Opinión
Ver día anteriorMiércoles 29 de julio de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Isocronías

Muertes

N

o sé por qué quiero contar la siguiente anécdota, sé que quiero contarla. A los 25 años vine a vivir a México (me acompañaba otro Ricardo, Castillo, quien pronto se regresó a Guadalajara, volvería otra vez para acá y de nuevo allá radica). Desaparecí del todo pues de lo que yo, si bien viví en diversos lugares y muchas casas o pies de casa hasta esa edad, llamo mi barrio: El Camichín, una de las orillas de San Andrés, oficialmente llamado entonces Villa Mariano Escobedo. Barrio bronquísimo, tanto que decidí volverme pacifista, lo cual, después de algunas golpizas, aunque de consideración, me ganó un respeto que quiero recordar generalizado, no lo sé. Tuve varios apodos, parece que el que más pegó fue el de Hippie, pero ninguno se me quedó. Richard era como más me nombraban. Bueno, digo desaparecí del todo porque ya antes, justamente debido a una amenaza (no sé qué tan retórica o real, el caso es que ese amigo, quien se metió de policía, acabó muerto en un enfrentamiento relacionado con su actividad), aparecía muy poco por ahí, y eso con cuidado.

La muerte no era algo demasiado lejano a la comunidad. A dos amigos míos, ambos de 17 años, en tiempos diversos, los balearon por la espalda: Mario y Macario –hasta hoy me doy cuenta que sus nombres riman. A cada uno le hice un poema. Bueno, a uno un poema, a otro un epitafio. Por cierto que también, a solicitud de la madre del primer joven, digo, del joven que me echó del barrio (con sus parientes siempre tuve buena relación), también a él, en verso, le escribí el suyo.

Estando acá, donde no me fue fácil acomodarme (hambres pasé, si bien nunca faltó quien me ayudara), ya mero que iba a ir al barrio (mi familia se había mudado, aunque no lejos, y mis escasísimas, esporádicas, vueltas a Guanatos, como suelen llamar algunos tapatíos a su ciudad, no me permitían ir a buscar a la palomilla). Pero un día, mejor dicho, una noche, fui.

Llegué a la cenaduría (de fonda nocturna donde se consumen principalmente tostadas y pozole) de doña Maura, ubicada en la esquina de Ejido y Artes, dos calles en esos años todavía de tierra y al centro de cuyo cruce solíamos levantar el palo ensebado en las fiestas septembrinas, donde un día 15, creo que no tenía ni 18 años, me tocó dar el Grito. Doña Maura me miró más que sorprendida: asustada. Dijo: –¿Que no te habías muerto? Yo me sonreí: –Claro que no, doña Maura, aquí estoy. –Pues, ¿no tus amigos anduvieron pidiendo para tu cajón?

No recuerdo si pasé a cenar o seguí mi camino confiado en saludar a tanta gente querida (por entonces la mayoría de las puertas del barrio estaban abiertas desde la mañana hasta la hora de dormir). Hablé –si no esa misma vez, otra– con alguno de esos camaradas, quien dijo: –Pues como creíamos que ya no ibas a volver y necesitábamos para las chelas…