Opinión
Ver día anteriorLunes 30 de marzo de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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México y Estados Unidos
E

l interés de Estados Unidos por México se ha incrementado, dicen los medios de comunicación, en las últimas semanas. Recibimos visitas distinguidas, altos funcionarios declaran sobre el Estado mexicano y su dudosa situación, nos proponen préstamos, apoyos y ayudas, pero siempre simultáneos a una amenaza expresa o velada.

Somos, ambos países, como dos vecinos del mismo condominio; tenemos que vivir uno al lado del otro o según se vea, uno encima del otro; nuestro país tiene una forma parecida a un gran triángulo, cuya hipotenusa da al norte, en una extensa frontera de más de 2 mil kilómetros, y el vértice hacia la América Latina. Allí nuestro territorio se angosta y apenas si tocamos el istmo que comparten las repúblicas centroamericanas. Esto es, hacia el norte hay un gran espacio abierto y de comunicación intensa; hacia el sur, nuestro punto de contacto se estrecha y es de tránsito difícil y agreste.

Estas realidades y otros factores nos han hecho geográficamente parte de Norteamérica, y el peso de nuestros vecinos nos arrastra y nos aleja de la realidad sociocultural hispanoamericana o latinoamericana, como se prefiera, comunidad a la que pertenecemos naturalmente, por historia, carácter, religión, idioma y cultura.

El desequilibrio en las economías, el poderío militar y político de Estados Unidos ha hecho que nos vean como sus vecinos pobres, molestos y complicados, a los que hay que tolerar y ayudar, siempre y cuando hagan las cosas como ellos digan. En el extremo de este pensamiento, a fin de cuentas discriminatorio, somos algo más o, peor aún, algo menos que el vecino incómodo: somos el intruso que se ha colado en el patio trasero.

Durante distintos periodos de nuestra historia algunos gobernantes han tenido la dignidad y el patriotismo de establecer reglas de respeto y de justicia en las relaciones recíprocas. No podemos ni debemos pelearnos; la convivencia y la concordia son necesarias, pero es indispensable mantener una actitud de respeto hacia nosotros mismos, para exigir con ello el respeto que nos deben tener los de afuera.

Lamentablemente, durante al menos tres décadas la posición de precario equilibrio y la actitud de dignidad, han cedido el paso a un papel oficial de abierta imitación extralógica, actitud asustadiza y proclividad al sometimiento.

Algunos futurólogos predicen la aparición, al correr de los años o de los siglos, de un Estado nuevo que surgirá en ambas fronteras, como una barrera que separe a Estados Unidos de nuestro país; otros se lamentan de que la miopía de los franceses haya hecho que perdieran Luisiana por una bicoca y que la barrera no haya sido el desierto, como Sebastián Lerdo de Tejada creía, pero el desierto a fin de cuentas fue superado. Otros más lamentan que no hayan surgido una o varias repúblicas en lo que son ahora los estados del sur, como California y Texas. Lo real es que no hay barreras entre nosotros y así lo debemos asumir.

Por eso mismo tenemos que buscar y encontrar formas y maneras de ser nosotros mismos y, hasta donde tengamos energía, lo mejor de nosotros mismos, para lo cual es indispensable valorar lo nuestro. Lo más significativo de México es su integración en una nación bien identificada, aun cuando en constante proceso de consolidación. Una nación es un pueblo que comparte una cultura; si queremos seguir siendo nación, prerrequisito para ser un Estado sólido, debemos defender nuestra cultura, nuestras raíces y nuestro patrimonio nacional.

Cuando, como ahora, tengamos que dialogar con los variopintos gobernantes de nuestro poderoso vecino, no está de más recordar a diputados, senadores, diplomáticos y al mismo titular electoralmente impugnado del Ejecutivo que no surgimos de la nada, que tenemos una historia y un impulso que deben tomar en cuenta cuando traten con sus contrapartes.

Para ello, traigo a cuento una anécdota de ese roble del pensamiento hispánico que fue don Miguel de Unamuno. Cierta vez alguien elogiaba en forma exagerada delante del autor de El sentimiento trágico de la vida, a los ingleses, por ser inventores de aparatos y de artefactos. Impaciente, con su voz de trueno, Unamuno cortó bruscamente la conversación espetando: que inventen ellos, lo nuestro es otra cosa.

Y otra remembranza para fortalecernos ante quienes tratan de convertirnos en espejo de sus instituciones y de su decadente cultura: Rubén Darío, el poeta nicaragüense, en su Oda a Roosevelt, le recordaba al presidente del Estado vecino, primero de ese apellido, que la América mestiza vive y vibra y que hay mil cachorros sueltos del león español.

México, como en otras épocas y en otras ocasiones lo ha hecho, debiera estar del lado que le corresponde, que es con las demás naciones latinoamericanas, resistiendo a la prepotencia y al abuso y recibiendo con dignidad y respeto a nuestros visitantes, pero con un poco más de gallardía y patriotismo.