Usted está aquí: domingo 27 de mayo de 2007 Mundo Francia y la política por arriba

Angel Luis Lara *

Francia y la política por arriba

La composición del primer gobierno de Nicolas Sarkozy en Francia nos habla de cómo la política por arriba se transforma definitivamente en producción de signos que, como apuntaba el subcomandante Marcos hace unos días, cotizan en la nueva bolsa de valores de la política moderna: los medios de comunicación. Aparentar y aparecer son dos elementos irrenunciables para aquellos que entienden la política como ejercicio de la representación. La política por arriba camina con velocidad de crucero hacia su conversión definitiva en espectáculo. Recrea la apariencia de su actividad como simple apariencia, mientras tras el telón de la vida de los de abajo se paga con el dolor de los estragos que impone. En el fondo todo es un problema de comunicación, hasta las piedras y los coches quemados en los barrios más jodidos tras la victoria del líder de la derecha francesa. Si el juego es aparecer, los jodidos han demostrado que saben hacerse visibles, pero al revés: los signos de su rabia no indican apariencia, sino la irreductible materialidad de la ingobernabilidad que va a acompañar el mandato de Sarkozy los próximos años.

Sarkozy ha construido un primer Ejecutivo que ha cuidado la paridad de género: siete mujeres y ocho hombres. Entre la composición del nuevo gobierno ha incluido elementos de talante moderado, algunos incluso salidos de las propias filas de la izquierda. Eric Besson, antiguo secretario nacional de economía y política fiscal del Partido Socialista, ha sido nombrado secretario de Estado. Bernard Kouchner, fundador de las ONG Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo, ha sido elegido por Sarkozy para dirigir el Ministerio de Asuntos Exteriores y Europeos. La estrategia de los partidos de izquierda de cara a los próximos comicios legislativos de junio, basada en la enunciación repetitiva del extremismo de la derecha, ha sido temporalmente inmovilizada en el terreno de los imaginarios colectivos. Pero más allá de ello, el inteligente movimiento simbólico del nuevo presidente nos aporta algunos elementos interesantes para la reflexión.

Francia es el último episodio europeo de la simbiosis general de la clase política. Izquierda o derecha son vectores ya únicamente retóricos por arriba. La distinción se hace cada vez más difícil. En un escenario de redefinición absoluta de la soberanía y de paulatina volatilización de los estados-nación, los grandes partidos no hacen más que interpretar la partitura escrita en los centros de decisión global de la macroeconomía. Evidentemente, sería irresponsable afirmar que son todos iguales, pero quizá lo único que los distancie en lo relevante sea cada vez más una mera diferencia de intensidad. El debate televisivo entre Segolene Royal y Nicolas Sarkozy horas antes de que se abrieran los colegios electorales en Francia dejó sobre la mesa un cúmulo de tics comunes y ejercicios de simbiosis. De la sonrisa artificial y seductora con la que Sarkozy trataba de emular a su oponente, al corte evidentemente militar del cuello de la camisa que vestía Royal para compatibilizar con el espíritu autoritario que caracteriza al líder de la derecha francesa. Decía Guy Debord que el espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen. Los partidos lo saben. Sarkozy está consciente de que ahí se juega gran parte de la partida y ha movido ficha.

La política por arriba reduce la población a electorado, igual que la industria televisiva ordena a la gente en forma de audiencias. Son dos mercados muy parecidos que mutan a los ciudadanos en objetos gobernables a través del cálculo. Sin embargo, de la misma manera que las nuevas tecnologías y las nuevas formas de vida están descontrolando la relación que tenemos con el medio televisivo, obligando a la industria a correr por detrás de las innovaciones que se dan en los comportamientos, ya no votamos de la misma manera: el cálculo cuantitativo por arriba se topa cada vez más con variables cualitativas que innovan y alteran tanto las viejas dinámicas electorales como el propio valor de la representación política. La ilusión y el compromiso democrático en el ejercicio del voto son ya prehistoria. Ya no votamos en apoyo de un proyecto, sino en contra de otro. Para los de abajo, sufragar no implica ya un ejercicio de compromiso: resulta simplemente un movimiento táctico. El voto negativo es el comportamiento más prolífero entre la gente de izquierda. La inmensa mayoría de los sufragios recabados en Francia por Segolene Royal han sido contra Sarkozy. Ni más ni menos. ¿Es eso indicador de salud democrática?

Una última cosa. La inclusión en el gobierno de Sarkozy de Bernard Kouchner, destacado representante del universo ONG, quizá constituya el cierre de un círculo. La emergencia de nuevas soberanías en el contexto del desarme mundial del tradicional Estado-nación está caminando en paralelo a la erosión de derechos sociales y a la intensificación de los procesos de producción de desigualdades. Por arriba, las organizaciones no gubernamentales se han convertido en agencias subsidiarias que tratan de mantener con mínimos costos algunas de las funciones que tradicionalmente venían desarrollando los estados, sin alterar un ápice los programas generalizados de privatizaciones y recortes sociales. Para el neoliberalismo, las ONG constituyen una especie de neobeneficencia revestida de un componente simbólico solidario. La participación de Kouchner en un Ejecutivo conservador en Francia representa la renuncia definitiva a la autonomía crítica y programática de ese tipo de instituciones sociales. Mirar críticamente el significado y la evolución de las ONG en el mundo globalizado es ya una obligación ética irrenunciable.

(*) Universidad Complutense

 
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