Opinión
Ver día anteriorMartes 10 de marzo de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El corazón del Bicentenario
F

iesta, necesidad de reflexión, fortalezas y debilidades de lo que hemos sido y tenemos como país, según se decidió tras la Independencia: un destino propio está en puerta.

El presagio de un estallido centenario, teniendo como prueba 1910, cuando los festejos del centenario por Porfirio Díaz y la inauguración de obras expresaban grandeza, gobierno fuerte, economía sana. Hace cien años no existía la palabra crisis y en las fiestas del centenario Porfirio Díaz puso las primeras piedras para levantar los monumentos a Pasteur, Washington, Isabel la Católica y Garibaldi. Inauguró la estatua al barón de Humboldt en la Biblioteca Nacional; el manicomio de la Castañeda, en Mixcoac, y la Escuela Nacional de Maestros.

En un 15 de septiembre apoteósico hubo desfile recordando toda la historia de México: desde la época prehispánica, la conquista, hasta llegar a la grandeza del México independiente en 1810. En la conmemoración se inauguró la columna de la Independencia en Reforma, donde Salvador Díaz Mirón leyó su poema Al buen cura, y Porfirio Díaz, siempre rodeado de diplomáticos, recibió el uniforme de José María Morelos, devuelto por el rey Alfonso XIII, de España.

También en septiembre se inauguró el Hemiciclo a Juárez, en la Alameda, y en un acto de gran solemnidad fue inaugurada, el 22 de septiembre, la Universidad Nacional de México. Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública, acompañó a Díaz en el acto. Varios de aquellos pasaron a la cantina El Nivel (hoy cerrada) a tomar anís y coñac.

Como hoy, el Poder Legislativo de ayer esperaba el gran recinto que albergaría sus trabajos y el 23 de septiembre fue colocada la primera piedra de la estructura de hierro que hoy conocemos como Monumento a la Revolución, que sería sede del congreso. Como hace cien años, hoy el Senado levanta también, a corta distancia de ahí, el sitio que representa al pacto federal.

¿Y los pobres de hace 100 años? ¿Y la situación de los barrios y colonias que rodean esos grandes escenarios de la historia de México?

Hace 100 años, a sólo un par de meses de estos festejos, que buscaban transmitir estabilidad y poder, el país estalló en pedazos.

Ya desde entonces, vivir en la capital era un privilegio. Si hoy Ciudad Juárez está lejos y vemos la violencia allá como si fuera Irak, en aquel 1910 la frontera norte, la sierra y los insurrectos de Tomochic, las huelgas de los mineros de Cananea, e inclusive de los obreros textiles de Río Blanco estaban del otro lado del mundo.

El abigeato y los robadores de ganado eran el crimen organizado de la época, claro que, en proporción, la violencia era menor a la actual.

Para nuestras fiestas del Bicentenario la disyuntiva es si los gobiernos van a querer correr una cortina sobre lo que realmente somos y hacer de la conmemoración una fiesta del poder, del autoelogio y la opulencia inmobiliaria.

Hoy, por las razones de hace 100 años, está incluida la visión cíclica de que el país está marcado por el oráculo de que cada siglo ajustamos cuentas ante tanta injusticia y nos sublevamos. Pero, ¿y si no?

Tal parece que la estabilidad en el corazón del Bicentenario, es decir, la capital, podría conducirnos a una idea falsa del país que somos y agrandar la confusión de lo que queremos ser.

De ahí la necesidad de una conmemoración y rememoración de las centurias, capaz de abrir el debate nacional, la reflexión de lo que somos y nuestra relación con el mundo. La extensión de la nación mexicana y su cultura, cuando millones de ciudadanos de nuestro país han tenido que irse por razones económicas y falta de oportunidades que México ya no ofrece para los propios.

Con el antecedente de los mexicanos que fueron a Europa a invitar a México a un emperador para gobernarnos, quedó escrito que los mexicanos al salir del territorio perdemos nuestros derechos políticos, y esto ha hecho que millones de mexicanos estén sin defensa ni protección nacional. La nación, según este concepto, resta a los que se van.

La demanda de Nicolas Sarkozy, presidente de Francia, solicitando el traslado de su connacional, acusada de secuestro en México, está basado en lo que países como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Japón, por citar algunos, consideran que sus naciones se extienden hasta donde viva uno de sus connacionales y los protegen frente a otras leyes.

La Guerra de los Pasteles como base de la guerra con Francia y las deudas de Jeker, injustamente sirvieron de pretexto para invadirnos. Comparando: México sería más grande si cambiara el concepto de nación y lo extendiera hasta donde van los mexicanos y no sólo los que estamos en el territorio. A 200 años de su Independencia, México abandona a millones que buscan su derecho al trabajo. Hoy, a casi 200 años del Bicentenario y 100 de la Revolución, el momento es para expresarnos todos y estar presentes como somos. La fiesta sólo será tal, si es incluyente y no se pretende, como Porfirio Díaz, esconder la bomba que le estalló en las manos.