Usted está aquí: martes 12 de febrero de 2008 Cultura Historias en discusión permanente

Teresa del Conde/ II y última

Historias en discusión permanente

En mi texto anterior abordé la cuestión de la tendencia a formular historias del arte lineales, que empiezan en el paleolítico y terminan con las modalidades más recientes, por lo común vinculadas con la ciencia o la antropología, como sucede con el llamado nano-art, que no debe confundirse con la microfotografía.

Todo depende de la acepción que se dé a la palabra “arte”, la cual no posee ninguna connotación sacralizada y que hoy día ni siquiera tiene que ver con la belleza, menos aún con la innovación o con la concreción técnica adecuada, cosa esta última que siempre es deseable, ya se trate del Piss Christ, de Andrés Serrano; de las instalaciones de Melanie Smith, artista sobre la que acaba de aparecer un libro publicado por Turner que recoge en lo fundamental su exposición en el museo del Chopo, o con la recién inaugurada exposición La señora de las moscas, de Manuel Marín, en el Museo José Luis Cuevas, prologada por Margo Glantz.

Los tres ejemplos reúnen la congruencia técnica adecuada, si bien es cierto que de momento no es posible calibrar los dos primeros, salvo en reproducciones fotográficas, situación que difiere de la observación directa de los productos, como sucede ahora en el tercer caso.

El primer ejemplo: Piss Christ fue formulado como una violación a lo admisible desde el punto de vista del respeto que cualquier creencia religiosa amerita, pero no por eso deja de ser un trabajo serio. Lo que provocó fortísima polémica cuando se dio a conocer, fue el título. Si se le hubiera denominado simplemente “Cristo en ambiente ambarino” nada hubiera sucedido, pero tampoco se hubiera generado el furor que la pieza desencadenó, que era lo que el artista se proponía y que sin duda lo catapultó a la fama. ¿Esto hace desmerecer su condición de artista?, mi respuesta sería que no, porque aunque es deseable que la estética se conjugue con la ética, como quería Kant y como también propuso su antecesor, el escocés David Hume, hoy día eso no suele suceder.

Desde hace tiempo la moción de epater tiene que ver más con ese hecho que con cualquier otro, de lo contrario, la artista Orlane no se sometería a las intervenciones quirúrgicas que realiza para modificar su aspecto, pero es precisamente allí, nos guste o no, donde se finca su quehacer artístico, como sucedió con la bala que se hizo disparar en su brazo izquierdo Chris Burden, en 1971, comentada en mi anterior nota. Burden, como Orlane, se sometió a un daño físico; en cambio, Andrés Serrano sólo tuvo que soportar embates de la censura y de la crítica, sin tener que ir a un hospital.

Piss Christ no es un Cristo que orina, es una fotografía cibachrome grande (1.50 x 1.20) que –de eliminar el título– sería tomada como lo que es: una impresión fotográfica. Para eso habría que ignorar la índole del líquido en la que está inmerso un crucifijo de plástico. El producto resulta hermoso, y hasta misterioso, porque no entrega la índole kitsch del material plástico propio de ese crucifijo en lo particular, tampoco la contextura y menos aún el olor de la orina, aunque sí su índole burbujeante, que puede analogarse al de la cerveza o al de cualquier otro líquido coloreado y gasificado, pues la fotografía no está manipulada.

Por eso fue que Lucy Lippard defendió al artista en el artículo que publicó al respecto hace ya más de 15 años. No obstante, me parece que –aunque Lippard tuvo razón respecto del efecto estético del cibachrome– a mi criterio su defensa de Serrano quedó comprometida al aseverar que los fluidos corporales, tomados como materal artístico, eran para él algo natural (su background)  producto de su origen neoyorquino en una minoría hispano-africana.

Serrano es un artista conceptual. Retrató  encapuchados del Ku Klux Klan y también la cabeza de una vaca degollada, a la que tituló Cabeza de vaca, espero que en recuerdo de Álvar Núñez, uno de los primeros en asentarse en territorios distantes, como Sonora y Chihuahua, hacia 1530.

Con los horrores que nos acompañan diariamente en la prensa, la radio y la televisión, referidos a hechos reales, no necesitaríamos de conclusivas impresiones cibachrome para crear conciencia, pero sucede que lo escatológico, lo necrofílico y lo sangriento ejercen fascinación. La notable artista Paula Santiago, que elabora delicadísimos ropajes infantiles decorándolos con su propia sangre, no hubiera alcanzado el merecido éxito del que goza sin perpetrar esas autoinmolaciones.

El sacrificio, y en algunos casos quizá su simulacro, se convierten en necesidades expresivas y así fue en culturas muy antiguas, los mayas se sangraban los genitales con sentido ritual, y el dios bíblico, Yahvee, que los cristianos heredamos, ordenó a Abraham degollar a su hijo como si fuera un carnero, aunque afortunadamente a última hora vino un ángel que lo impidió. Tanto Caravaggio como Rembrandt se regocijaron bastante con esta escena, transfiriéndola a auténticas masterpieces, con derramamiento de pigmentos al óleo, pero no de sangre.

 
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