz que se observan en el techoFoto Jean-Charles Pigeau

La producción de la obra estuvo a cargo de Laurent Chabres, empresario francés que preside la Fundación para el Bienestar Natural, y quien se convenció de invitar a Jean Charles Pigeau luego de escucharlo, sin intención, en una conversación del artista con una mujer, cuando viajaban en un avión. En esa charla, describía con puntualidad la importancia del espacio escultórico para ser usado por las personas como lugar de placer. Ahí se le ocurrió la creación de un centro de meditación universal que celebrara el paso del tiempo y reflejara en su interior el movimiento del Sol, como lo utilizaban en sus construcciones los antiguos mayas.

Los materiales

Para llevar a cabo esta obra arquitectónica, las piedras, ensambladas una por una, sin armazón de metal, provienen de la fábrica de henequén que se derrumbó por el huracán Isadora, en septiembre de 2002, y que fue el alma de esta hacienda durante muchos años. La base del nuevo edificio está construida sobre un talud/tablero de influencia maya, para sacralizar al oratorio.

Los pozos de luz ubicados en el techo se hicieron en yeso, luego fueron moldeados y colados en cemento de estructura celular cerrada y de alta resistencia. Las losas circulares de vidrio, las cuales recogen los siete colores del arcoiris, fueron termoadheridas.

La escultura monumental de Buda se modeló en arcilla roja de Ticul, Yucatán, con la ayuda de Glenn Ake, quien hizo el tratamiento final.

La capilla, figurada en barro se moldeó con la técnica de vacío perdido. La reproducción final está hecha de yeso y reforzada con cemento. El interior de ésta fue dorado con hoja de 24 kilates, mediante el cuidadoso trabajo de Fabrice Gohard en sus talleres de París y Nueva York.

En la base de esta especie de altar existe un grueso espejo hecho de acero inoxidable repujado por los talleres Peret, de París, cuyo pulido hizo el señor Matiz, en los talleres Perinnelle, en Montreuil/Bois, mientras la reproducción del ojo de buey del tímpano fue hecha por los obreros de la fundición Coubertin.

Bernardino Matu, maestro albañil de Baca, Yucatán, construyó el edificio, cuyas puertas fueron restauradas e instaladas por Nectalí Landero, maestro carpintero de esta historia monumental que concluyó luego de dos años de necio trabajo, y en cuyo interior parece no haber nada, salvo los siete colores del arcoiris, que al mediodía crean un camino que conduce a la silueta de Buda, donde nada se oye, huele a viento y al asomarse al espejo, sólo se refleja el vacío o el todo, como en El Aleph, de Borges..