Usted está aquí: martes 29 de abril de 2008 Cultura Ahítos de fuego y agua, miles de cuerpos hicieron química fantástica

■ Músicos mixes y bosnios clausuraron el festival del Centro Histórico

Ahítos de fuego y agua, miles de cuerpos hicieron química fantástica

■ Inolvidables, los 10 días que hicimos música para México: Bregovic

Pablo Espinosa

Ampliar la imagen Daniela Radkova con rosas en el pelo y a los pies jazmines. Con Ludmila Radkova encarnó El Misterio de las Voces Búlgaras. Su sonrisa-pararrayos y sus melopeas convocaron una lluvia pertinaz de bendiciones, fuego musical y agua sobre 15 mil cuerpos la noche del domingo, en la plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico Daniela Radkova con rosas en el pelo y a los pies jazmines. Con Ludmila Radkova encarnó El Misterio de las Voces Búlgaras. Su sonrisa-pararrayos y sus melopeas convocaron una lluvia pertinaz de bendiciones, fuego musical y agua sobre 15 mil cuerpos la noche del domingo, en la plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico Foto: Luis Humberto González

La versión 24 del Festival de México en el Centro Histórico culminó en una apoteosis bajo la lluvia. Unas 15 mil personas, de acuerdo con la cifra oficial, cubrieron cada milímetro de la Plaza de Santo Domingo cubiertos a su vez por una lluvia pertinaz de agua y fuego.

El chapuzón pluvial y las cataratas calcinantes que expelían dos bandas en escena, una de alientistas indígenas oaxaqueños y otra de gitanos balcánicos, mojaron esos cuerpos henchidos de placer. Una humareda apenas perceptible expelía la masa corporal, derretida por el magma volcánico de la música chisporroteando con las gotas de agua.

De blanco, sudoroso y feliz, Goran Bregovic selló así su aventura mexicana desde el micrófono central: “hay momentos que uno vive con tal intensidad que quedan para siempre en la memoria. Nunca olvidaré estos diez días en que hicimos música para México”.

Compases de siete, nueve y hasta de 13 octavos, una polirritmia bestial, desenfrenada salía de las trompetas de Bokan Stankovic y Dalibor Lukic, de inmediato contestadas con ímpetus mayores por las trompetas de Indalecio Martínez y Mauro Kuxvic.

Pedales armónicos formados por la velocidad de notas sueltas a vuelo de colibrí del sax y el clarinete del serbio Stojan Dimov se amplificaban y granulaban con la flauta traversa de Concepción Hernández, niña de 13 años que caminó hasta la ciudad de Oaxaca kilómetros desde su pueblo, Santa María, y recibían ecos ondulatorios de otro niño músico (que es lo mismo que decir ángeles músicos) que activaba el clarinete como solamente un niño mixe puede hacerlo.

Las llamadas celestiales del Misterio de las Voces Búlgaras, encarnado por Ludmila Radkova y Daniela Radkova colocaban el sonido hacia arriba para luego deslizarlo hacia los lados, en un prodigio canoro que solamente las aves y las sirenas y los seres mitológicos más bellos pueden hacerlo.

Y todo eso era amplificado por los jóvenes y niños músicos de San Juan Juquila, San Isidro Huayapam, Santo Domingo Xagacia, Zaachila y otros poblados oaxaqueños donde mora el misterio de la música.

La más poderosa de las artes

El concierto de clausura del Festival de México en el Centro Histórico significó la despedida de la Banda de Boda y Funeral de Goran Bregovic, quien desde el templete celebró estos ritos mágicos que ofició con miles y miles durante los 10 días que conmovieron a multitudes en México.

Por ese extraño logro de intimidad al aire libre, de comunión multitudinaria y sobre todo por la calidad musical lograda, el mejor concierto de la gira fue el de Oaxaca.

El del domingo en la Plaza de Santo Domingo de la capital mexicana fue el más explosivo, el más eufórico y delirante dada la cantidad de gente hecha una y que mostró a la música, nuevamente, como la más poderosa de las artes.

No importó que el concierto se realizara en el exilio, desplazados todos estos cuerpos del Zócalo, ocupado por la alianza del gobierno capitalino con Televisa, que tomó por asalto el automatismo de convocar más de 8 millones de personas desde el 18 de enero mediante un bombardeo de espots a la apoteosis de lo bonito: la exposición Cenizas y nieve, y refrendó aquel viejo chiste que refleja la triste realidad de México: que Televisa es la verdadera Secretaría de Educación Pública.

La gente se preguntaba el porqué de tal exilio, si un festival se prepara con tanta anticipación y cada clausura del Festival del Centro Histórico ocurría de manera normal en el Zócalo. No importaba en el momento del concierto nada de eso, mucho menos la lluvia que arreciaba sin que nadie se moviera de su centímetro cuadrado de ese confinamiento al que fue relegado, pues no es necesario ser agrimensor ni estadístico para observar la diferencia de metros cuadrados entre el Zócalo y la Plaza de Santo Domingo. Y qué decir de las muchas incomodidades de todo tipo.

Lo que sí importó fue la música. Al grito enardecedor de Puuutsaaáááá desde la garganta de Bregovic su banda aceleraba la velocidad de las solfas hirvientes y eso se convertía en un oleaje interminable de cuerpos despidiendo vapores calcinados: el calor interno y la frialdad de la lluvia en una química fantástica. Miles de cuerpos empapados hasta el tuétano, preñados de fuego y agua sin hacer corto circuito.

Goran Bregovic en México. Gran hito cultural.

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.