Usted está aquí: miércoles 26 de octubre de 2005 Política Cancún y la modernidad extraviada

Luis Linares Zapata

Cancún y la modernidad extraviada

Hace ya muchas décadas, el ahora denostado (con válidas razones adicionales) gobierno de Luis Echeverría visualizó un proyecto de grandes vuelos para su época: el diseño de centros turísticos que fueran detonantes del crecimiento regional. Había que aprovechar las ventajas ofrecidas por una geografía sembrada con playas tersas, paisajes decorados con selva y arena suave, con planicies calcáreas o escabrosas montañas, un clima cálido y ese sol que atempera la humedad con risueño donaire. Pero, sobre todo, para canalizar el enorme caudal de energía humana, disponible en ese entonces explosivo México, y embarcarse en reales, en míticas aventuras de frontera que la pudieran acoger y dar salida a la exigencia de oportunidades en el desarrollo entrevisto. Surgieron así Cancún, Ixtapa y, con posterioridad, Los Cabos, a los cuales se adicionaron otros proyectos como el de Bahías de Huatulco, en la aporreada costa oaxaqueña.

Todos esos experimentos han cumplido con la misión que les fue encomendada. En especial Cancún, que se transformó no sólo en un polo de desarrollo, sino en poderosa locomotora de arrastre. El puerto, desde sus primeros momentos, jaló a todo el olvidado y arrinconado territorio de Quintana Roo hasta convertirlo en bullicioso y atractivo estado de la Federación. Y, desde entonces, no ha dejado de hacer sentir su benéfica influencia en el crecimiento, poco o lento, de la economía entera del país. Cancún y sus habitantes se han hecho merecedores de un destino compartido con decenas, con centenas de millones de seres adicionales que esperan confiados en que se pondrán nuevamente de pie y cumplirán sus cometidos, con soltura y elegante eficiencia, en la compleja labor turística.

Ahora, después de Wilma y otros muchos errores cometidos en su infraestructura durante los más de 30 años siguientes a su fase inaugural, Cancún ha mostrado, ante la tragedia actual, los remiendos cortoplacistas que le hicieron, al unísono, empresarios torpes, una comunidad no bien organizada y una caterva de gobernantes poquiteros que lo han regido sin tener la grandeza indispensable para tareas de gran envergadura. Hoy Cancún se tambalea, empujado por el viento huracanado que lo azotó sin misericordia, en busca de un nuevo intento, esta vez reconstructivo, que con ánimo visionario pueda hacer eficaz frente a su propio futuro y al que de ello deriva al resto de los mexicanos.

Se requiere de un espíritu de alcances que prepare a ese puerto de recreo para un siglo entero de tareas productivas venideras, para goces legítimos, aprovechamientos personales y colectivos no sólo para sus habitantes, sino para todos aquellos que como visitantes, proveedores, vecinos, clientes, afectados y beneficiarios indirectos lo puedan utilizar como medio, como sitio para mejorar sus vidas.

Se sabe, por rigurosas pruebas frustradas, ausencia de espíritu aventurero y fútiles devaneos, de las actuales carencias de las elites nacionales. Sin embargo, se debe insistir en que en estos momentos de penalidades extremas y urgencias incontinentes es cuando se tiene que hacer lugar para aquellos que puedan forcejear con ta-reas de largo plazo, con formidable altura de ánimo. Algo de lo que los mexicanos han estado en largo cuan penoso ayuno.

Emprender tareas de calado que no sólo repongan, con parches lo destruido, sino que pongan bases sólidas a planes, a los proyectos que se requieren para hacer frente a las urgencias actuales de pan, de agua, de cobijo y empleo, sí, pero que, además, anticipen la modernidad a la escala mundial que un destino turístico requiere. Es decir, la refundación de una urbe que ha estado apenas dibujada en sus potencialidades.

Hay que movilizar los vastos recursos con que México cuenta, los mismos que ahora se tienen disponibles y que serían suficientes para financiar empresas del aliento, de la utilidad mencionada. Cantidades no previstas ni precisadas, pero que alcancen, sin los titubeos y las cobardías de timoratos, las decenas de miles de millones de pesos. Ahí están para satisfacer ánimos negativos, parte de los excedentes petroleros, las reservas en monedas externas que ahora sólo auxilian al fisco estadunidense o liberar un tanto de esa pesada carga impuesta por una deuda postiza (Fobaproa) y dejar de sostener bancos que no cumplen con su cometido y que podrían resistir la que para ellos sería una pasajera moratoria de un año o dos en los famosos pagarés IPABE.

Junto con las regiones sumidas en la pobreza y el abandono de Chiapas, Oaxaca, Hidalgo o Veracruz, maltratadas por Stan, esperan la Riviera Maya, Cozumel o Cancún, devastadas por Wilma. A todos se les puede fincar, con solvencia, un futuro deseado. Uno que no se ampare en componendas, arreglos perentorios, de proyectos chiquitos, calmantes temporales de reclamos o violencia en frágil espera del próximo ciclón que los desbarate.

La moribunda administración de los gerentes que capitanea Fox poco podrá hacer sola. Necesita del concurso de los partidos, de sus precandidatos, del Congreso de la Unión, de empresarios y sociedad organizada que le arrimen la fuerza, los recursos financieros, la capacidad organizativa y constructora, la tecnología y, sobre todo, la imaginación y arrojo que solicitan, a gritos desesperados, esas partes afectadas de la nación. Es preciso nombrar un comité reconstructivo compuesto de empresarios de distintos ramos de actividad, académicos, funcionarios públicos de probada honestidad, políticos decididos y líderes ciudadanos bajo la dirección de algún mexicano de excepción, para que, juntos, se encarguen de la tarea descrita y evitar a delegados del gabinete presidencial que van de salida, encomiendan las respuestas a la voluntad de su señor o acuden presurosos para la foto.

 
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