Opinión
Ver día anteriorLunes 15 de junio de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Un siglo de plata y dolor
L

a caja de sorpresas de la poesía rusa moderna, aún en los inesperados resquicios epistolares y los expedientes policiacos, tiene cantos a la altura de su mito, tragedia creíble y terrible. Epifanías resplandecientes, amor juvenil a la Revolución, abismos de culpa y abandono. El jovial y desesperado Esenin, y el Mandelstam inerme, provocador y víctima, le sacaron hebra al lenguaje con el genio de un siglo de oro. Le supieron heredar al novelón de sus abuelos (Gogol, Tolstoi, Dostoievski, you know) la turbulencia de los sentidos, mientras eran arrastrados por una formidable tormenta de la historia: heroica, luminosa, infernal.

Y se murieron a la mala, devorados por sus propias palabras, en la tiranía de la Revolución, que los escuchó, oh, sí, y los hizo pedazos. Suicidados, ejecutados, los menos, exilados. Ajmátova como madre de la Plaza de Mayo con su hijo en los calabozos soviéticos y el ex marido fusilado por traición a la patria de Stalin: Nickolai Gumiliov, iconoclasta poeta en la lengua de Pushkin (aquel padre fundador de todos, el Cervantes, Darío, Dante de las estepas de los zares).

El ojo de Block era tremendo, dicen. Que estaba duro sostenerle la mirada. Taladraba, con un gesto de elegancia que conservan las fotografías. Un lírico atrapado entre la inteligencia y la revolución, en llamas ambas. Joven aún, lo venció el paso de su propio corazón.

Qué fácil burlarse de esos lunáticos, o admirarlos como bardos de la luz en las edades oscuras del sangriento siglo de plata, como se dio en llamarlo.

En la intemperie helada de los vientos, tan largos que no tienen principio ni fin, en el meollo de los incendios, en el caleidoscópico corazón de los bosques, en la melodía que no se puede ignorar, estallan los silbos vulnerados de Pasternak. ¿Quién dice que sobrevivir no es trágico? Pero si su hermana era la vida, es natural que todos lo quisieran de cuñado.

En lo frágil, parecía indestructible. Al final lo mató el disgusto del premio Nobel, mejor no se lo hubieran dado. Al terso Pasternak lo eliminaría la guerra fría (él, que previó morir con una explosión del corazón así, pero de amor, en Doctor Zhivago). Se lo merendaron los gobiernos de ambos lados, las editoriales, las agencias de noticias. Pieza del dominó internacional, le reventaron el corazón allá en su dacha. Qué gachos.

Si Mandelstam murió en el lodo siberiano, y la dulce Marina se ahorcó con un lazo que Pasternak le acababa de regalar para que amarrara un bulto de equipaje (este y oeste le habían destruído la vida), el insigne camarada Babel, quien mejor cantó y contó la Revolución, caía fusilado, al tiempo que la Gran Patria se defendía en la peor de todas sus guerras, y salía victoriosa.

Los devoraron las estepas. Unos y otras creyeron suceder a los heroicos de Pushkin, pero en el fondo su espíritu procedía de un médico de pueblo que en el ocaso de los zares contaba cuentos y llenaba teatros con episodios de mujeres al borde de un ataque de nervios y otros capítulos de la comedia humana: el sonriente doctor Chéjov.

Buenas noches caja de Pandora. Buenos días tristeza.

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Nota: por aquello de Babilonia: Una inmejorable introducción en castellano a la poesía rusa moderna, y centralmente el siglo de plata la ofrece El instante maravilloso. Poesía rusa del siglo XX, antologada y traducida por Jorge Bustamante García (colección Poemas y Ensayos, UNAM, 2004).

Allí se registra ese tiempo que desperdició a sus poetas, como postula el prólogo.

En todo aquel naufragar de los poetas rusos nació un cantar del mundo a la altura de la poesía china del alto periodo T’ang, los siglos de oro castellano e inglés, el instante milagroso de Virgilio, los románticos alemanes, los franceses del fin del XIX. Esta es la poesía a la que el acercamiento es más inmediato y contemporáneo, siempre. Eso, si algo, son los verdaderos clásicos.

Y luego está el problema de las diferentes lenguas. Poesía también puede ser eso que queda después de ser traducida. Joseph Brodsky, perfecto bilingüe ruso e inglés, decía que las versiones de Mandelstam al inglés eran un horror, que no transmitían ni los rescoldos de su musicalidad. Y eso que existen traducciones en lengua inglesa de éste, o de Pasternak, admirables y hermosas. Sin embargo, hay que creerle al severo Brodsky. Imaginemos en ruso o chino a Lorca y toda la Generación del 27 (que en sentido amplio abarca a Borges, los contemporáneos mexicanos, y ese otro milagro solitario, César Vallejo). No hay manera. Y sin embargo, traducir es necesario.