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El sonido Santana
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Aves en el diapasón. Aves canorasFoto Fernando Aceves
Periódico La Jornada
Sábado 28 de marzo de 2009, p. a15

Santana, el otro.

Apenas enseguida de entrada la primavera 2009 (viernes 20, 05:44 horas), la noche del domingo 22 de marzo la energía positiva se concentró en un domo gigantesco de cobre, el Palacio de los Deportes, donde se escanció en cerca de 20 mil almas una luz azul tenue que fue creciendo, creciendo, creciendo hasta convertirse, el todo, en una burbuja fresca y rebotante de alborozo, armonía, tranquilidad.

Lo acontecido aquella noche fue puntualmente registrado por el maestro Raúl de la Rosa en la edición del martes 24, en La Jornada. Una máquina perfecta de hacer música (como documentó El Caballero de la Rosa, que es también el título de una ópera de Richard Strauss), efectivamente, fue la conjunción de una docena de músicos de niveles, capacidades y logros en aproximación asombrosa hacia lo místico, una vez rebasado lo técnicamente óptimo.

Fue Santana, el otro, es decir el que no está sentado en el cuerno de la Luna, rascándose el ombligo y haciendo discos con celebridades light, es decir, acomodado en las mieles del negocio de la música, sino por el contrario fue, la noche del domingo, Santana el hacedor de un sonido único e irrepetible, que es identificado como El Sonido Santana (por cierto, bonita broma del de Autlán, Jalisco, cuando jugueteó en sus improvisaciones con una rolita de La Santísima Santanera, jajá) y esto fue que se sentó sobre un monitor, al lado de su alter ego Cití (Chester Thompson), como le viene en gana de repente a los cronopios, él solito con su guitarra en brazos y la acarició, le dijo cosas al oído, la puso muy cerca de su corazón y ella, su guitarra, soltó el vuelo de las aves que tiene inscritas en el diapasón y dijo los poemas de amor más venturosos que se hayan dicho después de los 20 y la canción desesperada de don Pablo, el cartero.

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Carlos Santana y su guitarra. IdilioFoto Fernando Aceves

Como nunca, aquella noche se hizo evidente la vertiente poderosa de una de las influencias mayores de Santana: el guitarrista húngaro Gabor Szabo (1936-1982), de quien prácticamente Santana, el otro, copia frases, pasajes, síncopas, párrafos completos y los unta al espíritu que aprendió a decir del brasileño Bola Sete (1923-1987) y lo juntó con el punto de guajira y el blues, blús, bluuuuuuusssss.

Ese concierto dejó las cosas tan ordenadas, tan claras, tan prístinas y transparentes que lo que sigue es una revisión de la discografía santanesca (santanera, santánica majestad, santanusca, santa santana, santadera, y olé) desde esa perspectiva, la que dictó la noche del domingo, la de la máquina perfecta de hacer música (Tiempo de Blues dixit).

Por lo pronto, junto a las fotos del concierto, y las imágenes del primer Woodstock, que ahí también se revivieron, van algunas portadas. La clave es el concepto jam, es decir el placer improvisatorio, la música que se hace por placer. Sencillamente por gusto, es decir, por amor. También, el disco del león en la portada, y Abraxas, esa belleza negra escapada de un óleo de Diego Rivera, o el éxodo Caravanserai.

Santana, el otro.

Pablo Espinosa