Opinión
Ver día anteriorJueves 20 de agosto de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Moctezuma II
S

e trata, como lo publicó Carlos Paul en la entrevista que le hizo para La Jornada a los creadores del montaje, de la segunda parte de una trilogía que Juliana Faesler inició con Nezahualcóyotl, estrenada en 2007, y en la que la autora pretende buscar en el pasado prehispánico de nuestra nación muchas de las razones de algunos sucesos actuales. En la primera obra, Faesler, en colaboración con la compañía La máquina de Teatro (Clarissa Maheiros, codirectora de la misma y parte de su elenco, Diana Fidelia, Natyeli Flores, Roldán Ramírez y Horacio García Rojas) se sirvió de la historia del rey poeta y del inmenso municipio mexiquense para jugar la realidad antigua de nuestro país y la realidad actual de parte de algunos de sus habitantes. Con Moctezuma, prosigue su trilogía –que se rematará con La Malinche el año próximo– y ahonda mucho más en la explotación e injusticia que se cometen con los pueblos indígenas en la actualidad en momentos en que todos tenemos en mente la bárbara sentencia de la Suprema Corte que libera a los asesinos de Acteal y no menciona a los gobernantes culpables que han armado a tzotziles contra sus hermanos. Por algo el subtítulo de la escenificación es La guerra sucia.

En gran parte basada en la ópera del compositor del siglo XVIII Carl H. Graun y con muchos textos de autores como Miguel León-Portilla y Alfredo López Austin, parte de la extensa bibliografía que da (y que incluye el espléndido y no difundido como se merece libro La resistencia indígena ante la conquista de Josefina Oliva de Coll), que comprueba la seriedad de su propósito. La ópera de Graun, como saben los estudiosos de la música barroca, propone a un Moctezuma dueño de todas las virtudes enamorado de su esposa Eupaforice, a quien el cruel Cortés hace propuestas indecorosas. Así, a la realidad histórica del siglo XVI se suman una trama muy del gusto del siglo XVIII, como a las estilizadas estampas de los aztecas se añade la encantadora música diecicochesca de Graun y ambas tienen rupturas y salidas de tono por la realidad vigente, lo que es necesario para sostener la tesis de que a una conquista sucede otra.

Menos directo que otros textos que igualan a los conquistadores españoles con el imperio estadunidense y su poderío sobre nosotros, éste que presenciamos mantiene rupturas con el cuerpo principal para que los mismos actores digan las citas antes mencionadas, o bien se reúnan para resentirse por los objetos y hasta frutos de plástico, en una sutil acusación al consumismo y a la depredación del planeta que se condice con el reciclamiento de elementos usados en Nezahualcóyotl y que habla de cómo los pueblos pagamos los platos rotos de la insistencia de las grandes corporaciones por utilizar materiales no degradables; esta parte es la más débil, demasiado larga como ruptura y demasiado corta para incidir a profundidad en la conciencia del espectador. Los tres tiempos de la obra se suceden en una simple escenografía de la directora y Edyta Rzewuska, con vestuario de esta última y la adición de rígidas siluetas de perfil con tocados, superpuestas a los rostros de actores y actrices, que darán la debida ambientación al montaje, sobre todo cuando las cantantes también de perfil, muestran ciertas actitudes que nos recuerdan a los códices.

Como gran parte del montaje se reserva a la ópera, por lo que al fondo del escenario se encuentra el Ensamble para la Trilogía Mexicana (violines, violas, cellos, oboes, cornos) que el director musical José Areán –también autor de algunos acordes de ambientación– eligió para acompañar a las tres cantantes. Esto merece un paréntesis, porque no es algo desacostumbrado en Juliana Faesler dar roles masculinos a actrices femeninas según se puede observar en un repaso a su trayectoria, lo que da a sus propuestas un sello personal. Esta vez cuenta como cantantes invitadas con la estupenda Lorena Glintz, quien como bailarina que también es, logra singulares posiciones como Moctezuma y a las también excelentes Verónica Alexanderson como Cortés y Karla Muñoz como Eupaforice.