Usted está aquí: lunes 20 de febrero de 2006 Cultura En carne propia

Hermann Bellinghausen

En carne propia

Uno entra a veces al correo electrónico como antes se regresaba a casa después de pasar varios días fuera para encontrar un reguero de sobres y tarjetas atrás del zaguán o el buzón colapsado por la correspondencia. Esa mañana accedí a Internet en un puesto ciber al pie de la carretera, donde dos adolescentes chateaban y charlaban a la vez, y un joven serio y feo navegaba entre sitios de sexo oral y de tetas al sol.

Recorrí mi lista. Una lluvia de spam y boletines de un senador que cada que suelta un discurso o concede una entrevista -los senadores hacen eso con frecuencia- su oficina de prensa me manda cinco o seis veces el archivo. Otros materiales eran más importantes: denuncias, forwardeos de colegas, revistas electrónicas. Y el correo personal, donde siempre salgo debiendo. Entre todo eso, un remitente decía "domadora". Click. "Estoy en Juárez. Nos vemos en la línea el jueves a las 12. Del día". En lugar de firma, una daga gótica con los filos hacia arriba.

Antes de moverme le escribí a Voltaire a dónde iba y para qué. No sé por qué lo hice. No acostumbro escribirme con Voltaire, y cuando tiene algo, lo encripta y ya, y yo si acaso le envío un escueto gracias de recibido.

Como la domadora del viento no pedía confirmación, me ahorré la molestia. Ya era miércoles. Manejé a la ciudad con aeropuerto más próxima, y tras un incómodo trasbordo en Shihuahua llegué a Juárez de noche, me metí en el hotel menos burdelero que encontré y dormí 10 horas de corrido, sin fuerzas para soñar siquiera.

Por la mañana, apenas me dio tiempo de bañarme y coger un libre a la línia, y aunque a la primera pregunta del taxista le dejé claro que no permanecería en Juárez, se dio tiempo de ofrecerme polvo y mujeres. Hizo una pausa, miró por el retrovisor y dijo con sonrisa amarilla y viscosa: "Mujercitas, usted entiende". Desconsolado, entendí bastante bien.

Ya penoso había sido la noche anterior ser guiado al cuarto del hotel por una muchacha de minifalda exagerada, ojerosa y pintada, quien abrió como cualquier recamarera, entró conmigo a la habitación y cerró la puerta. Lo penoso fue dispensarla, y solicitarle dejar el cuarto. Ya se llevaba la llave, se la tuve que pedir. Ella flaquita, bonita, triste, menor de edad, no pudo ocultar un suspiro de alivio. Un usuario menos era una humillación menos. Pero le di una propina desproporcionada que tomó con indiferencia.

La domadora del viento esperaba junto a los topes. Esta vez no practicaba malabares con fuego ni borlas coloradas. Quieta como estatua, vestía una ligera túnica verde, larga y oriental, muy jipiosa y fuera de lugar entre tráilers, tira y pelados que vienen o van con cara culpable. El calor, de 38 mínimo, rayaba en lo infernal. La rodeaban sus, por lo visto, habituales cuchilleros, que de mala gana me permitieron aproximarme.

-¿Podríamos hablar sin estos perros cerca?

Hablé con tono sangrón y en voz alta, para que los cuchilleros escucharan. Ella miró al que parecía el jefe, y con un ademán mayestático le indicó alejarse. Pude oír los gruñidos obedientes de los tipos.

La domadora sacó de los pliegues de su ropa un sobre tamaño carta y me lo extendió. Pensé: "Uta, otro sobre". Vi tatuada en su muñeca la misma daga del mail. Y dijo:

-Conozco al fotógrafo ese. Ahora finge trabajar para el gobernador de Chihuahua. Le advierto que es de cuidado. En el paquete encontrará sus "trabajos" más recientes y un DVD que no le recomiendo, otra de sus mercancías.

-¿Dónde lo encuentro?

-No sé. Adentro va un número de celular privado. Se lo facilito nada más porque es Voltaire quien lo recomienda.

Tras una pausa, añadió:

-Dígale que llama de parte de Hugo. No diga usted su verdadero nombre, para no ahuyentarlo.

-¿Algo más que deba saber? -dije.

La domadora negó con la cabeza, pero con una frialdad fingida que, inexpresiva como pretendía ser, revelaba una emoción poderosa, añadió suplicante:

-Chíngueselos. Que se sepa lo que son esos.

Sonó como si los conociera en carne propia. Creí entender por qué su guardia de cuchilleros.

En ese momento se desató un aparatoso operativo de la migra mexicana y los judiciales, pues detectaron un cargamento de chapines todavía de este lado. Me alejé avergonzado de ver a las autoridades mexicanas hacerles el trabajo a los güeros para quedar bien con ellos.

 
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