Usted está aquí: miércoles 1 de marzo de 2006 Política Dignidad

Arnoldo Kraus

Dignidad

En Fundamentación de la metafísica de las costumbres escribe Emmanuel Kant: "En el reino de los fines, todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, tiene una dignidad". Para Kant y para cualquier ser humano que valore al otro como si fuera uno mismo, la dignidad es el valor de lo que carece de precio.

Para muchos filósofos, médicos y sociólogos, por mencionar algunas profesiones, el concepto dignidad es engorroso. Y no es para menos. La dignidad de la vida y la dignidad del ser humano son nociones personales complejas. Hay quienes prefieren seguir viviendo largos años, a pesar de ser totalmente dependientes, y hay quienes prefieren morir si padecen males incurables. La dignidad en el trabajo o en las relaciones con sus pares es también tema de estudio. Hay quienes prefieren quedarse sin empleo en vez de ser humillados. Seguramente muchos pensadores concuerdan con Kant: la dignidad es un valor intrínseco de la especie humana.

Para muchos políticos, españoles, ingleses, gringos, blancos o negros el concepto dignidad no representa problema. Es obvio: para seguir esa profesión se requiere ser corrupto, carecer de ética, favorecer la impunidad y tener la capacidad de negar absolutamente todo lo que no convenga. El caso mexicano se cuece aparte. La falta de justicia, de transparencia, de moral y el exceso de compadrazgos permite que la dignidad de todo lo que sea ajeno se pisoteé y se menoscabe. Seguramente ninguno de nuestros políticos ha leído a Kant: no hay ni perfumes ni champañas que lleven ese nombre. Menudo choque de realidades.

Cacho vs. Marín, o el honor contra el poder, ha rebasado las fronteras mexicanas y ha expuesto ante el mundo el nivel de la política de nuestro país y la suciedad que corroe el escenario nacional. No se trata ya solamente de enfrentar los argumentos que expone Lydia Cacho en Los demonios del edén contra el ideario de Kamel Nacif, el menosprecio que ha mostrado hacia la opinión pública el gobernador poblano Mario Marín Torres y las despreciables acciones pederastas de Succar Kuri y asociados, sino de las razones escondidas. El probable involucramiento de 30 empresarios nacionales y la coparticipación, aunque indirecta, de la señora Marta Sahagún de Fox por haber "recibido millonarias aportaciones del empresario textilero Kamel Nacif para la fundación Vamos México" arrojan más leña sobre la ya de por sí complicada hoguera.

El trabajo de Lydia Cacho ha expuesto y desvelado las peores caras de nuestra política y los vínculos de ésta con parte de la ralea empresarial. Yerma de justicia, nuestra nación ha permitido que la suma de ambos poderes, política y dinero, dicten, desde siempre, su lógica, sin siquiera considerar el sentir de la sociedad. Si ya de por sí la pornografía infantil y el turismo sexual deberían considerarse uno de los peores delitos, la connivencia entre políticos y empresarios, y la hasta ahora tímida opinión del presidente Fox, han logrado que nuestro tiempo político se envilezca como nunca.

Pocas veces el escenario político de nuestra nación se ha visto empapado de tanta suciedad. Y pocas veces la realidad y las evidencias han sido mostradas con tanta claridad. Pese a la transparencia de la información, sobre todo a partir de las conversaciones grabadas, "Marín llama a la guerra contra las fuerzas malignas", además de "amenazar con desatar la 'Puebla revolucionaria'" (La Jornada, 19 de febrero). Una especie de jihad mexicana propone el gobernador Marín: utilizar la fuerza de su poder -ya avisó que no renunciará- contra los argumentos de Cacho y contra todas las organizaciones no gubernamentales y las voces de la opinión pública que apoyan a la periodista. Pocas veces nos han ofendido tanto. Pocas veces hemos sentido tanta nausea hacia nuestros políticos.

Si algo ha faltado en este sexenio es dignidad. Dignidad en todos los aspectos y en todos los niveles. La dignidad es una palabra muy cara. Quizás, antes de que finalice su mandato, el presidente Fox pueda hacer algo para restañar la suya y la de sus gobernados. Quizás el candidato Roberto Madrazo podría decir algo mejor que lo que ha dicho. ¿Puede México y, sobre todo, Puebla, seguir siendo gobernada por señores como Marín Torres?

 
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