Usted está aquí: jueves 18 de mayo de 2006 Política Bush: la reforma del miedo

Adolfo Sánchez Rebolledo

Bush: la reforma del miedo

El próximo gobierno tendrá una carga muy pesada: reconstruir las líneas maestras de la política exterior, difuminadas durante un sexenio lleno de desplantes, fantasías y magros resultados. El gobierno de Fox creyó que la Casa Blanca, fuera de la retórica inaugural, recibiría con los brazos abiertos al Presidente "del cambio", por añadidura ferviente promotor de los valores del comercio "libre" y adversario del aislamiento nacionalista de México en la arena internacional. Pero se equivocó. Tras los sucesos del 11 de septiembre, la maquinaria estatal estadunidense se puso al servicio de la seguridad interna, la guerra en Afganistán e Irak, y los sueños de Fox se quedaron en el limbo.Y con ellos, el tema de la emigración mexicana a ese pais, pieza maestra en las relaciones presentes y futuras con la gran potencia.

El discurso del presidente Bush en la oficina oval demuestra que la "amistad" sí puede estar reñida con los intereses del más fuerte. A la pretensión mexicana de traducir la dependencia en una asociación virtuosa con la potencia del norte, ésta responde con recelo y desprecio, sin verdadera visión de largo plazo y desconociendo los hechos esenciales del problema migratorio, que es, en definitiva, un tema de integración y de derechos humanos.

Sin embargo, el gobierno mexicano se aferra a las palabras edulcoradas de Bush, a las explicaciones pueriles sobre la "no militarización" de la frontera y de nuevo trata de "explicar" a los mexicanos que lo dicho por la Casa Blanca no es tan malo como parece. "La veo como un punto en el cual el presidente de Estados Unidos está por primera vez pidiendo a su Con-greso que haya una reforma en la que se combine seguridad fronteriza con un programa de regularización y de trabajadores temporales; para nosotros esto es parte de la solución", explicó el obsecuente secretario Derbez.

Es obvio que por esa vía México se quedará fuera de toda solución "integral", a no ser la referente a las cuestiones de seguridad que obsesionan a nuestros vecinos, aunque no se distinga entre la delincuencia organizada a ambos lados de la línea, la represión a los "ilegales" y el combate al terrorismo.

Según el New York Times, citado por David Brooks en La Jornada, el discurso "no fue un anteproyecto para la reforma migratoria integral. Fue una victoria para el lado amedrentado del debate... para quienes dicen que los cruces de frontera tienen que ser detenidos de inmediato, con botas militares en las arenas del desierto". En su editorial, el Times critica que "en lugar de defender la verdad, Bush giró anoche en la dirección de quienes ven la inmigración, con engañosa claridad, como un problema enteramente de barricadas y de tipos malos".

Es obvio que un programa de trabajadores temporales, si bien ayudaría a bajarle presión a la frontera, difícilmente puede ser una solución verdadera para los millones que aspiran a la legalización completa y hoy; pese a lo dicho por Bush, se sienten amenazados por la agresividad racista y xenófoba de amplios sectores o condenados a una situación de provisionalidad permanente que haría de todos los hispanos ciudadanos con derechos limitados.

Está por verse si la capacidad de movilización demostrada por los hispanos puede influir o no en el debate que aún debe darse en el Senado y si su voz y su voto contarán realmente en la reconfiguración del mapa político estadunidense, insertándose en la sociedad con plenos derechos, pues quieren ser ciudadanos de ese país sin perder los rasgos de su identidad originaria. Pero en México este no es tema de las campañas.

 
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