Sociedad y Justicia
Ver día anteriorDomingo 9 de agosto de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mar de historias

Aguas negras

E

l cielo amenaza lluvia. El día se aclara por instantes y luego vuelve a adquirir el tono plomizo que acentúa la grisura de los cerros. Las construcciones que los invaden no pasan de ser malabarismos ejecutados por la necesidad, alteros de cuartos en permanente riesgo de caída. De unos a otros se tienden cables y cuerdas que parecen enrejar el horizonte.

En la parte baja de la colonia Bellavista el mal olor sube en espirales vaporosas que espesan el aire y lo vuelven irrespirable. En los lagos de aguas negras se ahogan las casas. Sus moradores, descalzos y con los pantalones doblados hasta la rodilla, siguen rescatando muebles, aparatos, ropa, santos, papeles, fotografías. Todos estos objetos, deformes, hinchados de humedad, en hombros de sus dueños van a dar a la calle. Puestos en fila, sostenidos unos en otros, simulan un ejército en derrota que a duras penas conserva la esperanza: Si lo pongo a secar puede que sirva. A lo mejor el agua no le llegó al motor.

Durante los escasos minutos de claridad las paredes de las casas recuperan la alegría de sus colores –verde, rojo, amarillo, azul cobalto– y el aluminio de sus ventanas parece de oro. Todo se desvanece cuando vuelven las sombras amenazantes de las nubes. Cargadas de agua, harán que el canal se desborde, el drenaje se rompa, las calles se conviertan en ríos oscuros, las paredes se agrieten, las puertas se abran y los habitantes de la colonia Bellavista busquen refugio seguro en la azotea, donde hay tanques de gas, colchones viejos, llantas, ropa que se enjuta en el tendedero y un triciclo que recuerda una infancia breve y lejana.

II

Con los pantalones doblados hasta la rodilla y los pies descalzos hundidos en las aguas negras, los colonos de Bellavista salen a la calle para alejar la inundación con lo único que disponen: escobas. Al hundirse en el líquido cobrizo producen un oleaje y un ritmo regulares: triste mar, triste música.

Un gemido largo rompe el orden, paraliza un segundo el movimiento, siembra la inquietud. Chapoteando en las aguas negras las mujeres corren hacia Delfina. La cercan, la avasallan con preguntas: ¿Qué te pasó? ¿Por qué gritaste así? ¿Lloras por tus cosas? Delfina no responde. Para animarla le dicen que debería darle gracias a Dios de que el desbordamiento no haya causado heridos ni muertos.

No es la primera vez que les ocurre esta desgracia y tampoco ha sido la peor. Le recuerdan a Delfina aquel año en que tres días seguidos les cayeron tormentas hasta que una noche, cuando estaban durmiendo muy tranquilos, se desbordó el canal. De no haber sido porque los perros ladraron, los canarios casi tiran las jaulas y en ese momento me levanté a darle el pecho a mi niño, nos habríamos ahogado, como la pobre de Romana. No alcanzó a salir. La corriente entró en su casa, la tiró de la cama, la arrastró. Dicen que murió del susto. No, ha de haber sido del golpe que se dio contra la pared. No le busquen: cuando Nuestro Señor lo decide, allí quedamos.

–Delfina, no llores. Hablé de eso para que te des cuenta de que hemos estado en situaciones más duras y sin embargo salimos adelante, con todo y que nos quedamos con una mano atrás y otra adelante. Acuérdate de que yo acababa de comprar en abonos mi tele de color. El agua me la echó a perder y tuve que seguir pagándola durante meses. Con lo poquito que ganaba en la fonda, ya te imaginarás los trabajos que pasé. Hubo días en que sólo me alcanzó el dinero para comprarles a mis escuincles tortillas y una lata de chiles. Ver a los hijos con hambre: ¡ese sí es motivo para llorar!

–Ándale, mujer, anímate. Ve lo positivo. Piensa en lo que hubiera sido para tu hijo que te pasara algo. Quién de nosotros iba a tener valor para decirle: pues fíjate, Claudio, que tu mamá murió ahogada en las aguas del canal. Volvió a desbordarse, pero la corriente bajó con más fuerza porque este año, después de que casi no había llovido, se nos dejaron venir unas tormentas muy fuertes. Gracias a Dios estás con vida. Tienes que echarle muchas ganas para que cuando tu hijo llegue a visitarte le dé gusto.

III

Mejor que ni venga, afirma Delfina. Las mujeres que la rodean le reprochan sus palabras. Le insisten en que habla así porque está nerviosa, dolida, harta, cansada; tal vez esté enferma, tenga fiebre y delire. A ver, sóplame en la mano. Andale, deja que te toque la frente.

Delfina retrocede chapoteando en las aguas negras. Les asegura a sus conocidas que no tiene fiebre sino una enorme tristeza y no por ella, sino por su hijo:

–Todos sus esfuerzos, sus años de trabajo, sus ahorros en Estados Unidos se hundieron en las aguas negras. ¿Qué voy a decirle a Claudio cuando entre en la casa y vea que ya no existe el desayunadorcito de pino ni el sofá de terciopelo rojo que él me compró?

Peor aún será explicarle que, a raíz de la inundación, fue inútil querer reparar el refrigerador, la lavadora, el módulo de sonido que ella adquirió con el dinero que Claudio le mandaba. Aquí las situación está muy dura, pero la aguanto porque sé que, aunque sea poquito a poco, voy comprándole sus cosas, le decía por teléfono a Delfina.

–Yo le juré que iba a cuidarle su dinero, a invertirlo bien, y para demostrárselo le mandé varias fotos de lo que iba comprando. Lo hice para que se diera cuenta de que sus esfuerzos por allá tan lejos valieron la pena y también para que le dieran ganas de volver a la casa. Cuando sepa cómo quedó todo por culpa del canal y de las aguas negras pensará: ¿a qué regreso? Puede que hasta me lo diga y lo entenderé: ¿quién quiere vivir en un chiquero?

IV

Cae una lluvia suave. Las mujeres levantan la cabeza, miran al cielo y sacan conclusiones: este chipi-chipi durará toda la noche. No pueden confiarse. El canal no tiene palabra de honor. Una sola gota puede irritarlo, hacer que se desborde y salte la costalera enmohecida, rota, provisional desde hace 10, 15, 20 años: ya nadie lo recuerda con precisión.

Las escobas se hunden como remos en las aguas negras. La corriente se aleja pero vuelve y produce una marea nefasta. Hay que insistir, perseguirla, orillarla hasta que se precipite a las barrancas llenas de basura que la gente arroja desde los cerros saturados de casas: malabarismos ejecutados por la necesidad.

–¿Qué hace allí paradota? Apúrele con la escoba. ¿No ve que sigue lloviendo?

Antes de acatar la orden de su suegra, Luisa mira otra vez la estrella de margaritas que adorna su puerta desde el día de su boda, a finales de junio. Le parece increíble que las lluvias torrenciales no hayan desprendido el arreglo floral ya marchito. Cuando sale a algún mandado Luisa se detiene y lo contempla. Eso fortalece su optimismo, alienta su esperanza de que Miguel vuelva a ser como cuando eran novios y también de que le cumpla dos promesas: rentarle un cuarto en donde vivan solos y llevarla a conocer el mar.

Cuando eran novios le prometió que irían de luna de miel a Veracruz, adonde él transporta cargas de tinacos; pero cuando estaban a punto de casarse le aconsejó que se olvidara de eso. Tal vez luego vayamos. ¿Cuándo? No sé.

¡Cuidado! Luisa se vuelve y ve caer a sus espaldas el trozo de fachada en donde estaba colgado su arreglo nupcial. Supersticiosa como es, lee en el desprendimiento dos augurios: Miguel no volverá a ser como antes y ella nunca conocerá otro mar que ese oscuro, fétido, en el que desde niña se hunde en cada temporada de lluvias.

V

Es tarde. Ha escampado. Los habitantes de la colonia Bellavista coinciden en que ya es hora de irse a descansar a sus casas o, si quedaron inhabitables, en la de algún vecino. En segundos las calles se despejan. De pronto vuelve a caer una llovizna suave, inofensiva que se suma a las aguas cobrizas estancadas.

Conforme se apagan las luces, el canal comienza a despertar en su lecho.