Usted está aquí: lunes 8 de diciembre de 2008 Política Paso en falso

Jorge Durand

Paso en falso

La noticia corrió como pólvora en la prensa internacional. “México levanta su muro.” Así cabeceó el periódico español El País la nota sobre el acuerdo entre México y Cuba para deportar a los balseros e inmigrantes que llegaran al país sin documentos o que permaneciera más del tiempo permitido por las visas. Más aun, se afirmaba que “existe la teoría de que México ha dado el paso de cerrar la frontera sur como gesto de intercambio político para agilizar la reforma migratoria que tanto favorecería a millones de sus ciudadanos”.

Desde hace tiempo se ha comentado y justificado la detención y expulsión de migrantes en tránsito hacia Estados Unidos por parte del gobierno mexicano a cambio, se dice, de una eventual regularización de sus migrantes en el otro lado. De ser así, donde una parte pone todo y la otra nada, parece una manera rara de negociar.

El problema radica en que los gestos amistosos de México no significan nada para el Congreso estadunidense que en última instancia es el que va a decidir. Se trata de un Congreso que no sólo exige que se detenga a los migrantes en tránsito, sino además que México ponga en marcha de manera efectiva un programa que limite la salida de sus nacionales.

Las leyes migratorias en Estados Unidos son de aplicación general. En muy pocos casos se hacen excepciones con países o grupos. Los cubanos, por ejemplo, que tienen derecho ilimitado al asilo si llegan por tierra y pisan el suelo estadunidense con los pies secos.

Si se da una reforma migratoria será de corte general donde los buenos modales unilaterales no van a contar. Tampoco servirán bravuconadas como la de Felipe Calderón si se renegocia el Tratado de Libre Comercio (TLC): “El día que se cierre el acceso de productos mexicanos a Estados Unidos, esos migrantes van a brincar el río o la barda o lo que le pongan. Es un hecho” (La Jornada, 23/11/08).

Lo que sí es un hecho es que en los 14 años de vigencia del TLC no se ha cerrado el acceso a los productos mexicanos de exportación y los migrantes se han seguido yendo, cada vez en mayor número, al otro lado. En este momento, lo único que ha frenado el flujo de salida son la crisis y el desempleo que se vive en el país vecino y que es duramente resentido por los migrantes.

Como quiera, independientemente de los tratados comerciales, la crisis y las posibles reformas migratorias, lo que nos debería preocupar es que México va a contracorriente de lo que sucede en América Latina. México está cerrando las puertas y nuestros vecinos del sur las están abriendo. En Centroamérica se estableció el programa CA4 que permite el libre tránsito entre Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Honduras. En América del Sur existe desde hace un tiempo la libre circulación de las personas entre todos los países de la región. Los sudamericanos pueden transitar libremente entre los distintos países sólo con un documento nacional de identidad.

En México sucede lo contrario. En estos momentos, nuestro país exige visas a la mayoría de los países latinoamericanos. Las excepciones son  Argentina, Costa Rica, Chile y Uruguay, además de nuestros vecinos de Guatemala y Belice, a los cuales sería muy complicado y antieconómico exigirles visa (por el momento).

La exigencia de visas a países como Belice, Bolivia, Brasil, Cuba, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana tiene que ver con dos criterios: controlar la migración en tránsito y el narcotráfico, que también va en tránsito hacia Estados Unidos.

El caso más reciente de restricción al libre tránsito fue el de Brasil. Hace un par de años la cancillería mexicana confirmó que llegaban alrededor de 90 mil brasileños al año y sólo regresaba una cuarta parte a su país. Obviamente, porque utilizaban a México como vía de entrada a Estados Unidos. Llegaban como turistas a Cancún, de ahí saltaban a Hermosillo, en Sonora, donde los esperaba una red de contactos y coyotes que los trasladaba a su destino final.

Brasil es una nación de escasa tradición y volumen en el flujo migrante a Estados Unidos, pero el aumento de los últimos años desató la alarma. Las notas diplomáticas de México a Brasil no eran respondidas. ¿Qué podía hacer el gobierno de Brasil con sus connacionales que decían que iban de vacaciones a Cancún? Nada, obviamente. Del mismo modo que México no puede hacer nada con los que van de vacaciones a Disneylandia o Europa y no regresan.

La situación cambió cuando el asunto empezó a preocupar a nuestros vecinos del norte. La exigencia no se hizo esperar. México tenía que imponer visa a los brasileños. Dicho y hecho. Desde entonces, son menos, evidentemente, los brasileños que llegan a México. No sólo los que proyectaban ser migrantes, sino también turistas, profesionales, comerciantes, académicos, empresarios, estudiantes. Por añadidura, los mexicanos no podemos ir sin visa a Brasi: requerimos de una que cuesta tiempo, dinero y molestias.

México era un país admirado y querido en toda Latinoamérica. La gente era admiradora de la historia y la cultura mexicana, de las canciones, las películas rancheras, incluso del Chavo del Ocho. Era admirado, además, porque no se había doblegado ante la política imperial: mantuvo relaciones con Cuba y proporcionó asilo a miles de militantes de izquierda que huían de los tiempos oscuros de las dictaduras latinoamericanas: argentinos, chilenos, uruguayos, bolivianos, nicaragüenses, salvadoreños, guatemaltecos.

Ésos eran hechos palpables y admirables, no la retórica oficial actual que declama que hay que “redoblar esfuerzos a favor de la integración regional, ya que del río Bravo a la Patagonia los lazos históricos y culturales son indestructibles” (La Jornada, 26/11/08).

Habría que preguntarles su opinión a los centroamericanos, sudamericanos y cubanos que día con día son deportados de nuestro territorio.

 
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