Usted está aquí: miércoles 19 de julio de 2006 Política La mancha del fraude

Carlos Martínez García

La mancha del fraude

Es perfectamente legal que Andrés Manuel López Obrador impugne en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) los resultados del 2 de julio. De la misma manera comparto con él lo que sostuvo el domingo pasado en el Zócalo de la ciudad de México. Me refiero en particular a la frase: "Un fraude electoral es una mancha que no se quita ni se borra con toda el agua de los océanos".

Por congruencia, quienes desde la oposición a la maquinaria PRI-gobierno vivimos el fraude del salinismo en 1988 tenemos que preguntarnos sobre la historia de algunos que hoy conforman el primer círculo alrededor de AMLO. Es necesario recordar dónde estaban cuando el dueto Carlos Salinas de Gortari y Manuel Bartlett Díaz confabulaba contra la voluntad popular expresada copiosamente en las urnas. El ejercicio de memoria es necesario porque varios de los ahora férreos defensores del voto popular en aquel año cerraron filas con el usurpador de la Presidencia de la República y jubilosamente se sumaron a las acciones para arrinconar al movimiento encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas. ¿De qué lado estuvieron entonces Manuel Camacho, Ricardo Monreal, Arturo Núñez, Socorro Díaz y otros connotados personajes que salieron del PRI y que en la presente coyuntura son la primera línea de López Obrador?

Es cierto que en política, como en otros ámbitos de la vida, las personas cambian, eligen una nueva identidad. Pero cuando esas transformaciones van más allá del ámbito privado y tienen repercusiones públicas, entonces quienes experimentan el cambio ideológico-político y sus consecuentes derivaciones éticas tienen la obligación de explicar claramente los motivos que los llevaron a dejar su anterior opción partidista para abrazar una nueva. No se trata de una mea culpa en el sentido religioso, pero sí de dar una explicación amplia de por qué se defendió tan vigorosamente un régimen ilegítimo para después, en sus estertores finales, distanciarse de él cuando ya no ofrecía beneficios a las expectativas para seguir escalando en la jerarquía del poder.

Para usar la imagen de AMLO, ¿cuándo, dónde, ante quiénes y cómo lavó la mancha de su participación en el fraude de 1988 Manuel Camacho? ¿Alguien me puede decir dónde encontrar un escrito, una declaración de él, en la que sin lugar a dudas haya dejado en claro cómo se perpetró el atraco electoral en el cual tuvo destacada participación? Porque Camacho fue activo negociante para que los opositores a Salinas de Gortari se vieran en la necesidad de aceptar el triunfo que el manipulado sistema de cómputo arrojó después de lo que Bartlett llamó "caída del sistema" cibernético. En una actitud que lo engrandeció entonces, y todavía más en años posteriores, Cuauhtémoc Cárdenas se negó a reconocer el obsceno procedimiento que impuso a Salinas como presidente de la nación mexicana. ¿No fue uno de los factores esenciales para que Cárdenas guardara distancia de Andrés Manuel que éste decidiera tener como uno de sus principales operadores políticos a Camacho, el eficaz consejero y mano derecha de Salinas de Gortari? Parece que Cárdenas sí está convencido de que hay ciertas máculas que son indelebles, que permanecen a pesar de todos los malabarismos para ocultarlas.

Que en las instancias legales a las que ha decidido recurrir AMLO se documenten y demuestren las denunciadas adulteraciones al proceso electoral. Pero que no se olviden momentos axiales de nuestra historia, que por el bien de todos tengan pudor algunos que en estas circunstancias reiteran que estamos viviendo un nuevo 1988. Me refiero a quienes, como Manuel Camacho, tienen información privilegiada de ese año y que para hoy confiar en ellos tendrían que revelar lo que saben y han guardado celosamente: cómo se maquinó y efectuó el fraude de hace casi dos décadas. Porque, por lo menos en el caso de Manuel Camacho, hay carencia de autoridad moral y política para demandar hoy el recuento voto por voto y casilla por casilla, cuando él férreamente se opuso a, como exigían Cuauhtémoc Cárdenas y millones de ciudadanos, limpiar una elección groseramente alterada. El vertical comportamiento de Cárdenas le valió a éste, como bien recordó ayer en estas mismas páginas Marco Rascón, ser llamado traidor por Manuel Camacho.

Me sumo a la observación hecha por Julio Hernández López, en el Astillero de ayer en el sentido de que Andrés Manuel Lopez Obrador está cometiendo un error al considerar que se realizó "un fraude a la antigüita". El tiempo, la experiencia electoral posterior a 1988 debieron dejar lecciones en uno y otro lados, y los avances tecnológicos abren ahora escenarios insospechados dos décadas atrás. Si las pruebas presentadas ante el TEPJF se basan en supuestas operaciones realizadas al viejo estilo priísta, AMLO y su equipo bien pudieran experimentar para su perjuicio aquella máxima neotestamentaria de colar el mosquito, pero tragarse el camello. Más que nunca antes AMLO necesita que su defensa la hagan nuevos ojos, avezados, para ver los nuevos paradigmas político electorales. Es hora de hacer a un lado a los sacerdotes que ayer incensaron al ídolo salinista y en el presente buscan transmutarse en profetas impolutos.

 
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