Usted está aquí: domingo 5 de febrero de 2006 Política El botín electoral

Néstor de Buen

El botín electoral

Soy absolutamente partidario de los procesos electorales cuando se presentan en el plano democrático. Sin la menor duda, la elección del año 2000 tuvo esas características, como lo tuvo también la intermedia del año 2003. En el primer caso, el mérito principal correspondió al presidente Ernesto Zedillo Ponce de León. En el segundo, sin duda al régimen actual.

Sin embargo en estos tiempos presenciamos el efecto de la reforma constitucional promovida por José López Portillo, si no recuerdo mal, que mediante la incorporación de diputados y senadores electos según el principio de representación proporcional permitiría a los partidos minoritarios, históricamente el PAN y el PRD, tener una participación razonable en el Congreso. Y no incluyo al Verde Ecologista porque en mi concepto no es un partido político sino un negocio familiar.

No tengo duda alguna respecto de los candidatos de elección directa que se la juegan frente a los ciudadanos de la circunscripción que les haya podido corresponder. Por la misma razón, creo que tanto los diputados como los senadores de elección directa tendrían que ser relegibles por otros periodos. La "no relección" del presidente Madero priva a los diputados y senadores del prurito de quedar bien ante los electores. La fórmula debería ser la supresión de los legisladores de representación proporcional, no sé si con el aumento del número de diputados y senadores de elección directa, en el fondo una cuestión geográfica de fácil solución y la relección de los integrantes del Poder Legislativo que se la ganen, democracia de por medio.

Hoy, las listas, con un riguroso orden de preferencia, están convirtiendo a los partidos en campos de batalla, con exigencias de los grupos y, supongo, alardes de indisciplina por parte de los afectados colocados a la cola, lo que ya no les permitirá, salvo milagros milagrosos, llegar a la chamba trienal o sexenal.

Leía en días pasados que los señores de la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC) exigen al PRI 15 puestos en el Congreso, sólo por su cara bonita o quizá, en el caso, bastante menos bonita. Y en el PRD ocurre un poco lo mismo y supongo que también en el PAN y en el Verde Ecologista.

Una de las bases del odioso corporativismo que padecemos está, precisamente, en la presencia de los llamados diputados del sector obrero que no se ganaron las curules sino que las recibieron como consecuencia de ese pacto no escrito pero de extraordinaria eficacia desde el Pacto de la Casa del Obrero Mundial, y que pone a los legisladores "obreros" (¿lo habrán sido?) al servicio de los intereses del gobierno.

Entre las muchas razones de la reforma del Estado, que con tanto entusiasmo defiende el admirable Porfirio Muñoz Ledo, la modificación de la estructura del Poder Legislativo debería llevarse a cabo de inmediato, evidentemente que ya no en pleno proceso electoral, sino a la toma de posesión del nuevo titular del Poder Ejecutivo. Porque, entre otras razones, hay que acabar con las hegemonías ejecutivas planteadas por Venustiano Carranza, en Querétaro, en el discurso inaugural del Constituyente, expuesto el día primero de diciembre de 1916 en el luminoso Teatro de la República y que efectivamente se reflejaron en la Constitución, dedicada con amor al Poder Ejecutivo como Poder Supremo. Tal vez con la concesión a los famosos "jacobinos" (Múgica, Jara, Victoria y muchos más) del artículo 123, que nació sin destino específico y sin costo político, por lo mismo, ya que México, en aquellos tiempos, carecía de industria y de obreros, salvo los pocos que trabajaban en minas y textiles. Sin embargo, sus acciones se reflejaron en los acontecimientos de Cananea (¡feliz centenario!) y Río Blanco.

Y, dicho sea de paso, porque es bueno insistir en ello, ya que se habla tanto de la no discriminación, ¿por qué no eliminar la canallesca disposición, abundante también en otros rumbos, que impide a los mexicanos por naturalización llegar al Poder Legislativo y a otros poderes?

A veces siento que no se trata de patriotismo sino de un lamentable complejo de inferioridad.

 
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