Usted está aquí: viernes 19 de agosto de 2005 Cultura Henrique González Casanova y los años 50

Elena Poniatowska/ I

Henrique González Casanova y los años 50

Henrique González Casanova consideraba que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) era su pueblo. Si le hubieran preguntado: ''¿De dónde eres?" habría respondido: ''De la universidad". Según Lolita, su hija, la amaba a veces hasta exageradamente. Para él lo que pasaba en la universidad pasaba en el país y tenía razón, porque la UNAM refleja lo que nos sucede y en muchas ocasiones lo origina.

Iría yo más lejos y diría que la UNAM es el barómetro del país y la autora de grandes vocaciones.

Para estar más cerca de la universidad, Henrique puso su casa exactamente a ocho minutos contados, reloj en mano, de la nueva y vacía Ciudad Universitaria, entonces totalmente despoblada y yerma. Escogió la calle de Pino en la colonia Florida. ''Yo cuando voy a la UNAM -cuenta Lolita, su hija- me acuerdo de mi infancia, de todo lo que hacíamos allá con mi papá."

En el 68, aunque González Casanova trabajaba en la Presidencia, según su hijo Enrique, escondió a una cantidad de personas y las llevaba a lugares seguros para que no les pasara nada. Estudiantes, maestros, simpatizantes del movimiento estudiantil se refugiaron en la casa de la calle de Pino. Enrique hijo recuerda a Luis Prieto, Carlos Monsiváis y Sergio Pitol muy asustados porque la policía iba a venir por ellos. Lolita, la esposa de Henrique, le aseguraba a Prieto: ''No te preocupes Luis, aquí a esta casa no va a entrar la policía" y lo tranquilizó como más tarde habría de hacerlo el propio Henrique. Asimismo, en la casa de Pino se celebraron seis o siete reuniones de negociación entre los líderes del movimiento y Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez, representantes del gobierno, que finalmente resultaron infructuosas.

Henrique se puso Enrique con hache por admiración a Pedro Henríquez Ureña, pero sobre todo porque un tío del mismo nombre trabajaba en la Secretaría de Hacienda y les confundían los cheques.

Consideraba que Vicente Lombardo Toledano era su maestro.

Henrique decía de sí mismo: ''Tengo un defecto, digo lo que pienso y pienso lo que digo y a veces eso no le gusta a la gente", pero acostumbraba hablar de frente con todo mundo. Había vivido, desde los años 40, movimientos universitarios con sus peticiones académicas y sus exigencias, equivocadas o no, muchachos que querían algo mejor, y en muchas ocasiones se solidarizó con sus aspiraciones; pero en 1999 sucedió algo distinto y Henrique se manifestó totalmente en contra de la huelga en la UNAM, esa larguísima huelga que afectó tanto la vida de la ciudad de México como la vida del país, la del Mosh y sus compañeros, que para todos resultó muy fuerte. Su hijo Enrique comenta: ''Yo creo que ahí vino su bajada, porque por primera vez se enfrentó a la abierta majadería de los jóvenes, cosa que nunca le había pasado, porque incluso él hablaba con porros y hasta ellos lo respetaban''. En esa ocasión a Henrique lo jalonearon y hasta pretendieron tirarlo y lo insultaron, cosa que para él resultó totalmente nueva, porque en los años 60 supo manejar a los porros.

Cuenta Enrique hijo que en su casa se hablaba de los porros y ''nosotros de niños les teníamos miedo. Una vez un porro muy famoso amenazó a mi padre con una pistola. 'O me pone usted un 10 o lo mato'. Ahí lo tenía encañonado, cuando a mi papá se le ocurrió decirle: '¿Qué diría su mamacita si lo viera así?' y el tipo, que era un grandotote, se deshizo en llanto: '¿Por qué me dice eso? ¿Qué usted conoce a mi mamá?' Entonces el porro le contó que no tenía padre, que su madre lavaba ropa ajena todo el día para enviarle dinero, en fin, le relató su vida de trabajos y sinsabores. Mi padre le dijo: 'Yo lo voy a ayudar, pero usted tiene que poner de su parte'. Después ese porro adoraba a mi papá, lo venía a visitar a la casa y pretendía proteger a toda la familia.

''A mi padre -continúa Enrique- la huelga de 1999 le pareció una agresión y declaró que el principal agresor de la UNAM se llamaba Ernesto Zedillo, quien dio todas las condiciones para que durara tanto tiempo. Entre bromas comentaba: 'A lo mejor le salió lo politécnico y por eso no nos quiere'. La huelga lo dejó muy sentido con la manera de actuar de Zedillo contra la universidad, y lo declaró públicamente. Y también lo escribió. Se molestaba porque dijeran 'es que no hay libertad de expresión' y respondía: 'Pues hablen, ¿no?' Era un acérrimo defensor de la libertad de expresión y la practicaba.''

Hasta aquí Enrique, hijo.

Cuando subía yo a Difusión Cultural, en el décimo piso de la torre de Rectoría (Henrique fue jefe de prensa de la UNAM y director general de Publicaciones, entre otros muchos puestos, como el de embajador de México en Portugal y en Yugoslavia), le preguntaba yo a Jaime García Terrés: ''¿Y dónde está Henrique?" y me respondía que estaba ''aleccionando guaruras'' y era verdad, porque Henrique siempre creyó en la educación de las personas, de cualquiera, en cualquier momento, en todos los terrenos, incluso en condiciones en que otros ya daban por perdido a un individuo. El tenía la esperanza de que la educación nos salvara a todos. Lolita lo corrobora al contar de la preocupación fundamental de su padre por educar en el sentido amplio de la palabra y cómo la ejercía las 24 horas del día. Lolita protestaba: ''Papá, no tienes por qué educar a la cajera del súper", porque al menor incidente Henrique intervenía: ''Mire, señorita..." y le daba una clase, o al chofer del taxi o a algún niño que atravesaba la calle sin el debido cuidado. Una lección de civismo, ésa era su vida. Desde luego la educación superior era una de sus preocupaciones y abundaba en críticas a la Secretaría de Educación Pública. Cuando se hablaba de la educación formal e informal decía que no existían, que se tenía que hablar de la educación escolar y la extraescolar. También criticaba a la UNAM como estructura de gobierno. Era tremendamente autocrítico ''y lo fue con nosotros sus hijos que teníamos miedo de decirle lo que hacíamos, porque él se enfocaba a lo que estaba mal. Alguna vez que quise escribir cuento corto, en vez de informarme que él era jurado de ese concurso de la revista El Cuento, de Edmundo Valadés, me dijo que me faltaba mucho, y me desanimó. Mi padre tuvo una infancia y una adolescencia duras, una salud frágil y a los 12 años, cuando mi abuelo filólogo murió, para no perder la sección que él escribía en El Universal, porque hacía falta el dinero a su madre, joven viuda de 32 años, continuó con ella con mi tío Pablo, quien tenía 14 años. Publicaban frases de José Martí, como 'honrar, honra', crucigramas, y asumieron la responsabilidad de la casa; Manuel, el tercer hijo, era un bebé. Fueron muy responsables y quizá por eso se hicieron muy mandones".

Hasta aquí, Lolita hija.

El hermano mayor, Pablo González Casanova, coincide en el tema del autoritarismo. ''Mi abuelo -según nos platicaba mi abuela Encarnación Casanova- acostumbraba salir al campo al amanecer y le pedía a ella que en el momento en que oyera su caballo entrar de regreso a casa tuviera listo un jarrito con agua hirviendo y le pusiera dos huevos para que cuando él subiera estuvieran pasados por agua y listos. Eso te dará idea de ese autoritarismo. Ese mismo abuelo se fue de parranda y mi abuela, preocupadísima, lo esperó toda la noche y cuando él llegó, al encontrarla detrás de la puerta, le dijo: '¡Oye, uno aquí de parranda con los cuates, con las copas, con malas mujeres y tú aquí despiertota, despiertota!'''

La familia González tenía haciendas ganaderas y en una ocasión el padre de Pablo, Henrique y Manuel mandó cerrar todas las puertas y los accesos a la hacienda porque venían los zapatistas. ''Nos contaba mi padre que cuando regresó el tío Juan, quien acostumbraba salir al campo a ver el amanecer, lo regañó y le dio una lección para toda la vida porque ordenó: '¡Abran todas las puertas, manden matar 30 borregos y vamos a hacer una fiesta para recibir a los zapatistas!' Los zapatistas habrían de recordar esa buena recepción.

''Mi padre, a quien enviaron a estudiar química a Alemania, regresó a México en tren durante la Revolución; los pasajeros llegaban por Veracruz, en Perote los zapatistas detuvieron el tren y confundieron a mi padre con el general Pablo González, contra quien había orden de fusilamiento. Antes de fusilarlo le preguntaron si quería confesarse. Ahí es donde teníamos una pequeña diferencia Henrique y yo, porque según yo uno de los miembros del pelotón de fusilamiento se negó a tirar en contra de mi padre, y según Henrique fue el cura quien lo salvó: 'Pablito ¿qué haces aquí?', se sorprendió y le informó al capitán zapatista. 'No, este hombre no es Pablo González, éste es miembro de una familia de Toluca amiga de los zapatistas'. Entonces el capitán llamó a un superior: 'Es que yo no puedo matar a una persona amiga nuestra'. '¡Bueno, vamos a suspender el fusilamiento para ver quién es, pero si no es quien tú dices, entonces te fusilamos a ti!'. Gracias a eso vivimos. Esto sucedió antes de que mi padre se casara, en los años 10. La diferencia es que yo pensaba que era un integrante del pelotón quien salvó a mi padre y Henrique decía que era un cura que acompañaba a los zapatistas. Entonces, sí había diferencias, ¿ves? (Manuel, el tercero de los González Casanova, tiene otra versión: dice que el que le salvó la vida fue un compañero del Colegio Militar).

''De ahí surgió la idea de mi padre de llamarnos González Casanova, para que supieran que éramos hijos de él y no de Pablo González, que toda la familia hablaba pestes de él, que era un sinvergüenza, ladrón, asesino. Desde ese día, para evitar la confusión, los González decidieron unir el González con el Casanova, apellido de la abuela Encarnación Casanova."

Hasta aquí los recuerdos de familia.

 
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