Usted está aquí: viernes 24 de octubre de 2008 Política Las nuevas amenazas, las nuevas esperanzas

Magdy Martínez-Soliman*

Las nuevas amenazas, las nuevas esperanzas

La Organización de Naciones Unidas fue creada en 1945 ante todo, como reza su carta constitutiva, para preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra y asegurar que jamás volvieran a repetirse sus horrores. Sesenta y tres años después, las amenazas a la seguridad mundial rebasan con creces el esquema tradicional de guerras y conflictos entre estados y han adquirido un carácter y dimensión inéditos.

Las nuevas amenazas a la paz y la seguridad comprenden aspectos como la pobreza, las pandemias, la degradación del medio ambiente y el calentamiento global; los conflictos intra e interestatales, la proliferación y amenaza de uso de armas nucleares, radiológicas, químicas y biológicas; el narcotráfico, el terrorismo y la delincuencia organizada trasnacional, entre otros. Además, estas amenazas provienen tanto de actores estatales como no estatales, rebasan las fronteras nacionales y afectan a estados, comunidades e individuos.

Muchos progresos en materia de desarrollo se ven obstaculizados por estas “nuevas amenazas a la paz y la seguridad”. Como señaló el secretario general de las Naciones Unidas en su informe del año 2005, hoy en día la seguridad colectiva depende de que se acepte que las amenazas que cada región del mundo considera más urgentes tienen de hecho la misma urgencia para todos.

La humanidad no podrá tener seguridad sin desarrollo y no podrá tener desarrollo sin cooperación internacional para la seguridad. Es evidente que los problemas de seguridad para los países nórdicos, que se hallan entre los primeros lugares de los rankings de desarrollo humano, desarrollo sostenible, progreso tecnológico y competitividad, no serán los mismos que para un campesino en China o un adolescente de la ciudad de México o de San Pablo. En América Latina la tasa de homicidios de 2006 triplica por tres el nivel de la “criminalidad epidémica” que, según la Organización Panamericana de la Salud, ya implica un nivel crítico, y es más que una situación sólo delicada. Al mismo tiempo, la región es, según las mediciones de los informes de Desarrollo Humano del PNUD, tierra donde la desigualdad es el resultado más visible de la pobreza.

Por ello, el crecimiento y la estabilidad de la economía son fundamentales para el desarrollo humano, pero su valor es limitado si no están acompañados de una distribución más equitativa de los recursos, mejor acceso a la educación, atención a la salud y políticas económicas y sociales respetuosas del impacto en el medio ambiente. El acceso equitativo a los recursos, los conocimientos y las condiciones de salud de las personas, así como la adquisición de otras capacidades fundamentales, representan la ampliación de la libertad real de la que pueden gozar para elegir la forma de vida que desean, fin último del desarrollo humano.

Si bien los retos de la seguridad en América Latina están muy vinculados con los temas sociales y económicos de la región, también lo están al contexto mundial. El actual momento de turbulencias, y de los distintos tipos de amenazas a la seguridad a nivel local, regional, nacional e internacional, explica la vigencia y necesidad de instituciones como las Naciones Unidas. Es por medio del consenso que podemos movilizar grandes voluntades políticas. Estamos sin lugar a dudas en el momento imprescindible de las alianzas y México tiene un papel sin igual que desempeñar.

Los Estados Unidos Mexicanos son un firme promotor del desarme, la no proliferación y la ayuda humanitaria. Participan activamente en los debates acerca de la reforma de la ONU y en la lucha contra la delincuencia internacional; son un ejemplo de cooperación Sur-Sur, entre otros, por su aportación a la asistencia electoral en muchos países, algunos en momentos clave de su transición a la democracia. Sin embargo, todavía la comunidad internacional aguarda que la cooperación de México pueda traducirse a terrenos hoy día ausentes, como es completar mediante la aportación de tropas la contribución con valiosísimo personal civil y recursos logísticos y financieros a las operaciones de mantenimiento de paz. El debate sobre la participación en estas operaciones no ha alcanzado el consenso necesario y requiere proseguir una discusión seria y objetiva, basada en hechos y realidades. Desde su asiento en el Consejo de Seguridad, el Ejecutivo del país va a decidir sobre todas estas operaciones. La percepción internacional es que ese tal vez sea el único de los grandes terrenos del multilateralismo en el que todavía se espera a México.

Corresponde a la comunidad mundial y a la ciudadanía de cada país influir para que este momento de incertidumbre no sea presagio de conflictos más generalizados, desigualdades más profundas y la erosión del estado de derecho, sino por el contrario, pueda aprovecharse para renovar nuestras instituciones y prácticas en pro de la paz, la prosperidad y los derechos humanos. Ha llegado el momento de pasar a la acción, y México, con su diplomacia y su intelectualidad al frente, está actuando en la dirección de aunar paz, seguridad y desarrollo, tierra adentro y más allá de sus fronteras.

* Coordinador residente de las Naciones Unidas en México

 
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