Usted está aquí: jueves 9 de noviembre de 2006 Cultura Roma, ciudad abierta

Margo Glantz

Roma, ciudad abierta

Roma, ciudad maravillosamente conservada, obvio, pero cierto. He estado varias veces: nunca la había gozado tanto, aunque ese placer se enturbiaba a menudo ante las noticias sobre México en La Reppublica, en Le Monde, en El País, en el ABC. Pues sí, Roma bien vale una misa, las que se ofician todo el tiempo en las iglesias vacías, casi todas visitadas sobre todo por turistas o por viejitas con rosarios, parecidas a las que veíamos in illo tempore en las grandes películas italianas de la posguerra que recuerdo con gran nostalgia ante las ruinas ­que no los monumentos arqueológicos­ del cine italiano actual. El transporte urbano es malísimo, pero el destinado al Vaticano corre con perfección.

Me alojaba en la Villa Medici, un bellísimo edificio renacentista rodeado de jardines maravillosos, esos jardines con senderos bordeados de cipreses y bustos de mármol, jardines por los que erré durante dos horas y media tratando de encontrar el pabellón que me habían asignado, una suite ­helada­ con piano de cola donde residen los artistas en residencia que la Academia de Francia selecciona. Me sentía como personaje de película de Greenaway, caminando sin tregua entre árboles y estatuas y, de repente, una sombra negra, larga, amenazante, una especie de perro pavoroso, aparecía persiguiéndome. Muerta de miedo me detenía y la sombra conmigo, hasta que me percaté que era solamente mi reflejo agigantado por la luz de la luna. La villa está también llena de gatos.

Me refugié en un hermoso salón al que se accede desde la calle ascendiendo una cantidad incomensurable de escalones, bordeados también de estatuas de emperadores romanos, jóvenes desnudos y esbeltos y bustos. Allí traté de leer con calma el mapa y haciendo un esfuerzo sobrehumano (mi habilidad cartográfica es muy deficiente, jamás hubiera podido descubrir América, una de mis mayores obsesiones) entendí que había dado vuelta a la izquierda y no a la derecha.

La Villa Medici se encuentra al lado de la iglesia de Santa Trinidad del Monte, abajo, la famosa escalinata que conduce a la Plaza de España, repleta de turistas que parecen hormigas y no dejan libre ni un centímetro de paso. La hermosa fuente apenas logra verse. Al costado izquierdo ­si se baja­ un anuncio explica que allí vivieron a principios del siglo XIX los grandes poetas Shelley y Keats, también Mary Shelley, la autora de Frankenstein. Muchas tiendas de los grandes diseñadores ­precios sobrenaturales­ pueblan los callejones adoquinados de la bella ciudad, donde, de pronto, se descubre un templo antiguo ­el de Adriano­ adosado a un edificio de departamentos.

Al lado de mi habitación, las de Monsiváis y del padre Julián Pablos, invitados todos, con Mario Bellatín, Alejandro Gómez de Tuddo, Carlos Bonfil y Enrique González a participar en un coloquio sobre Cine y misticismo, realidad y ficción, organizado por la académica y escritora Dominique de Courcelles: se exhibieron y comentaron varias películas del cine español y del nuestro.

Destacaba Buñuel, aunque un padre jesuita italiano que no coincidió con varias de las interpretaciones de los mexicanos exhibió fragmentos de Los olvidados y Nazarín doblados al italiano, experiencia inolvidable y no precisamente grata oír al Jaibo o al ciego despotricar en esa lengua.

Visitamos la Villa Borghese no hace mucho restaurada, con sus Berninis ­la Dafne convirtiéndose en árbol para escapar de Apolo­ algunos Caravaggios, un hermoso Bellini, un Botticelli, la estatua famosa de Paulina Borghese esculpida por Canova. Iglesias prerrománicas con mosaicos bizantinos, detrás de suntuosos altares de mármol de todos los colores, y, descendiendo, restos de construcciones antiguas con frescos y un mitreo, esas capillas donde los soldados romanos que habían ocupado las regiones de las que ahora hablamos tanto (Persia y la antigua Asiria ­Irán e Irak­) celebraban cultos extraños que de haber superado a los cristianos habrían cambiado la historia del planeta.

Un viaje breve a Tuscania, pueblecito medieval con un paisaje que recuerda los que en los cuadros del primer Renacimiento asomaban desde los portales de las Anunciaciones.

Luego, el regreso y el anuncio de que a partir del 6 de noviembre no se podrá llevar en el equipaje de mano ni cremas, ni líquidos ni perfumes. Un artículo en Le Monde explica que Inglaterra, como bien lo había previsto Orwell, es ya el país más vigilado del mundo: ¿la amenaza de los terrorismos?

 
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